Amigos del castillo de Peracense

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jueves, 29 de septiembre de 2016

DE BODA EN EL PINAR

La semana pasada fuimos de boda a un pueblo de Guadalajara próximo al nuestro. Esta es la tierra que utilizó doña Finiquito, como la llama el Gran Wyoming, para joder a sus habitantes al tiempo que  Rajao, el mentiras, nos jodía a todos en el resto. Y aquí también. El verano se acabó justo el miércoles y el sábado, hacía un gris que pelaba. 1400 metros de altura, dan bastante de sí.
 
La boda, la ceremonia, la realizaron en medio del pinar. Muy exótico sino hubiera sido por el día desapacible. Luego el aperitivo y la comida o banquete, la hicieron en la puerta y el pabellón del pueblo, respectivamente. La verdad es que, en las bodas actuales, con el aperitivo es más que suficiente; lo coges con ganas y arramplas con todo cuanto te ofrecen. Cuando llegamos tenían las mesas con platos de jamón cortado por un "pofesional", que duraron menos que un caramelo en la puerta de una escuela. Un blanco frío, de Miedes comarca de Calatayud, entraba solico.  Luego los platos fuertes, los pruebas por compromiso, pero no.
 
Hoy en día, en toda boda que se precie, ofrecen paletilla de cordero asada. La cual por si misma sería más que suficiente; pero allí se quedó. Qué abandono. En contra del asado diré que no sé como la hacen, pero no tiene ni punto de comparación con el ternasco o lechal que hago yo en casa. De acuerdo que no es lo mismo por la cantidad, pero no hay color ¿Lo cuecen y después lo doran?
 
Esta moza, la novia, es hija de un primo hermano y no podíamos faltar. Pero me quedé con ganas de regalarle una caja de langostinos cocidos. La hubiéramos armado, seguro. La cosa se remonta al año que me nombraron presidente de la comisión de fiestas y ella también fue "miembra". En los días previos a la comida final de fiestas, estuvo continuamente dándome el coñazo con poner langostinos cocidos en ella. El que quiera langostinos, tiene todo el año para comerlos.
 
Se confabuló con otro mierda de su edad, al cual tengo desde entonces en la lista negra, como a ella, y el día de la comida final de fiestas, a la noche, se fue toda la comisión al bar a darse una panzada de langostinos sin contar conmigo, a mis espaldas. Trabajando como un kabrón todo el año y una cuadrilla de irresponsables gastándose los beneficios  dándose un homenaje. Al otro día todos habían volado, pero dejaron la factura los kabrones.
 
Mi venganza fue ponerlo negro sobre blanco en el libro de Actas de las Comisiones. Desde entonces la tengo en el disparador y me quedé con las ganas de regalarle la caja de langostinos. Seguro que la habríamos armado. Con su padre, sin haberlo hablado nunca, las cosas no fueron lo mismo a partir de entonces; seguro lo habrá leído.
 
Como lo cortés no quita lo valiente, la boda muy bien y la paella que al otro día nos ofrecieron en el pueblo, devolvieron la visita los parientes del novio, también. Si el día anterior me reprimí de beber, aquí cayó una botella de blanco entre otro primo y yo.
 

 


miércoles, 28 de septiembre de 2016

DÍAS DE ZOZOBRA

 
Celestino Gracia estaba compungido. De un tiempo a esta parte parecía que todas las fuerzas negativas del universo se habían confabulado contra él. Su mujer le había pedido el divorcio, -lo único positivo de toda la cascada de catástrofes que le ocurrían-, pero en contrapartida se había quedado con la casa y los hijos. La primera como consecuencia de la segunda. Había perdido el trabajo a resultas de un ERE en su empresa, y del exiguo subsidio que le concedían por ser un despedido sin derecho ni a protestar, -justo castigo por votar a quien no debía-, el juzgado le arrebataba casi todo sin miramientos. Dura Lex, Sed Lex. Nuevo agradecimiento pendiente.

Sin un lugar donde ir, a la noche se dedicaba a rebuscar entre las basuras que depositaban los supermercados en los contenedores. La competencia era dura pues había mas demandantes que género a repartir; a veces llegaban a las manos entre los competidores. Como era de esperar, ya había varias mafias montadas sobre los necesitados. (No cabría decir entre, pues quienes ejercían el control siempre por medio de la violencia, no pasaban ninguna necesidad).

