Amigos del castillo de Peracense

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domingo, 28 de abril de 2013

¿DÓNDE ESTÁN? (Los dineros)

Como ya viene siendo habitual, la hora de la siesta en el sillón basculante me lleva a divagar sobre asuntos, temas y cuestiones de lo más variados. Hoy, aprovechando la nieve caída por el pueblo, me ha venido a la memoria cuando, siendo un escolar más bien canijo, tuvimos que ir, mandados por el maestro, a sacudir las copas de los chopos saturadas de nieve. De ese modo conseguiríamos evitar la rotura de la copa en los que el peso de la nieve todavía no la hubiera tronchado.

Y a raíz de esta memoria veterana me surgen otras digresiones añadidas relacionadas con el tema. Por ejemplo que, nevar en primavera, es cosa de lo más normal y natural. En el pueblo los chopos tendrán hojas suficientes bien entrado el mes de Mayo y a más a más, el día de san Ginés, la Cruz de Mayo, el día tres, raro era el año que la cima del cerro del mismo nombre no amanecía nevada; eso sí, con el transcurso de la mañana la nieve desaparecía y el pueblo podía subir en romería a ver al santo y bendecir los términos. El huevo duro y el trago de vino que tras la misa ofrecía el ayuntamiento, ayudaban a bajar con ligereza la cuesta; bien es verdad que bajar, se baja sin querer. Por contra, otros años, temperatura veraniega al canto y los sembrados agostados y achicharrados.

Pero lo que más me indigna respecto del Coto Escolar y sus chopos es, que quienes trabajamos y sufrimos dolores de piernas invalidantes por la humedad tras plantar los árboles, a la hora de cortarlos no recibimos ni las gracias. Desconozco el importe de la venta ni quienes la recibieron, pero no cabe duda de que alguien se comportó villanamente con aquellos niños y muchachos que año tras año tuvieron que mover tierras y piedras de las ramblas; plantar los árboles y regarlos en verano; quitarles la nieve aunque fuera mojándose los pies; podarlos, por sus padres, etc.....

El maestro, autor del entuerto y de las ostias que sin misericordia endosaba a sus alumnos, algo tendría que ver en el negocio. Muchas veces me he preguntado si alguna vez, con posterioridad, sentiría remordimientos. Un hombre abofeteando niños, es una cobardía que quedaba impune todos los días; en su descargo, que no lo tiene, los padres con sus silencios, eran cómplices conscientes del hecho aunque en aquellos años el señalarse, como hoy en día, no solo estaba mal visto sino que era penado. Poco hemos avanzado, en todo caso, hacia atrás