Amigos del castillo de Peracense

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domingo, 28 de octubre de 2012

EL ÚLTIMO MOHÍCANO


El último mohicano (pastor)

 
Esta persona es uno de los referentes en mi juventud a pesar de tener varios años más que yo. Serían incontables los momentos vividos a su lado y que la memoria se niega a recordar o a olvidar, que de todo hay.
Todos le hemos llamado, y le seguimos llamando, el Negro. No porque lo sea, sino debido a su tez morena acrecentada con los soles y aires del campo donde ha pasado casi toda su vida. Solo por una vez se fue a la capital, como los demás. Pero no aguantó, a pesar de que por aquel entonces la empresa donde ingresó era muy buena pagadora con sus obreros y había varios empleados del pueblo en ella. Lo suyo era el pastoreo de las cabras del pueblo, las de todos. 400 o 500 animales que todos los días del año debía llevar al monte, lloviera, nevara o hiciera un sol aplastante. En invierno con las nevadas y la ventisca, se hacía imposible siquiera salir a la calle y mucho menos a campo abierto. Él, sin embargo, aunque solo fuera por unas horas, reunía a su rebaño y se acercaba a La Muela donde las cabras esquivando la ventisca se encaramaban a los chaparros en busca de las hojas con las que alimentarse. Al verano, se pasaba las noches en el monte con su cabrada debido a que por el día los animales estaban amoscados.

Una mañana gamberra, en fiestas, con un ladrillo imité la llamada que él solía hacer con una caracola gigante para que las mujeres o los hombres soltaran a sus cabras de los apriscos, corrales o parideras. Los animales acudían por si solos a la plaza aunque aquella mañana hice madrugar a todos más de la cuenta,  siendo ajeno él a aquel sacrilegio.
Episodios de caza vivimos incontables y más cuando se compró una escopeta. ¿Dónde esté el sorche? Preguntaba a mi madre. Aún creo llegó a trabajar un tiempo en la mina, de conductor de dumpers y camiones, pero aquello duró poco. La mina siguió el mismo camino del ferrocarril; cierre patronal sine die, pa secula seculorum. Por cierto que todavía me debe una boina que dejó como un colador de un tiro. Estábamos de ojeo en la Canaleja y como era novato le tiré al alto la boina en la creencia de que no le daría ni a la torre. Pagué caro mi optimismo.

La famosa noche de los huevos en batalla robados a las mozas, yo preparé una sopa que le entusiasmó; aún no se había casado.
Fuimos compañeros en la obra de cimentación del nuevo poste de TV que por aquel entonces se instaló en san Ginés ¿año 66/67? A picar en la roca viva y hacer los anclajes a base de barrenos de dinamita. Lo recordamos a menudo. Sobre todo porque a un enteradillo de Rodenas, al cual yo no puedo recordar, pero que según él le di unos revolcones de sabiduría. Subíamos siguiendo la línea eléctrica del viejo repetidor, andando, y bajar, lo hacíamos casi volando por el mismo camino. Años de juventud; por la tarde, a la fuente a ver a las mozas; él, a la que sería su mujer; yo, mejor me callo que este relato le pertenece. Creo que yo había vuelto de Canet de Mar y me enrolé en darle al pico y la pala para apaciguar otros fantasmas. Fue peor el remedio que la enfermedad.

 
Ahora, aún sigue en la brecha, manteniendo su hato de ganado lanar y caprino hasta que la SS, toca madera, les permita a ambos vivir desahogados. Su mujer, hace unos quesos de cabra que no los superan esos que tanta fama llevan. Aunque solo sea para tu entretenimiento, y de forma egoísta, sigue siendo cabrero, amigo, el paladar y el estómago te lo agradecerán. Yo, me honro con haber sido su vecino, correligionario y amigo.