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lunes, 8 de septiembre de 2014

DÍA GRANDE

El día 6 fue un día grande para toda la familia y especial para mi hija pequeña: se casó. Querían algo diferente y en verdad que lo fue. Los puñeteros hicieron todo a su aire, ayudados por su hermana que estoy seguro puso si no más, tanto interés como ellos en que todo resultara a lo grande. Hasta el día nos acompañó pues ayer, día 7, cayeron más de 60 litros en la Hoya de Huesca. No solo nos hubiera hecho la pascua sino la semana santa al completo; aunque nos habría librado del batallón de mosquitos que sin piedad, asolaron piernas y brazos a las invitadas sobre todo, sin olvidar a los hombres que se quejaban de que a través del pantalón los estaban asaeteando. Y es que tiene su explicación: en el jardín del Castillo de san Luis, restaurante donde se sirvió el ágape nupcial, nos sirvieron unos aperitivos antes de la cena que ya firmaríamos la mayoría para disponer de ellos todos los días e ir más que satisfechos a dormir.

Pero vamos a empezar por donde se debe, por el principio. Como habían de coordinarse los novios para ir en orden de llegada, problemas con el autobús de invitados, malentendidos a través de wasap y otras menudencias, nos tuvieron a la novia, las damitas de honor y al padrino haciendo una turné por las afueras de la ciudad e incluso hubimos de tener unos minutos de espera en una sombra para hacer tiempo; parecía aquello novia a la fuga. Menos mal que el Crispi, chófer y yerno, no se perdió; al fin llegamos con un retraso de más de media hora pero no por nuestra culpa.

La llegada como en todas las bodas, apoteósica y bajando unas escaleras hasta la capilla de la ceremonia precedido por el novio y la madrina. Excepto por el calor que hacía, aquello resultó de lo más agradable y divertido. Habían elegido como maestro de ceremonias al reverendo Juan. Una sorpresa y un acierto. Hizo un repaso existencial de ambos esposos, ya marido y mujer, con toques de humor que de vez en cuando hacían sonreír y a veces reír sin comedimiento a los asistentes. Cómo se lo curró para pergeñar aquel discurso bañado de anécdotas y retazos de música. Gracias Juan por tu colaboración y esfuerzo. Las palabras cariñosas no exentas de humor de las hermanas de los novios, levantaron las carcajadas y aplausos de los presentes. Y una gran ovación final para el maestro de ceremonias, reverendo Juan. (Y puñetero, si algún día dejo la cancela abierta y te cuelas, deja alguna señal de que has estado aunque lo escrito carezca de interés). 

Del aperitivo que siguió, que voy a contar. Malimpiau lo que sobró, que como me dijo el cortador de jamón "si viera la cantidad de comida que tiramos a la mañana...." Había de tó de comer y de beber; yo me senté en una mesa junto al pata negra y me puse las botas de comer los filetitos que el cortador dejaba en un plato y las rebanadas de pan tumaca para acompañarlo. Pero dejé de comer de casi todo, no porque me hubiese puesto morao del pata negra, sino porque había tanto y tan bueno que era imposible probarlo todo; había que dejar un pequeño hueco para la cena, que con buen criterio, los novios habían preparado suave y no tan pantagruélica como estamos acostumbrados en estas ceremonias.

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