Amigos del castillo de Peracense

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jueves, 6 de noviembre de 2014

LA ENTERRADA VIVA DE ALFAMBRA

En el reino de Navarra hay una villa llamada Marcilla, y pasa por allí un río llamado Aragón. En tiempos que tenía buena población, habían allí algunos caballeros; entre otros había un caballero que le decían Francisco Martínez, y tenía una honrada mujer que le llamaban doña Juana de Peralta, los cuales tuvieron un hijo llamado Martín.
El dicho don Francisco Martínez, en servicio del rey murió en una batalla contra moros, y dejó al dicho Martín Martínez con cinco años de edad; al cual la madre, doña Juana de Peralta, crió con gran cariño, bien alimentado y atendido. Cuando vio que sabía leer y escribir lo mandó a la corte con el rey; quien le recibió bien por cuanto su padre había muerto en su servicio.

Le hacía gracia, pues se parecía a su padre en muchas virtudes. Cuando tuvo veinte años le nombró caballero y le dio mercedes con las que vivir. En Azagra, otro lugar de Navarra, un hombre rico que le llamaban Garci Sanchez tenía una hija llamada Catalina, la cual casó con el dicho Martín Martínez. Su madre, Juana de Peralta, conservó los bienes que su marido le había dejado. El dicho Garci Sánchez dio buena dote a Catalina, y con las rentas que el rey tenía honrada casa. El cual tuvo con esta mujer algunos hijos e hijas, de los cuales seis fueron caballeros, y tuvieron que abandonar el lugar por la peste.
Dos fueron a morar a Peralta, que es villa en el reino de Navarra, pues allí tenían parientes por parte de su abuela, doña Juana de Peralta. Otros dos hermanos participaron en la conquista de Mora, haciendo un portillo en la muralla, por lo que pidieron al rey que les llamasen “de Asportilla”. Por eso les llamaban Pedro Martínez de Asportilla, etc. Los otros dos hermanos vinieron a Bueña, aldea de Teruel; al uno le decían Martín y al otro García.
Así se disgregaron los seis caballeros hermanos, hijos de Martín Martínez y de Catalina Sánchez, hija de García Sánchez de Azagra. Apartados los cuatro, es decir los dos que se quedaron en Peralta, y los que tomaron el nombre “de Asportilla”, hablaremos de los otros dos que se llamaban Martín y García, los cuales luchando contra los moros, tomaron el castillo de Bueña.
Alfambra, que no está muy lejos de Bueña, era del conde don Rodrigo, hombre virtuoso y esforzado; y cerca de allí, en Camañas, había un rey moro joven y valiente. El conde tenía una mujer bella y ligera de cascos. Un día el conde se encontró con el rey moro y lo persiguió un rato. Elrey moro llevaba un caballo veloz, y volviéndose al conde le dijo:
-¿Qué te parece de este dardo?- mostrándole el pene. El conde se hechó a reir; y así se separaron. Comiendo el conde en su casa con su mujer; se puso a reír al recordar lo que había visto al moro. Le dijo la condesa:
-Señor, ¿por qué os reís?-
El conde no se lo quería decir.
Tanto le insistió que se lo dijo. La condesa, oídas las palabras del conde, se hizo la desentendida, pero enseguida envió su secretario al rey moro diciéndole que estaba enamorada de él, y que pensase cómo entablar relación ambos.El rey moro se puso muy contento. Tenía un moro que sabía de hechicerías; y le dio al intermediario un grano de narcótico, y le dijo que cuando durmiese la condesa, le pusiese el narcótico debajo de la lengua., y que permanecería ocho días sin despertarse, que parecería muerta.
El intermediario lo hizo tal como le habían dicho. La condesa semejaba muerta; el conde que la veía caliente como si estuviese durmiendo no quería enterrarla.Y así la tuvo tres días, estando maravillados de este suceso todos que la veían. El conde decidió echarle plomo derretido en la palma de la mano, para probar su muerte, y le fue agujereada. La mandó enterrar en una sepultura suntuosa.Cuando fue de noche, el intermediario la sacó de la tumba, y quitándole el narcótico, le dio de comer, y la llevó aquella noche a Camañas al rey moro.
Cuando el rey vio a la condesa en su poder, se puso muy contento; se hizo todo tan secreto que sólo sabían el suceso los tres: el rey, la condesa, y el alcahuete. A los servidores de la casa el rey les dio a entender que la habían traído de tierras lejanas, y que había costado doce mil doblas por su gran belleza. Estuvieron así ocho meses, y ella no se quedó embarazada, ni tampoco había estado embarazada del conde.
Aconteció que un cristiano que pedía limosna, que había estado presente cuando le agujerearon la mano a la condesa, fue a Camañas en tiempo de tregua con los moros a pedir. La condesa era dadivosa, y sacó una ración de pan y se la dio al pobre, el cual vio la mano agujereada, y conociéndola no le dijo nada. De hecho fue al conde de Alfambra, y se lo contó, el cual fue a la sepultura y no la encontró; lo creyó, sobre todo porque cuando la enterró estaba caliente.
