lunes, 27 de mayo de 2013

EL BESO ANHELADO

Aunque sabía que nunca sería estrella que iluminara su portal o su aroma el de su hogar, volvía al pueblo con el ánimo de revivir su recuerdo. Impotente, bajo una copiosa nevada que no cesaba de caer, vagó sin rumbo ni entender nada; escribió su nombre con traza efímera en la nieve y tratando de serenar su recuerdo, apartó con un dedo las cálidas lágrimas que sin cesar brotaban de sus ojos, mezcladas con los copos de nieve que, suavemente, enfriaban su mejilla mientras ardía su ánimo.
Tras varias jornadas de viaje a caballo, llegó por la noche a la ciudad encontrándola muy cambiada, desconocida. Si no hubiera sido por aquella puerta que seguía casi igual a cuando partió, hubiera creído hallarse en otro lugar. Pensándolo mejor, cogería su montura y saldría a pasar la noche en la vega, al abrigo de los cañaverales del río Alfambra. No iba a ser novedad para él pasar la noche al raso cuando durante tantas vigilias sus huesos soportaron climas y sueños peores. Ocultó al caballo y amontonando unas cañas junto a la silla, dio como bueno el lecho. Mañana será otro día.
Al poco rato de intentar un merecido descanso, un estruendo infernal le despertó. No sabiendo cual era la causa y ante el temor en él generado, se desembarazó de las ropas de abrigo y empuñó la espada. Se acercó al caballo acariciándolo y susurrándole palabras  de tranquilidad; sus orejas tiesas daban a entender que aquellos ruidos lo habían asustado, no quería que su miedo desvelara el lugar donde se hallaban. Una vez calmado el animal, cautelosamente dirigió sus pasos hacia el sitio de donde provenían las voces. El estrépito inicial hacía rato había cesado pero el bullicio iba en aumento. A través de las cañas, pudo observar en la otra orilla del río a media docena de individuos que hablaban una extraña jerga  la cual no alcanzaba a comprender. Alguna palabra suelta, pero en conjunto, no se enteraba de lo que decían. Bebían y reían escandalosamente, y de forma extraña, liaban una especie de canutos que a él le resultaban desconocidos. Poco a poco, entre risas, bebida y canutos, aquellos extraños fueron aumentando el volumen de sus conversaciones, ajenos totalmente a la observación de que eran objeto. El caballero, con buen criterio, dejó su otero y volviendo con el caballo, se dispuso a reanudar su fallido sueño pues aquellas personas, al estar al otro lado del río, no significaban ningún riesgo para él o su montura.
A la mañana siguiente, antes de que despuntaran los primeros rayos de sol, lo primero que hizo tras desperezarse, fue indagar lo ocurrido la noche anterior. Sigilosamente espió y vio unos artilugios con dos ruedas y a los bulliciosos visitantes que yacían esparcidos por el suelo o apoyados en aquellos artefactos. Volvió junto a su montura, la acarició y limpió antes de proceder a ensillarla. La acercó a la hierba para que se alimentara al tiempo que procedía a hacer lo mismo con las viandas que portaba en sus alforjas. No había terminado su frugal desayuno, cuando se repitió el estruendo de la noche anterior. Se levantó raudo y dirigió sus pasos a saciar su curiosidad. Montando a horcajadas como si de un caballo se tratara, dos personas con extrañas vestimentas jinetearon sobre cada artilugio y este salía veloz atronando el ambiente. Uno tras otro, abandonaron el sitio dejándolo estupefacto. Su montura era silenciosa y por supuesto ni en sueños alcanzaba esa velocidad.