Entabló amistad con algunos "sin papeles" y con otros que teniéndolos habían elegido aquel "hotel". Tenían organizado su campamento bajo el puente del río. La miseria unida jamás será vencida. Mas no cesaba de darle vueltas a la cabeza ¿Cómo he venido a parar a esta situación? Recordó el dicho del sabio que no comía; maldito consuelo. Sorpresas te da la vida. Un día apareció por allí un antiguo conocido, miembro de un sindicato "de los trabajadores".

-Coño, ¿qué te ha pasado?

-Pues supongo que más o menos como a ti. Me negué a firmar el chanchullo del ERE y me expulsaron del sindicato. Lo demás, ya lo conoces.

-Mal momento elegiste para ser honrado.

Como las desgracias nunca vienen solas, el temporal y el deshielo hicieron el resto. Del campamento no quedaron ni las basuras acumuladas. Y los cajeros ya tenían huéspedes fijos. Viendo el agua pasar con furia por el cauce del río, malos pensamientos acudieron a su cabeza. Nadie me va a echar de menos. En esto bajaba un tronco enorme a modo de canoa ambulante y no lo dudó: cuando llegó a su posición, de un salto se abalanzó sobre él y tras unos momentos de lucha, consiguió cabalgarlo. Como el barón de Munchuasen a lomos de la bala de cañón. Izó los brazos en señal de victoria convencido de que su mala suerte, había sido vencida.

martes, 27 de septiembre de 2016

EL SURCO INACABADO (1)


MIS PRIMEROS RECUERDOS.  Arrancan en la casa del frontón, donde mis padres vivían a rento. Toda la vida me ha acompañado la canción “Vuela, vuela, Palomita” que mi padre, violinista autodidacta, me cantaba en esos años. Ahora, he podido ver y escuchar emocionado la versión original, que forma parte de la película mejicana rodada en 1936 titulada “Ora Ponciano”. El frontón junto al aledaño horno del pan, era el centro de reunión para chicos y grandes; los juegos para unos, “centro social” para los otros. Cuando había bodas o subastaban pastos para el ganado, los beneficiados invitaban al resto, en el poyo del horno, a un cántaro de vino que con suerte iba acompañado de abadejo o “civiles” para ayudar a que el vino entrara más fácil o viceversa.
Aunque difuso, aparte los miedos que me hacía la tía Martina y los que mi madre me transmitía sin querer -terrores que con los años mi subconsciente no ha logrado desterrar-, también sea la vuelta de la mili del tío Antonio, al cual salimos a esperar a la carretera con mi madre, de lo primero que quedó grabado en mi mente. Estuvo en Melilla, y en aquellos años, no era una suerte precisamente. De esa época son también el accidente que tuvo mi padre al darse un golpe en la cabeza al pasar bajo un puente cuando iba en el tren, y que a punto estuvo de costarle algo más que una conmoción y unos puntos de sutura. También de una pleuritis o pulmonía que agarró y de unas bolitas de colorines como perdigones que me daba. Ese mismo año, en Diciembre, nació una niña que si bien no significó nada para mí en ese momento, con los años ocuparía el despertar juvenil. Y no puedo evitar recordar el día en que, habiendo estrenado un abrigo, el inefable, omnipresente y cabrito Mateo, me empujo y tiró sobre la rambla poniéndonos a abrigo y a mí, hechos un cristo. Mi desconsuelo por ello, no le ha perdonado aún ese crimen.

El domingo me llevó mi padre, montado en la bicicleta, a visitar a mis tíos y mis primos en La Sierra. (He de decir que llamábamos así al poblado minero que a pie de mina -de hierro- existe en las llamadas Minas de Ojos Negros). Creo me llevó a que me cortara el pelo el tío Justo, su hermano. ¡Ayyyy! a veces corría con la maquinilla más deprisa de lo que les daba a los dedos y me arrancaba los pelos en vez de cortarlos. Estos peluqueros aficionados..... Y luego las cosquillas que no me dejaban parar.

-Estate quieto zagal que sino vas a salir lleno de trasquilones.

