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domingo, 8 de marzo de 2015

TERUEL Y LOS AMANTES

Del mismo modo que los bancos nos han arruinado haciendo prestidigitación y especulando con el dinero real convirtiéndolo, en su beneficio, en virtual, en muchos casos se está intentando y consiguiendo hacer de algo que en sí mismo carece de solidez, en puntal de la economía como bálsamo de Fierabrás para los bolsillos de unos cuantos. No hay aldea, pueblo -el mío incluido-, villa o ciudad que se precie que no intente explotar eso que parece ser la nueva industria nacional -lo es desde hace muchos años, pero desde otra óptica o enfoque-: el sacrosanto turismo. "Aquí estuvo...." "por aquí pasó...." "aquí ocurrió.....", cualquier cosa es buena y si no, se inventa.

Cerramos minas de hierro y de carbón para convertir su espacio en lugar de peregrinación de "los turistas". Cerramos ferrocarriles para convertirlos en vías verdes "pa'los turistas". Gastamos ingentes cantidades de dinero en mamotretos con el fin de que los hagan rentables "los turistas". Pero no nos damos cuenta de que en esa selva, están los verdaderos rentabilizadores de sentimientos, anhelos, tradiciones o ganas de subsistir sin más. A la miseria a la que nos ha precipitado toda esa chusma político- empresarial se contrapone la lucrativa actividad, cuando no el robo a secas, que para ellos ha significado la ingente cantidad de dinero destinado a esa megalomanía que en el fondo no esconde más que un lucrativo negocio para los tiburones de lo público.

Salvando las distancias, algo de esto ocurre con Los Amantes de Teruel. De una leyenda o historia, qué más da, de la cual lo más antiguo que se conserva es un manuscrito copia de otro anterior perdido, atribuido al notario Yagüe de Salas, han hecho leña innumerables personajes. Por supuesto cada uno de ellos, la lista resulta tonta de tan larga, ha bebido de fuentes fidedignas y dignas de todo crédito, dando su particular enfoque. Así, al malogrado amante, cada cual le asigna el nombre que más le conviene o apetece. Igual al resto de protas, con la salvedad de Isabel, -y no está nada claro-, la única que al parecer se salva de la quema. Aunque la verdad no tiene más que un camino, la diga Agamenón o su porquero.

En el manuscrito de Yagüe de Salas, al protagonista masculino de la historia se le denomina como Juan Martínez de Marcilla. Posteriormente le han adjudicado otro apelativo, Diego, al parecer porque así se llamaba también y quedaría más chic, supongo. O quizá fue por aquello de "donde dije digo, digo  Diego". El señor notario ya flaqueaba, no era fiel reflejando la realidad al parecer; de ser así, no deberíamos creernos el resto de su documento escrito.

Volviendo al turismo, ahora están ordeñando la vaca a tope. Ya para Noviembre despiden a Juan "Diego" cuando este parte en busca de aventuras y fortuna a tierras de moros (más que nada porque entonces había muchos más moros que ahora y además tenían mando en plaza, muchos territorios a su disposición; sin ir más lejos en Argente había un rey moro que, valiéndose de su masculinidad, le mangó la mujer al conde de Alfambra). En Febrero, celebran la pasión y muerte de Juan "Diego" a raíz de la boda de Isabel con, según los "historiadores", varios hombres a la vez, aunque parece ser que el susodicho era Pedro de Azagra. Dentro de poco, celebrarán cada vez que le enviaba una carta, que a pesar de ser mentira se inventa y no se hable más. Todo sea por los benditos turistas.

In illo témpore...


 

 

 

Historia de los amores de Juan Martinez de Marzilla y Ysabel de Segura.

Año mil ducientos y diez y siete. Fue juez de Teruel don

Domingo Zeladas}*. 

He pues decimos de males y guerras, bueno es digamos de amores no fictos, mas verdaderos.
En Teruel era un joven clamado Juan Martinez de Marcilla, de tenor vint dos años. Enamorosse de Sigura, fija de Pedro Sigura. El padre non tenia otra, he era muy rico. Los jovenes se amavan muy mucho, en tanto que vinieron a favla. E dixo el
 {Historia de los amores de Juan Martínez de Marcilla e Isabel de Segura.
Año mil doscientos diecisiete.
Fue juez de Teruel D. Domingo Celadas.} 
Ya que hemos relatado males y guerras, bueno será que hablemos de amor,no falso, sino auténtico.
En Teruel vivía un joven llamado Juan Martínez de Marcilla, que tenía veintidos años. Se enamoró de la hija de Pedro Segura. El padre no tenía otra, y era muy rico. Los jóvenes se amaban mucho, y se hicieron novios. El joven le dijo que dese-
 
 

 

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