Ya preparados, caballero y corcel, cabalgaron hacia la entrada que la noche anterior habían visitado y abandonado. Mucho antes de llegar, sus ojos no daban crédito a lo que veían. Su caballo se mostraba receloso y asustadizo, con las orejas atentas a todos los ruidos y continuamente debía dedicarle palabras de tranquilidad. Máquinas, porque debían ser máquinas, con cuatro ruedas, que corrían veloces con varias personas dentro. ¿Dónde ocultaban los caballos? O aquellas otras de dos ruedas que ya había visto antes en la vega. Las gentes, algunas, con vestimentas muy diferentes a la suya. Cada vez se sentía más apabullado. Sin embargo, él no parecía causar ninguna sorpresa o admiración al resto de habitantes. Entró a la ciudad por la puerta amurallada encontrándola muy cambiada, pues solo quedaba parte de la defensa incompleta. Los arcos del acueducto se conservaban, pero el resto, era muy diferente. Dirigió al caballo por las estrechas calles aledañas buscando el centro y su casa. Aquello parecía ser una feria, por doquier había puestos de comida y bebida, músicas y danzantes. Las gentes, variopintas, con vestimentas raras unas, de su época otras. Hasta vio un obispo barbudo en una plaza dando bendiciones, cosa de por si extraña. En la posada del Tozal, quiso dejar al caballo mas no fue posible. Hacía tiempo que ya no se alojaban animales y carruajes en ella. Montado sobre el bello animal, las gentes le miraban y admiraban pero no causaba extrañeza o espanto, lo veían y creían integrado en el ambiente festivo. Quiso ir a casa de su amada pero no acertaba a encontrarla. Descabalgó y a pie recorría las calles en medio de la muchedumbre bulliciosa. Le ocurría como la noche anterior, a duras penas lograba entender la jerga de aquellas gentes. Desorientado, se dijo a sí mismo que lo mejor era salir de aquel frenesí y recapacitar sobre la manera de proceder en el futuro.
Fuera del barullo, preguntó a otro que, por su vestimenta, parecía ser como él.
-¿Qué ocurre aquí? ¿Qué se celebra?
-Las bodas de los Amantes de Teruel, Isabel y Diego. (Así simplificaba los actos y las explicaciones)
-¿Quiénes son? Desconozco lo que mencionas.
-Una pareja que vivió hace muchos años, en el siglo XIII, y que según la leyenda o la historia, que no está muy claro el asunto, murieron de amor.
Al forastero, pues así le pareció al interpelado, esta información le causó más  zozobra de la que ya tenía.
-¿Te encuentras bien?
- No pasa nada, gracias ¿Sabes donde podría dejar mi caballo?
-Quizá ahí abajo en el Rabal encuentres algún lugar aparente para ello.
Hacia allí se dirigió el caballero, pero no descubría sitio donde acomodar al caballo. Encontró a un hombre y le preguntó si había alguna posibilidad de hallar una cuadra para su montura.
-Que yo sepa no hay, le contestó, pero si quiere dejarlo en mi corral, yo se lo guardo hasta que vuelva. Tengo animales y podría darle algo de comer. Quedaba claro que el hombre había venido a las fiestas y lugar donde guardar al caballo, harto difícil lo tenía.
-Gracias, muchas gracias, se lo compensaré. Seguía teniendo mucha dificultad de entendimiento y a los demás con él ocurríales lo mismo. Ya libre, volvió al centro de la ciudad de nuevo. Intentaba reconocer los edificios mas era prácticamente imposible y más tras la destrucción de la guerra civil, cosa por él ignorada. Algún vestigio remoto, pero no, no era aquella su ciudad, sin duda se había equivocado. Deambulando, pasó de la plaza del Torico a la iglesia de san Pedro entrando al mausoleo de los Amantes. Todo comenzó a darle vueltas cuando vio a las dos momias allí expuestas. Los nombres escritos, y su historia, le sumieron en la mayor de las confusiones. Un terror frío comenzó a recorrer su espalda al tiempo que en su mente se iba haciendo algo de luz. Por su memoria discurrían rápidas imágenes inconexas en las cuales se mezclaban nombres, voces. No es posible, se decía, no puede ser cierto. Aquí ha debido ocurrir un error. ¿Cómo he podido venir a parar a esta situación y en estas circunstancias? Salió trastabillando del mausoleo como un vulgar beodo. La plaza se hallaba llena a rebosar y la marea humana le arrastró hasta la puerta de la Catedral donde había un gran catafalco. Se acercó hasta el armazón observando lo que allí tenía lugar. De momento, nada. Un personaje vestido de obispo, el mismo que ya antes había visto aunque sin la parafernalia ceremonial, se encontraba a su lado.
