Amigos del castillo de Peracense

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viernes, 22 de febrero de 2013

QUERIDO PADRE


Resumir en un folio toda una vida de presencia permanente a nuestro lado, es imposible; da para muy poco. Acaso alguna anécdota que por otra parte pudiera hacernos olvidar lo esencial del amor que durante estos años nos has regalado. En la última etapa de tu vida, has gozado de una tranquilidad espiritual que se os negó, a ti y a mi madre, precisamente por mi culpa. Nunca te escuché la menor queja pues estoicamente llevaste sobre tus hombros la carga de mi imprevista llegada. Asumiste, como no podía ser menos en un hombre de bien, mi venida y aunque no puedo concretar el momento exacto en el cual percibí que tú eras mi padre, nunca olvidaré aquella canción que me cantabas acompañándote del violín y que tantas veces habremos repetido a lo largo de los años: Vuela, vuela, palomita. Y qué cosas ¿verdad? La técnica nos ha permitido rescatar esa melodía tantas veces tarareada; forma parte de una película mejicana del año ¡1938!, Ora Ponciano, dedicada a un torero y que te enseñé. No supe percibir la gravedad del accidente, pero no olvido el coscorrón que te diste en la cabeza cuando arrimando carbón para aquel monstruo de hierro sobre el cual galopabas, a punto estuve de quedar huérfano sin haberte disfrutado. Siempre me perdonaste la torpeza demostrada cuando, al quitarte a hurtadillas la bicicleta que empleabas para ir al trabajo en la mina, te la devolvía con los frenos clavados en el farol, cuando no, este roto. Imagino tu zozobra cuando fueron a buscarte al trabajo para decirte que al mulo le había ocurrido un accidente labrando. Creías que era yo el herido. Nunca me pediste explicaciones, pero padre, para mí fue terrible, tenía 16 años. Se me escaparon los mulos y al llegar al pueblo saltaron por encima de un montón de fiemo y el apero dio la voltereta hacia adelante y…. Tus silencios nunca han sido intromisiones o reproches; te has multiplicado y cuando te hemos necesitado, has sido nuestro apoyo seguro sin pedir nada a cambio. Con los años, he percibido que cada vez me parecía más a ti. La sangre y la herencia sin duda nos marcan el rumbo. Ahora, tras tu adiós definitivo, no puedo por menos que sobreponerme a la tristeza y al vacío que tu ausencia deja en nosotros y aunque parezca un disparate, felicitarme por haber tenido a mi lado a un hombre cabal, honesto, trabajador y amante de los suyos. Siempre, desde el principio hasta el final, te recordaré con amor. Gracias, Padre.

SI LAS PIEDRAS HABLARAN II

 
 
En esta ciudad, han ocurrido muchas cosas que los desertores del arado desconocemos. Ha sido visitando el Hospital Real Nuestra Señora de Gracia cuando he apreciado lo ignorado, que no oculto. Lo sostienen las que imagino columnas primitivas, labradas en piedra, magníficas. Durante el asedio napoleónico a la ciudad, este Hospital fue lugar donde los ejércitos hallaron reparo a sus dolencias y en el se combatió a la bayoneta siendo uno de los más brutales del cerco. Según grabados de la época, quedó el edificio muy maltrecho pero estas columnas, si pudieran hablar, nos contarían hechos y acciones desesperadas por parte de los defensores que los ignorantes del presente desconocemos.

En el silencio de las horas de obligada vigilia hospitalaria, el dolor se torna respeto al lado de esos soberbios apoyos; pegando la oreja, te transporta a aquella vorágine de fuego y sangre donde los combatientes, a la desesperada, trataban de repeler el asalto de las tropas napoleónicas en medio de los escombros del hospital casi derruido. El retumbar de los bombazos procedentes de la Puerta del Carmen y El Portillo llegan nítidos a esas columnas. En tanto esos baluartes pétreos resistan en pie, dando cobijo a las personas que allí sufren y a quienes les curan, no se rendirán los defensores mientras una de ellas se yerga orgullosa. Heroísmo compartido por aquella Comunidad  de monjas y frailes de santa Ana. La Madre Rafols, para mí solo había sido un nombre de calle de la ciudad de Zaragoza.