El conde tomó los vestidos del pobre y se los puso; y dijo a sus escuderos que se iba a Camañas, y que en cierto barranco estuviesen escondidos porque si los necesitaba pudieran socorrerle. El conde a manera de romero fue a Camañas pidiendo limosna. La condesa salió con la limosna. El conde se le descubrió, y ella mostró alegrarse; y secretamente lo llevó a su habitación. Con lágrimas le contó cómo había sido llevada allí contra su voluntad, y que quería regresar con él. Le dio de comer, y estando en esto, vino el rey. Le dijo la condesa:
-Señor, viene el rey; escondeos en este arca. El conde se metió allí. La condesa cerró con llave. El rey entró en la habitación, abrazó a la condesa con deseo, la echó sobre el arca y tuvieron relaciones sexuales. Cuando terminaron el asunto, dijo la condesa bien alto:
-Señor, a quien os entregase al conde Rodrigo, ¿qué le daríais? Respondió el rey:
-La mitad de mi reino. Dijo la traidora:
-¡ea! miradlo, pues, en este arca.
El conde salió de mal grado. El rey le preguntó cómo había llegado. Ella se lo contó. Dijo el rey:
-Su torpeza lo ha conducido a esto; siempre lo tuve por hombre de poco juicio, y lo ha demostrado cuando se ha metido aquí. Le dijo el rey al conde:
-¿por qué habéis venido aquí? Respondió:
-Por recobrar a mi mujer, que si yo pudiera tener otra, como vosotros los moros, no habría venido por ella. Ante sus lamentaciones, el rey se compadeció y no deseaba matarlo, y pensaba que haría. Dijo el rey:
-Conde, si me tuvierais en vuestro poder como os tengo yo, ¿qué me haríais?
Dijo el conde sin pensarlo:
-Os pondría inmediatamente una cadena al cuello, un cuerno en las manos, y en un cerro alto haría una gran hoguera donde os quemaría; y cuando fuéramos de camino os haría tocar el cuerno, mientras yo iría en un carro, bien vestido de lujo, y mis hombres a caballo yendo de juerga y haciendo juegos.
Le dijo el rey:
-Pues tan bien me quieres, eso mismo vas a recibir tu.
Enseguida, sin tardanza, arrearon el carro como mejor pudieron, donde iba el rey en gran trono, y la condesa, que ya era mora, en otro carro con bellas doncellas y sirvientas, y los escuderos y caballeros desarmados, portando sólo escudos de cuero. El conde, con gruesa cadena al cuello, tocaba el cuerno tan fuerte que se oía del castillo de Alfambra. Y como iba de pie lentamente, tocaba el cuerno aprisa, a rebato. Los del conde que estaban escondidos, salieron bien armados y con gran energía atacaron a los moros. Algunos huyeron a uña de caballo, pero el resto perecieron. Al rey y a la reina los echaron a la hoguera en peña Palomera, en un cerro llamado (en blanco).
Cuando Dios quiere, los acontecimientos se suceden. No sabían nada de esto los que estaban en Bueña. Los dos hermanos sobredichos, Martín y Garci Martínez, que habían salido de Marcilla, en el reino de Navarra, atacaron con mucha gente un lugar llamado Argente. Los moros habían sabido la noticia de su rey, y cuando fueron a peña Palomera a ayudarle, y habían salido un trecho del lugar, los cristianos entraron por el otro extremo, sin ser notados.
Dieron aviso a los que habían salido, pero cuando quisieron regresar ya no pudieron entrar, pues los cristianos habían tomado el lugar. De esta manera fue tomado Argente, y a los pocos días Visiedo; el conde después que hubo lanzado a la hoguera al rey moro y a su mujer, tomó los carros con las doncellas y sirvientas, y muy alegre regresó a Alfambra. Antes de llegar al lugar, supo que los cristianos de Bueña habían tomado Argente. Entonces el conde se puso de rodillas y dio gracias a Dios. Dijo a todos que tuvieran gran devoción en la oración de San Agustín y en el salmo “Confía en elSeñor”, al que le tenía gran fervor. Todos días lo rezaban con alegría, arrodillados, pues él creía que gracias a esa oración había obtenido la victoria. La cual es como sigue:
Dulcísimo Señor Jesucristo, Dios verdadero, que desde el seno del Padre fuiste enviado al mundo, [para que] te dignaras desatar los pecados, redimir afligidos, liberar a los presos, congregar a los dispersos, volver a su patria a los peregrinos, confortar a los de corazón dolido, sanar a los enfermos, consolar a los tristes, perdonar y confortar a los arrepentidos. Dignate sacarme de la tribulacion y afliccion en que me hallo y librame. Tu Señor que.......... en tanto hombre recibiste la vida............adquiriste el paraíso con tu propia sangre y sellaste la paz entre ángeles y hombres con Dios: tu, pues, Señor, dígnate por tu santa pasión [concederme]la misericordia y [el perdón].


  Escrito en el siglo XIII seguramente por el mismo que escribió la historia de los amantes. Aquí esta traducido. Original en aragonés de la época. Fernando López Rajadel