-¿Qué ocurre Eminencia?
-¿Eres de fuera? ¿No lo sabes?
-Han transcurrido muchos años desde que partiera y a mi retorno hallo todo cambiado, me encuentro desconcertado. Nada es igual a cuando marché. Ha desaparecido mi casa y la ciudad no conserva más que restos de la muralla que había cuando salí.
El “obispo”, uno más de lo muchos ciudadanos vestidos de época, miró con sorna al visitante. Este ha empinado el codo y se cree el papel que está interpretando.
-Necesitas descansar y serenarte, hijo. Busca un lugar tranquilo y espera que la situación mejore. Y le dio su “bendición”. Madre que tajada lleva el tío este. ¿De ande habrá salido?
Sin embargo, algo había en él diferente a los demás. Al mirarle, no se encontraban con un figurante, la sensación que emanaba de su figura era la de un ser real, sin artificios. Cada vez más confundido, vagó por las calles adyacentes dirigiéndose a las murallas por donde había accedido a la ciudad. En uno de aquellos rápidos flashes, su memoria captó aquella última visión de su marcha, hacía muchos años. ¡Dios mío, la muralla es la misma, pero esta población no la reconozco! ¿Qué me está pasando? Nada es igual, excepto yo. ¿Qué hago aquí? El torbellino de imágenes y sensaciones le habían aturdido. Intentaba serenarse, pero su cabeza parecía una olla a presión. Las momias y los nombres del Mausoleo le habían sumido en una honda contradicción. No podía ser cierto lo que en ellos se explicaba. Debía volver allí y pedir explicaciones al encargado o párroco de la iglesia. Todo cuanto recordaba había desaparecido. Como un zombi, vagó sin rumbo pasando por los puestos callejeros de comida y bebida. Llegó a la plaza del Seminario donde unos caballeros tenían montada una jaima y realizaban ejercicios de defensa y ataque con las espadas. Quedose mirando un rato y al verlo tan bien preparado, los caballeros de pega le invitaron a participar con ellos en los juegos y la barbacoa. Craso error, en un abrir y cerrar de ojos los había desarmado a todos y al último le había puesto la espada en el cuello. Presa del terror, el caído, le suplicó no le hiciera daño y una vez libre, le conminaron a que inmediatamente abandonara la jaima o avisaban a la policía. Pero él seguía sin entender nada. Era uno más dentro de la multitud. Pasaba totalmente inadvertido. Algunos, incluso, le pidieron se hiciera fotografías con ellos pues desprendía realidad, autenticidad, cosa que no comprendía y le intimidaba todavía más si cabe. Aquellas vestiduras, ricas, de guerrero medieval, el enorme espadón que portaba dentro de la funda, su tez curtida por el sol y el aire, conferíanle un porte aristocrático, de persona de casa rica y acomodada. Intentó entrar a la Catedral, pero no le dejaron. Caminó de nuevo hacia la plaza del Torico y se sentó en el suelo junto a otro catafalco. Aún dentro del enorme bullicio, se quedó medio dormido. Su cabeza, no obstante, seguía asimilando y procesando imágenes actuales y pasadas sin llegar a poder descifrar esas ráfagas luminosas que a veces encadenaban pasajes presentes y pretéritos.
La tarde amenazaba tormenta aunque, de momento, el cielo solo avisaba de sus intenciones, respetando el desarrollo de todo el ceremonial. Ajenos a cuanto se desarrollaba a su alrededor, los organizadores de la fiesta se encontraban en un gran aprieto. El actor principal de la misma, se había indispuesto y sería casi imposible  pudieran disponer de él.
-¡Dios mío! Solo nos faltaba esto ¿Que vamos a hacer ahora?
-Estamos a punto de empezar la ceremonia y nos falta el actor principal. La posible tormenta los tenía desquiciados, pero el nuevo contratiempo, a éste le impedía razonar siquiera.