Estos primos son mayores que yo. Pero claro, aquí se crían como de capital. No tienen que ir al campo ni nada de nada, solo a escuela y jugar. Esto no es como el pueblo, aquí la cosa va por barrios. Junto a la Estación del tren, desde donde parte el mineral de hierro hacia los Altos Hornos, están la Gerencia y las casas de Manolo que es donde ellos viven. Pero no están juntas, sino separadas. Luego el barrio Centro, donde tienen las Escuelas, la Iglesia y el Casino ¡y cine! Y más cercano a la mina, el Hospital y el cuartel de los civiles, pa que no se lleven el mineral a casa en los bolsillos los mineros. Jajajajajaja, más bien, para zurrirles la badana si piden más salario y mejoras laborales. Lo que más llama mi atención es como se tratan entre sí: el señor Tal y la señora Cual, no como en el pueblo que decimos el tío Tal y la tía Cual. Son muy fisnos.

Y hablando de cortes de pelo, el tío Miguel me peló al cero una vez y se me llenó toda la cabeza de granos. Más que si hubiera pillado el sarampión. No tengo idea cual fue la causa. ¿Alergia? lo más probable, pues la máquina la usaría para pelar a todo quisqui.

In illo témpore, vino en visita pastoral y de confirmación, que es como la llaman, el obispo de la diócesis de Teruel-Albarracín a mi pueblo. Hicieron a la entrada un arco con yedra y flores. Sería primavera. Desde la torre de la iglesia vigilaban para que, en cuanto divisaran al coche, comenzar a bandear las campanas. Estuve en el campanario pero solo de miranda. Para mí, las campanas estaban aún muy verdes y tampoco buscaba estrellas perdidas. En la ceremonia religiosa, nos confirmaron a todos los que por edad éramos susceptibles de recibir ese sacramento. No recuerdo nada de ella ¿quizá la fobetada?
El maestro, nos había tenido a mí y a Quím, -llegado el caso ese sería el orden  de intervención-, aprendiendo una poesía que uno de los dos habría de recitarle en la despedida que le harían. Pero llegado el momento, los dos pardales no aparecían por ningún lado. A nosotros que nos importaba el obispo. Nos habíamos ido a La Roza, encima del Arcillero, a buscar nidos de pajarel en las estepas. Y mira que el maestro había aleccionado a ambos, por si acaso. Pues nos fuimos los dos. Alguien supo donde encontrarnos ya que vinieron dando grandes voces a por nosotros con la bronca consiguiente. De la mentada poesía, solo recuerdo el final:
"Así pues santo prelado
así pues señor obispo,
donde quiera que vayáis
acordaros de estos hijos".
Hube suerte, no fallé ni me encasquillé. Cuando acabé, me dijo que le diera un beso. Y se lo di en la mejilla. Luego he pensado sino debí dárselo ¿en el anillo? Se llamaba el prelado, fray León Villuendas Polo. Obispo de Teruel. Por cierto que el maestro, nos confirmaba a diario, o casi.
Cuando acabé la edad escolar, quedé varado en el pueblo. A veces, cuando el maestro se ausentaba, me dejaba al cargo de los colegiales. Y no dudo en afirmar que acabábamos aquellos años con una cultureta más extensa que la actual. En mi caso fui atrapado de forma que no podía marchar a estudiar, no había dinero y solo había una salida, irse con los curas o los frailes. El mío, fue un pueblo de curas. Tampoco podía ir a trabajar a la ciudad, pues no hubiera ganado ni pa pipas, y en la compañía minera, salida natural de los jóvenes de la zona, no admitían a nadie. Tampoco teníamos tierra para poder subsistir de ella. Mi padre era un jornalero del tren minero,  como mis abuelos y mis tíos.
Tenían un par de mulos -uno cada uno- heredados del abuelo y yo enmedio, criado de ambos (padre y tío). Así que labrador a la fuerza. Sin vocación. De este modo perdí el tiempo hasta que un día, un desgraciado un accidente puso fin -drástico- a esa vida rústica. Habían vendido los mulos heredados, ya viejos, y comprado dos jóvenes. Uno cada uno. El de mi padre, a pesar del poco tiempo que pasamos juntos, un excelente animal.  Que me perdonó la vida.
Un día había ido con el a las Dehesillas. Le até una soga larga para que pudiera apacentar. No sé cómo, comenzó a andar y yo quedé trabado de un pie a la soga que estaba suelta, aún, y atada la otra punta a su ramo o ronzal. ¡Soooooo! ¡Sooooooooo!, no paraba y me tiró al suelo. Ya me había sacado al camino arrastrándome, y yo sin parar de pedirle que se detuviera. ¡Soooooo! Navarro ¡Soooooo! No sé si fueron mis llamadas o el peso de mi cuerpo que le tiraba del morro, al fin se detuvo. Temblando y llorando me solté el pie y lo acaricie para calmarlo. Si se hubiera espantado y echado a correr, me habría matado. Ese día, volví a nacer. Su fin, sin embargo, no estaba lejano. Una mañana, labrando en la cerrada La Balsa, en el mismo paraje, paré junto al ribazo a hacer de vientre. La costumbre de los mulos, en cuanto estaban parados era ir a comer si había donde. Yo, ¡Soooooo! ¡¡¡Quietos!!! En esto que la rueda del rusal le dio en las patas al mulo de mi tío. Comenzaron a andar. Como iba yo a pensar lo que estaba a punto de ocurrir. A lo que quise reaccionar, pues me pillaron con los pantalones abajo, ya no pude alcanzarlos. El mulo tirando coces y el otro, también corría. Salieron por la portera y enfilaron cara al pueblo por el camino y yo corriendo y llorando detrás sin posibilidad alguna de alcanzarlos.
Justo a la entrada del pueblo, se habían parado (y menos mal que no encontraron a nadie por el camino). Me acerqué a calmarlos y soltar el rusal. Al andar el mulo de mi padre, observé algo raro. Cojeaba. Miré sus patas traseras y contemplé horrorizado como una de ellas estaba seccionada por encima del casco. Le había cortado el tendón. Los mulos, en su loca y desenfrenada carrera, llevaban tras de sí el rusal, un apero de labranza con una teja afilada por el desgaste que servía para voltear la tierra. Cruzaron por encima de un montón grande de estiércol en el cual la rueda del apero se clavó y este dio la vuelta de campana brusca hacia adelante, pillándole la pata al mulo de mi padre y seccionándole el tendón. Y menos mal que no fue el de mi tío....
Para mí, fue un trauma tremendo, casi amnésico pues apenas me viene a la mente aunque lo recuerdo perfectamente. Avisaron a mi padre, el cual creyó que el herido era yo. El mulo, tuvo que venderlo porque quedó inútil para el trabajo. Así fue como, tras tan desgraciado accidente, finalizó mi vida como labrador pobre. Mi madre no quería perderme, pero los hechos la convencieron. No volvieron a comprar otro, y yo, inicié una nueva singladura. Pobre consuelo el mío. El animal entregó su vida, para que se iniciara la mía.
Yo, tenía 16 años.
La presente nota informa que sobre la obra y/o prestación titulada "EL SURCO INACABADO", registrada el 16-oct-2011 17:40 UTC con código 1110160311256,
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sábado, 24 de septiembre de 2016

