Amigos del castillo de Peracense

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sábado, 26 de julio de 2014

BICHOS DAÑINOS

La otra mañana, recogí de la calle una cría de pájaro y la solté con ánimo de que ningún depredador la pudiera atrapar. Craso error. Del tejado donde la puse, emprendió el vuelo yendo a caer a escasos cinco metros de alguien que estaba allí. Le faltó tiempo para abalanzarse sobre el incauto pajarillo y atraparlo de nuevo. De nada sirvieron los gritos e insultos que le dediqué. "Este pami". Maldita sea tu estampa, ladrón de todo lo que se pone al alcance de tu mano. Ya lo detuvieron en la plaza del Pilar por mangar cosas de los puestos. Debe subsistir de lo que roba, y no es porque no tiene dinero, pero tiene menos vergüenza y una inmensa caradura.

A la mañana siguiente fui hacia el monte a recoger piedras para decorar la fachada de mi casa. A un metro escaso del coche según marchaba, vi una cosa negra. No me dio tiempo a reaccionar aunque pensé era una víbora. Más adelante detuve el auto y tuve la curiosidad de volver a ver donde había visto al bicho. Armado con una piedra, volví sobre mis pasos y pude ver una cosa como de medio metro o más tendida en el camino. No creí fuera que la había matado. A poco más de tres metros comprobé que se movía lentamente y cuando se percató de mi avance intentó huir rápidamente; le tiré la piedra dándole en el medio y frenando su huida. Se enrosco y se encaraba contra mí con la boca abierta; cogí otra piedra y la lancé dándole de nuevo pero no daba signos de estar herida de muerte. Me giré para buscar otra piedra y un palo para moverla y al regresar, había desaparecido entre la maleza próxima. Escarbé con un palo largo, pero no pude dar con ella. Ya me moví con precaución, rayando el miedo a otra víbora al buscar piedras.

Buscando losetas, al volver a dejar las que llevaba, una cosa llamó mi atención: eso tiene pinta de ser una culebra. Nunca había visto una como aquella, con aquellos dibujos en la piel. Estaba tendida larga tomando el sol. Dejé las losetas en el suelo con cuidado y le lancé una de canto con intención de partirla por la mitad. Estaba entre una estepa y no debí hacerle gran cosa; le tiré otra "al cuerpo" y no se si la toqué o no. El caso es que le volví a lanzar otra ya casi en la maleza... y si te he visto no me acuerdo. Dios mío que inútil soy.

Al mover una loseta, con precaución pues se de su presencia por esos parajes, hallé un alacrán. Para este fue el fin del mundo pues lo masacré en venganza de las bichas que se me habían escapado. En fín, tres alimañas: una que se escapó ilesa, otra malherida, creo, y la otra siniestro total.

De mi mujer, hablaré otro día.