-¿Porqué no ponemos a otro? Al fin y al cabo, solo tiene que ir en el catafalco haciendo el muerto. Cuando todo acabe, lo metemos rápidamente a la Catedral y en paz.
-¿Y si despierta en mitad de la función?
-Se le alecciona y se le dice que por nada él se levante o diga algo.
-¿Y donde encontramos a una persona así, de sopetón?
-Vamos a hablar con ese figurante. Su aspecto es idóneo.
-No por dios, es mejor suspender el espectáculo.
-Eso nunca. Espera, déjame a mí.
-Oiga caballero, por favor, necesitamos su ayuda.
-¿Para qué?
-Verá, estamos celebrando las bodas de Isabel de Segura con el señor Pedro de Azagra. El actor principal se ha puesto enfermo y no tenemos sustituto. No tendría que hacer nada, solo ir ahí echado hasta que yo le diga que todo ha concluido.
La cabeza parecía estaba a punto de estallarle. Los nombres de Isabel y Diego, le sumían en un vértigo difícil de controlar, escapaban a su raciocinio pero sin saber por qué, le eran familiares. Tampoco asimilaba todas las palabras pronunciadas por aquella persona, aunque con vaguedad, sí que entendía la petición de que se echara sobre aquella cama improvisada.
-Vale acepto. Cualquier cosa era mejor que permanecer allí devanándose los sesos. Con una condición: al final me explicará que está ocurriendo aquí, no entiendo nada.
Al verlo de pie, aquel titiritero supo que estaba delante de un ser extraordinario. Ni aún haciendo un casting internacional, podría haber encontrado un actor tan aparente. Con sumo cuidado, le hizo tenderse y ordenó sus vestiduras, con la espada sobre su pecho, dando una imagen realmente espléndida.
-Usted no se mueva ni haga nada hasta que yo se lo diga. Oiga lo que oiga.
Cuando lo sacaron a la calle para iniciar lo que sería la ceremonia del entierro, un ¡Ohhhhhhhh! general recorrió la muchedumbre. Nadie reconoció al vagabundo que no hacía tanto rato se había paseado entre ellos. Se había transfigurado y llenaba todo. Los presentes, tenían la sensación de asistir a un sepelio real más que a un espectáculo. Entre tanto, mentalmente, él repasaba su situación. Tras muchos años de ausencia y pobreza, había retornado en busca de la mujer que amaba. El caballero había partido hacía mucho tiempo en busca de fortuna para que en casa de la mujer amada aceptaran su petición de matrimonio entre ambos. Ahora, con una posición más que aceptable, confiaba en poder conseguir su objetivo: ser aceptado y casarse con su adorada.
Al presente, podía ofrecerle algo más que su amor para contentar a sus padres.
-¡Maldito el hombre que virtudes siembra, para coger cosecha de desgracias! Musita en silencio.
Cuando llegaron a la puerta de la Catedral, la actriz, sin apercibirse del cambio de actor, recitó su papel:
-Mi bien perdona mi despecho fatal. Yo te adoraba. Tuya fui tuya soy: en pos del tuyo mí enamorado espíritu se lanza.
Al darle el beso Isabel, al caballero yaciente se le descorrió el velo que nublaba su mente; se encontró a sí mismo, ya muerto y a la verdadera Isabel exánime apoyada sobre su cadáver. Sin saberlo, había regresado a buscar el beso que un día le negara su amada y el Destino, se confabuló en brindárselo. El recibido de labios de una amante ficticia, le devolvió a su realidad. Por fin, aunque de prestado, Isabel le había dado en vida el beso negado.
Tomando la mano de Isabel, Juan le susurra acariciando su pelo:
-No temas nada Isabel, amada mía, ya nada nos separará de aquí en adelante. Seremos leyenda viva, revivida e imperecedera y nuestro amor, desgraciado en vida, será ejemplo universal para muchos tras nuestra muerte. Los dos, unidos, estaremos por siempre en la Eternidad y en la memoria de la Ciudad que nos vio nacer y morir.
