Amigos del castillo de Peracense

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jueves, 25 de septiembre de 2014

AQUELLOS POLVOS TRAJERON ESTOS LODOS

     Si por hotel a la orilla del mar consideramos a cualquiera de los que existen en La Manga del Mar Menor, tuve la suerte de alojarme en uno de ellos en las minivacaciones más inolvidables que he disfrutado; disponía de más días pero encontrar plaza ya fue una odisea, conservarla, un imposible. Un buen día de primeros de Junio me lancé a la carretera sin haber podido conseguir una mísera o lujosa habitación en cualquier hotel de La Manga. Si no encontramos donde dormir, lo haremos en el coche, pues no sería la primera vez o quizá tal vez en un motel de carretera consigamos una cama donde dejar caer los huesos tras tantos kilómetros conduciendo. No enumeraré los hoteles porque fueron todos y aunque de algunos recuerdo su nombre, no cabe dilapidar espacio para enunciarlos: TODOS o casi. Parecíamos la Virgen y san José en busca de posada.Y siempre recibíamos la misma respuesta a nuestra petición: Podemos darle habitación pero solo para esta NOCHE. ¿Cuál era el misterio? Los hosteleros ya lo saben. Aquel día partían los clientes que habían consumido su estancia y al siguiente entraban otros. Llegamos con el coche hasta donde se podía entrar por carretera en La Manga y ya decepcionados, escépticos y de vuelta, vimos un apartotel, Los Delfines y decidimos probar suerte. Aquí nos dieron posada todo incluido ¡¡por cuatro días!! Eso sí improrrogables. He vivido en hoteles como trabajador y confieso que ser cliente, es una gozada. No voy a contar nada que no sepa quién es o ha sido hostelero. A la mañana, desayuno en el bufé. Para los golosos, lamineros y tragaldabas, el paraíso. A partir de las once, barra libre de refrescos y cualquier otra bebida. No ponían JB o Carlos I, pero eso a los ingleses o españoles nos daba igual. Con el coche llagaba hasta el final de La Manga, donde ya no se podía pasar. Había una playa con una pradera de plantas marinas y agua caliente que era una gozada. Novatos, desconocíamos los secretos que encerraba; una señora nos lo rebeló: “allí donde el agua tiene otro color, pueden recoger el barro para embadurnarse el cuerpo entero” y vaya que sí. Arcilla de color gris con la cual cubrimos toda nuestra piel visible hasta que se secó. Parecíamos a esos negros que en las películas de África salían rebozados de arcilla y mejunjes. Luego una vez seca la tierra, a lavarnos en el mar. Nunca sentí la piel tan suave como tras estos lifting y lo mejor de todo ¡¡gratis!! Un poco más alejado observé otro día a un hombre que agachado y con las manos dentro del agua, parecía buscar algo. Curioso y deseando tomar parte en el botín, comencé a imitarle. Al poco hallé contestación al misterio: estaba buscando cañadillas. Como no tenía opción con las mismas, desistí de seguir buscando, mi curiosidad estaba satisfecha. A la vuelta a mediodía y tras una ducha, un vermú fresquito antes de comer. Como las costumbres de los extranjeros respecto de las comidas, y otras cosas, son bien diferentes de las nuestras, ellos estaban esperando abrieran el comedor, nosotros siempre sin prisa. (Me tocó alguna vez en Benicassim, harto de paellas y de clientes, preparar una paella para unos madrileños (me guardaré el epíteto) a las 11 y media de la noche). Tras comer, los foranos, se pegaban unos lingotazos de coñá que a mí me hubieran tumbado. Y lo que nunca se me olvidará ocurría tras la cena. Había animación, música etc. para los clientes; y éstos venidos de fuera, Luton en especial, acudían al sarao de punta en blanco. Una pareja muy mayor llamó mi atención: ella como un pincel, con traje de baile de salón y él sin desmerecer. Marcaba el hombre los pasos y hacia unas revueltas y unos giros con la cabeza que me dejaron  fascinado, por la edad y por cómo se lo trabajaban. Hoteles llenos de personas mayores que (en algunos casos) quizá su prioridad no fuera el agua, pero con su estancia lograba mantener abiertos los establecimientos, algo esencial para los mismos.

Enviado al mismo hotel

CONFIDENCIAS

En estos día que he estado en el pueblo, he tenido confidencias con mi tío que antes, si bien tenía conocimiento de algunas de las cosas que me ha contado, ahora han sido mucho más extensas y atentas por mi parte.