LA ABUELA y 2

(Continúa Cristina Fernández Cubas)
Exhumar : Desenterrar. Sacar de la tierra algo que está escondido, particularmente restos humanos”.

Entendí que, una vez más, la abuela iba a salirse con la suya y que su muerte no era una muerte de verdad, aquella “muerte del todo” con la que yo ingenuamente había soñado. Y fue como si la pudiera ver en aquel mismo instante dentro de la tumba. No estaba enterrada, sólo escondida. Con la cabeza entre las rodillas, aguantando la risa, esperando el momento de volver, darnos el susto y seguir fastidiándonos el resto de su vida. Porque eso sí lo hacía bien. Fastidiar. Y sorprendernos. Nunca dejaba de sorprendernos. Ni de asustarnos, lo cual era muchísimo peor. El susto empezaba en la cabeza e iba bajando muy despacio hasta llegar a los pies y dejarte tieso sobre el suelo, sin poder moverte, como si de repente te hubieras vuelto paralítico. Algo demasiado parecido a lo que ahora me sucedía a mí. No podía moverme, ni siquiera respirar, únicamente mirar espantado la manchita roja que acaba de descubrir entre la palabra restos y la palabra humanos… Y no era sangre. Si hubiera sido sangre –una simple gotita de sangre— no me habría quedado inmóvil como una estatua y muerto de miedo. Pero no era sangre, sino esmalte. O laca. O como quiera que se llame ese líquido pegajoso que la abuela coleccionaba en botellitas idénticas y guardaba en su tocador junto a limas, tijeritas y palillos de madera de todos los tamaños. Aquello era un aviso, un mensaje, una forma de decirme: “Sabía que vendrías, descastado”. Y encima, para que no quedara la menor duda, la abuela se había esmerado en dejar su firma. Un trocito de uña. Un repugnante trocito de uña teñido de rojo y dejado allí, al descuido, unas líneas más abajo, como si hacerse la manicura sobre un diccionario abierto fuera la cosa más natural del mundo. Cerré el tomo de golpe. Aquello me daba más asco aún que imaginar a la abuela con la lencería que, según decían, le gustaba usar. O, peor aún, sin ella. Tal y como (también según decían) la habían enterrado.