Pero… ¿y qué fue de la realidad? El Destino no podía dejar al albur el final de la conjura. El falso Juan, el actor, debía su indisposición a la trompa pillada por la mañana, con media hora de tregua al mediodía. Cuando en medio de los vapores del alcohol vio partir al catafalco, el cual debía haber sido ocupado por él, dando trompicones y en medio de la multitud que no le reconoció dado su estado, se dirigió por la calle Amantes hasta la puerta de la Catedral, donde quedó agazapado durmiendo la mona bajo las escaleras de madera instaladas para el evento.
Una vez realizado el largo paseo de la procesión, con la exposición del difunto Juan antes de celebrar su funeral en el templo, se procedió a seguir la representación. Isabel, la actriz, pronunció las palabras ya mencionadas con anterioridad y justo en el momento de darle el beso a Juan, tal y como el guión estipulaba, el cielo no pudo aguantar por más tiempo. Un rayo cayó en la veleta del campanario de la Catedral dejando a todos como si de la resurrección de Cristo se tratara. El trueno, al unísono del relámpago, aturdió a los presentes al tiempo que las esclusas y el velo de las nubes se abrieron dejando caer agua sin tiento.
Isabel, tuvo un instante para darse cuenta de la desaparición de Juan en el momento de depositar sus labios en los de él, pero el rayo y el trueno acabaron la labor: se desmayó de verdad, había dejado de ser actriz. El falso amante, al ver vacía la cama en la cual había estado yaciendo Juan, aprovechó para en medio de la confusión, ocuparla; eso sí, de manera incorrecta pues se lo impedía Isabel. La pedregada que se desató a continuación, le disipó rápidamente los vapores etílicos y buscó refugio en el interior del templo. El personal, mirones, figurantes y actores, se escabulleron como pudieron a refugiarse del diluvio que sin previo aviso, les estaba cayendo encima.
Los organizadores intentaron meter a la actriz en la Catedral. Vano intento, ella seguía inconsciente. Cuando lo consiguieron, doloridos por la piedra caída como huevos de paloma, no dejaban de mirarse entre sí; el color de su cara lo decía todo: blancos como la nieve.
-¿Qué ha pasado Roberto?
-No tengo palabras para explicarlo Francho, pero aquí acaba de ocurrir algo que escapa a mis sentidos. Sobre todo que no se entere la directora del cambiazo “de muerto”.
-La gente no se ha dado cuenta pero el figurante que portábamos en andas, desapareció cuando el rayo cayó. Luego el otro se subió encima y pareció que todo seguía igual, pero yo sé que no era así. Con la trompa que lleva, no se acordará ni de su nombre.
-Pienso lo mismo que tú maño, pero aún sigo acojonado y la chica no despierta. Deberíamos llamar a un médico.
-Tranquilo, ya la están atendiendo, pero no recuerda nada, sufre amnesia.
-Debió darse cuenta cuando el otro se esfumó y le ha afectado más que el trueno.
-¿Sabes que te digo? No pienso volver a formar parte del comité organizador. Esto no podré olvidarlo nunca, aunque tampoco podemos divulgarlo.
-Tienes razón, solo tú y yo sabíamos que el Juan que transportábamos no era el actor y ahora se ha esfumado y la chica se ha trastornado del susto.
-Esperemos que nadie más se haya dado cuenta, se formaría un escándalo inexplicable. Además, no entiendo la manía que tienen todos de llamarlo Diego cuando se llamaba Juan, es una ofensa para su recuerdo.
-Estoy de acuerdo contigo Francho, quizá todo este lio haya sido una venganza desde el Más Allá. Que acabe el día pronto pues ahora el que se va a remojar por dentro soy yo, que no me llega la ropa al cuerpo.
-Te acompañaré Roberto, esto no se me olvidará nunca.
 
¿Y el caballo? Bien, gracias. Aunque ahora que lo pienso, no tengo ni repajolera idea. ¿Lo dejamos viviendo con el rabalero o lo esfumamos también?

 
Dedicado a los Juanes e Isabeles que no han podido vivir su amor frustrado.
Publicar un comentario