Amigos del castillo de Peracense

https://www.facebook.com/amigosdelcastillodeperacense/

sábado, 30 de agosto de 2014

SER O NO SER

Me encuentro entre la espada de no tener ganas de escribir y la pared de contarlo. Son tantas las ilusiones perdidas, si es que tenía alguna, que no han quedado ni las migajas para intentar recogerlas con el badil y hacer un pequeño (no me sale la palabra) puzzle (al fin salió). Es verdad que sigo siendo un cobarde y por tanto la muerte me da tanto repelús como la vida. Por llamarle de alguna forma, ya que esto no es vida (hace poco leí a un tontolaba que decía que no se debía escribir YA QUE, tú haz lo que te de la gana y deja a los demás en paz). Tal vez debiera dejar de mirarme el ombligo y contrastar lo que sucede a la gente de mi alrededor, tal vez averiguaría que me quejo de vicio y que hay muchas personas en muchas peores condiciones de salud y económica que yo. Aunque ya dice el dicho: "en la puerta el hospital, cada uno habla de su mal". Si solo se tratara de mí, resolvería mis tribulaciones rápidamente, soy de buen conformar y me contento con que me dejen en paz. El problema es añadido: la santa acabará conmigo. Porque claro, si yo acabo con ella, cosa que no se me ha pasado por la cabeza y ruego a todos los dioses del Olimpia y los de fuera que eso jamás ocurra, sería mi fin lo mismo que es el de esos infelices criminales que acaban con su pareja. Pero como comentaba un anciano a sus hijos: "Comprendo a los que matan a su mujer", también les tengo algo de comprensión. Cuando tú vida está condicionada hasta la asfixia por otra persona sin esperanza de mejora, de una de las dos te has de librar: de tu vida, de la otra o de ambas.
Quiero que me incineren (he de reconocer que tal posibilidad me da grima y una gran congoja) y que si fallezco antes que mi madre, me metan en su nicho a la vez que a ella, así estaremos juntos los tres para siempre jamás amén. Si muero después, que esparzan mis cenizas en el alto de san Ginés, dando vista al pueblo para que el viento me lleve a las estrellas. Quiero gozar de buena vista, como Serrat. Y también si eso ocurre, que todos los bienes heredados de ella, vayan directamente a mis hijas, (y los otros, si no hay mejora, también). Alguna vez me han metido en la resonancia magnética y me dá tal angustia que me han tenido que sacar. Si de vivo no lo soporto, de muerto me dará igual, pero no quiero oler y descomponerme como le ha ocurrido al congelador de mi nevera. Se quedó sin corriente (de marca no había) y al volver a casa la putrefacción y el hedor que emanaban, todavía perdura pasada una semana. Ha sido imposible eliminarlas a pesar de las fregadas con jabón, lejía, amoniaco, bicarbonato, etc. que le hemos dado. Creía que podría recuperar el congelador, pero cuando lo abro, a pesar de estar bajo cero, trasciende el mal olor que repugna. Los cajones donde estaba la carne y el pescado, igual de irrecuperables. Solución: comprar un combi nuevo; más de 500€ tendrán la culpa. En fin, que los viajes y los cruceros, los hará pit sampras que yo, si no solo, lo tengo claro. Y por hoy ya vale. 535€ para ser exactos.


jueves, 21 de agosto de 2014

NO ES LO QUE PARECE

En estos días playeros se observan cuerpos humanos de todas las edades, condiciones y estados. Desde abuel@s que ya no cumplirán los ochenta hasta niñ@s en pañales. Como yo tampoco soy ajeno a la degeneración que los años acarrean de forma exponencial, lo cual es injusto, mis sensaciones están más atemperadas que hace ...... por ejemplo treinta años. Bueno, no tantos, ocurre que ahora las miro más con ojos de artista. Yo puedo mirar una mujer y apreciar su belleza y su bondad sin que en mi interior se remuevan los instintos como me sucedía no hace tantos años y no digamos en los años veinte.

Y pensando, pensando, me he dado cuenta de que como en las cardelinas, lo que cuenta es la apariencia. Los bellos colores adornados con primorosos trinos y una figura estilizada aunque oculta por el plumaje, hacen que a la vista y el oído sean uno de los pájaros más bellos que en nuestra tierra habitan. Una mujer desnuda lo mismo que una cardelina sin plumas, salvando las distancias, pierde parte de su misterio. No seré tan canelo de decir que una mujer desnuda no levanta pasiones cuando muchas veces simplemente con imaginarla ya resucita muertos. Pero en cuanto se embadurnan la cara y cubren su cuerpo de forma insinuante y graciosa con cuatro trozos de tela que más que tapar enseñan, uno se queda embobado contemplando aquella obra de arte y su espíritu se siente recompensado, pues su cuerpo, las más de las veces, sigue en babia y ni se entera.