De verdad que lo pasó mal. El vivir junto a sus suegros, fue lo peor que le pudo ocurrir pues su suegra lo jodía a todas horas y su mujer la apoyaba. Él fue el burro que peor albarda le tocó llevar (algo parecido a lo que a mi padre -mucho peor- pasó aunque por razones diferentes) siendo el otro cuñado el que sin dar golpe, tenía el reconocimiento de la tía pequeña. No se puede transcribir aquí todo lo escuchado porque fue tanto que si bien las anécdotas intentaré reflejarlas, el desahogo o quizá el recuerdo no se si le pudo sentar bien o al contrario hizo renacer viejas heridas.

La afrenta que más daño le hizo atendiendo a sus expresiones de la misma, fue cuando en una finca pequeña que heredó de su madre, al comprar o heredar su cuñado otra que lindaba con la suya, un pozo que mi bisabuelo había excavado en la orilla pero en su finca, TOD@S de la familia de su suegra con ella a la cabeza, se empeñaron en que era de los dos o puede que incluso del otro. Aquello clamaba al cielo. Presumo que mi abuelo ya habría fallecido pues de lo contrario no hubieran tenido cojones ni para respirar. Pero como la estulticia es inmensa, su mujer era la que con más ahínco defendía esa posición. Trató de mover las hitas separadoras de lugar -escarbando con las manos-  para que el pozo quedara en la otra finca. Más inútil no se puede ser; en vez de defender lo suyo, aunque solo hubiera sido pensando en sus hijos, defendía lo contrario. A pesar de que el anterior dueño, tío del cuñado, afirmó sin lugar a dudas que el pozo era de la otra finca. Un hombre del pueblo, se supone que alucinando de tanta estupidez, le dijo a su mujer, mi tía, "tú dale el pozo y mañana te vas a comer a casa del tío molinero, que te dará". Este era el padre del cuñado, el molinero,  y entre ellos eran consuegros, mira que opinión tenía de él. Un hermano de mi abuela, le escribió una carta a la mujer de mi tío se supone que poniéndola a caldo. "Ese pozo lo hizo mi padre, y en su finca, por lo tanto nadie tiene ningún derecho sobre él". Por fin parece que algo de luz, aunque lo dudo, se hizo en su mollera y dejaron de joder la marrana con el dichoso pozo. Pero el mal, ya ESTABA HECHO.

Otra vez su suegra arregló la casa y dio 60.000 pesetas a cada hija. Estupendo si no hubiera sido porque la cándida de mi tía pagó el gasto de la obra y su hermana se embolsó las perras limpias y en su totalidad ¿Se puede ser más inútil? Aun hay muchas más cabronadas de ese estilo; llamarlas anécdotas sería desvirtuar la realidad de las mismas. Se hacía lo que el tío molinero, padre de su cuñado, decía y punto. ¡Manda cojones!

Por finalizar la lista interminable de agravios, una muestra. Cuando el ferrocarril cerró y todos los empleados fueron a la calle, incluido mi padre, el comentario de mi tía fue: "los echan a todos -su marido incluido- pero menos mal que a Parrotes (el cuñado) lo dejan". ¿Cómo encajaría una persona normal este comentario, sobre todo si lo hacía su mujer? A su hijo, mi primo, lo echó a perder con sus obsesiones de que estaba enfermo y no podía hacer nada ni ir a la mili. Puede que la época más feliz y despreocupada de su vida fueran los meses que estuvo, enchufado, en la milicia. Cuando juró bandera, toda la familia residente en la Ciudad estuvimos presentes. Cuando juré bandera yo, no vino ni el gato. Era una infeliz, pero de esas que amargan la vida al que está a su lado. Por cierto que a su hijo, nunca lo llevó a realizar labores en el campo, a trabajar, en tanto a mí, me tuvo de esclavo siempre hasta que emigré. Y ella decía que era, yo, un perro. Hay que joderse con las tragaderas de la gente. ¿Culpables? mis padres.

Y una anécdota impagable. En cierta ocasión necesitaron un vehículo para ir a Villafranca a coger el tren y regresar. Un pariente, sin licencia, los llevó y al regreso acudió a por ellos. Como en el pueblo había un taxi, con licencia, lo denunció y los civiles los estaban esperando al regreso. Pararon el coche y amablemente les dijeron que ellos estaban allí porque los habían mandado por una denuncia, que claro comprendiera que el otro pagaba su licencia y tal..... sin llegar a denunciar al conductor. Y no se le ocurrió más que decirles a los guardias que "mañana el Tte. Coronel de Teruel sabrá de esto" El tío no sabe como lo hicieron, pero lo sacaron del auto y le dieron de ostias hasta en el carné de identidad. Luego se lamentaba y les pedía que no le dijeran nada a su padre de lo ocurrido. Hace falta ser gilipollas y bocarrana. Y lo ha seguido siendo.