Amigos del castillo de Peracense

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martes, 20 de noviembre de 2012

SEGURATAS


No sabría decir con rotundidad quienes me causan más alergia, si las avispas o los seguratas. Por razones evidentes, a las primeras las mato, si puedo, sin ningún remordimiento, incluso con placer; por los segundos… no derramaría una lágrima. Y es que cada cual cuenta la feria según le va. Ciñéndome a los segundos pues de las otras ya opiné, siempre los he considerado parásitos, caparras adheridas a los huevos de otros que trabajan y sudan por ellos. Sin contar que siempre están al servicio de sus amos, lo cual es normal, pero no siempre esos amos son trigo limpio. Sé que generalizando se puede ser injusto, cosa que me trae sin cuidado tratándose de individuos que siempre son sicarios al servicio de, nunca personas para ayudar a. Se comportan de forma agresiva y con chulería, como el cherif del puticlú; algunos, muchos,  aprovechan su situación y circunstancia para sacar fuera la mala bestia que llevan dentro, amparados la mayoría de las veces en la fuerza y la impunidad. Algo que últimamente estamos viendo con demasiada frecuencia entre ellos y sus primos hermanos, los antitodoloquesemenea. En cierta ocasión, en la feria de muestras, mis hijas y mi mujer atendieron un stand ajeno. El último día, de otros stands les regalaron unas piezas artesanas de barro que habían confeccionado. Como era lógico, había que salir por la puerta y tras la hora de cierre. El hijoputa del segurata, a pesar de decirle que éramos gente que salía de trabajar, nos impedía salir con los objetos regalados. Harto ya de discutir con él, y de cagarme en su puta madre, arrojé de mala hostia la cerámica contra el suelo con la sana intención de que no se beneficiara de ella tras marchar nosotros. Peores consecuencias pudo tener otro episodio que me tocó vivir en el trabajo. Fueron pésimas las consecuencias, dos meses de suspensión de empleo y sueldo a un tris del despido. ¿Razón? El afán de protagonismo que tienen estos perros holgazanes y parásitos. José Antonio Sarto Carrasco. Jamás se me olvidará ni tu jeta ni tu noimbre, CABRÓN. ¿Qué porqué la sanción? Por llevarme un coche bajo el brazo. Por nada, no robé nada, cumplí con exceso mi trabajo; eran vacaciones con la fábrica cerrada, había trabajado demasiado y tras enseñarle el bolso en la garita de salida, me marché haciendo oidos sordos a su requerimientos. Aquél parásito desbordó mi paciensia; pero el muy cabrón en su desmedido interés por descollar, tambien cumplió el suyo con exceso. Aquella política antiobrera, auspiciada por el jefe de seguridad, otro trepa, le reportó a la empresa media jornada de huelga -no había sido yo el único represaliado-, al mentado jefe de seguridad el puesto y a mí, tras el juicio en Magistratura, diez días de sanción para no dejar en mal lugar a la empresa, -que no cumplí-, pues mis jefes sabían lo injusto que había sido el trato. Sin embargo, los robos, se cometían por los jefes que sacaban en sus coches diversos materiales y a éstos, nunca los controlaban.
Como nunca me he cortado un pelo, escribí al presidente de la multinacional quejándome del trato recibido. No se me comió ni hizo nada, bueno o malo, aunque se informó. Él sin embargo, años más tarde, acabó despedido de la organización por chorizo. Pero eso sí, se iría forrao. Por el antes mencionado segurata/apagafuegos y por el cabrón del jesuita, sería capaz de emborracharme con cava si me entero que un día han acabado con las tripas fuera (yo no seré, de no ser un cobardica, años haría que se las habría sacado a ambos dos). Por supuesto, el cava de Aragón, que lo hay y muy bueno.