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lunes, 15 de enero de 2018

EL DEVORADOR DE LIBROS


En aquella biblioteca semiabandonada coexistían incunables antiguos con volúmenes de un pasado reciente. La desaparición del entusiasta coleccionista a la vez que infatigable lector, condenó al ostracismo y al polvo las estanterías repletas de libros. No era abandono, sino falta de interés el mal que padecían los libros.
Sin embargo uno de los habitantes de aquella inmensa casona, Agapito, comenzó a tomarse con empeño la visita a la biblioteca. No podía acceder a los ejemplares ordenados en las estanterías, pero casi amontonados y en desorden encontraba suficientes para saciar su apetito. Los dedicados a la aventura eran sus favoritos. Tapas flexibles y ligeras y bonitas encuadernaciones con estampas exóticas. Comenzó por devorar las obras de Emilio Salgari. No importaba estuvieran o no traducidas; así los Tigres de Monpracem o Sandokan fueron las primeras. Les siguieron Los Piratas del Caribe y otras obras del mismo autor pero enseguida buscó otros novelistas.
Robinson Crusoe lo devoró con especial apetito. El dibujo de la tapa le llamaba poderosamente la atención y hasta que no hubo dado cuenta del mismo, no abandonó la biblioteca. No era de extrañar que se dejara guiar más por la tipografía y los dibujos. Tiempo tendría de atacar obras de mayor enjundia. Los tres mosqueteros lo transportaron a los duelos de espadachines y con Julio Verne, creyó que sería incapaz de acabar con toda la colección. La isla del tesoro suplió con creces su ansia de aventuras y decidió tomarse unos días de asueto pues tenía un verdadero empacho de libros y literatura. Los libros nos cuentan muchas ocurrencias, pero la mayoría son fantasías que viven personajes creados por la habilidad del escritor y que en la mayoría de los casos viven aventuras que sus creadores gustarían de protagonizar. Los lectores se sumergen en ellos y acaban mimetizándose con los personajes que les son más afines.
Alguien debió pasar por la biblioteca y observó con horror el lamentable estado en que los libros se encontraban y decidió poner manos a la obra en su cuidado. Numerosos libros habían quedado inutilizados por la desidia de sus dueños.
Una semana después Agapito, reinicio las visitas a la biblioteca y percibió que algo había cambiado. El desorden había desaparecido casi por completo y la limpieza había hecho acto de presencia. Tomando en cuenta las novedades, quiso reanudar su actividad con un ejemplar de recias tapas y páginas toscas depositado sobre una mesa. Enseguida se cansó y decidió marcharse. Un ejemplar antiguo de Don Quijote de la Mancha habíale resultado pesado e indigesto. Mañana buscaré otro más asequible.
Cuando Agapito volvió al otro día, nada más entrar a la biblioteca percibió un olor diferente a los  libros rancios y antiguos. ¡Caramba! ¡Si han dejado olvidado un trozo de queso! Presto a dar cumplida respuesta a tan atenta bienvenida, no dudó en cogerlo. Fue el epílogo a su aventura como devorador de libros.

Premiado con un accésit en el III Premio de relatos hotel Montreal de Benicassim

Actualizado. Editado el 7.03.16
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