Ahora ya no podía engañarme. La abuela sabía. Ignoraba cómo lo había adivinado, pero tenía aún muy presente el día en que se puso enferma y mamá me dijo: “Reza por ella, hijo. A los niños les hacen mucho caso en el cielo”. Y ¡vaya si me hicieron caso! Le pedí a Dios, a la Virgen y a los santos que se la llevaran cuanto antes. Una muerte de verdad. Una “muerte del todo”. Con sus joyas, sus vestidos, sus ganas de fastidiar y sus largas uñas de bruja pintadas de rojo. Pero de pronto resultaba que nada era verdad y la abuela volvía. O, a lo peor, ni siquiera hacía falta que volviera porque nunca se fue. Lo entendí de golpe. Con la misma brusquedad con la que había cerrado hacía un momento el diccionario. ¿No era sorprendente que el abuelo hubiera recuperado de un día para otro sus facultades? ¿Que nos reconociera a todos? ¿Que abandonara su estado vegetal y no dejara de impartir órdenes y contraordenes? Y la respuesta no podía ser más sencilla. El espíritu de la abuela hablaba por su boca. Ella estaba allí, dentro de su mente. Liando, enmarañando, confundiendo. Por eso tejía esa asombrosa historia de prendas provocativas y exigía, además, que la sacáramos de la tumba. ¡Genio y figura! ¿Y quién me aseguraba que no había sido el abuelo el autor material de lo que acababa de descubrir junto a la entrada “exhumar” de nuestro diccionario?

Volví a rezar. Pedí a Dios, a la Virgen y a los santos que se llevaran al abuelo. Tenía claro que estaba matando dos pájaros de un tiro… Y me sentía feliz. Muy feliz.

(Lo cierra Felipe Benítez Reyes)
Inesperadamente, todas aquellas deidades decidieron atender mis plegarias malévolas y el abuelo murió a los cuatro meses y pico del entierro de la abuela. Durante ese tiempo, aparte de su repentino afán ordenancista, alardeó a lo grande de su razón recuperada, como si se le hubiera encendido un foco en el pensamiento, hasta el punto de que, a falta de enseres domésticos que inventariar, se dedicó a hacer un catálogo de todas las ideas que se le pasaban por la cabeza, que no eran pocas ni previsibles: “Si el mundo se detuviera durante cinco segundos, todas las pamplinas de Einstein quedarían como lo que son: pamplinas”, y cosas de ese estilo y fundamento, contento de haberse sacudido aquellas neblinas que le ofuscaron en vida de la abuela, o al menos de haberlas sustituido por otras. “Cuando vengan los extraterrestres, a ver cómo reacciona la compañía eléctrica”, y así, sacando punta a todo y anotando sus ocurrencias en una libreta, convertido en el evangelista de sí mismo. Es posible, no sé, que el abuelo muriese de eso: de un empacho de lucidez divagatoria, ya que la muerte se vale de cualquier cosa para ir haciendo limpieza de excedentes.

Muertos mis dos abuelos maternos, mi madre heredó la ruina de ambos. Mi padre le sugirió que renunciase a la herencia, pero ella se empeñó en sacar algún provecho del desastre con la ayuda de un abogado que tenía toda la pinta de un sepulturero y un bigote canoso amarilleado por la nicotina. “Ese abogado es un sinvergüenza y va a meterte en un lío”, le avisaba mi padre con la autoridad de los curtidos en el mundo de las trapisondas legales, ya que él era fiscal.

Mi madre consiguió vender la casa de los abuelos, aunque, entre cosa y cosa, incluidos los honorarios del abogado fúnebre, no vio de aquello ni una peseta, y no estoy seguro de que al final, tras saldar deudas y pagar impuestos, la operación no le saliese por un pico, como le achacó mi padre en más de una sobremesa en la que yo hubiese querido que el plato me tragase, ya que siempre me desconsoló la violencia civilizada que se regalaban entre ellos.

“Tenemos que desmontar la casa antes de entregarla”, dispuso mi madre. La mayor parte de las joyas y de los cacharros de plata había volado hacía mucho. Mi madre se empeñó en llevarse algunos muebles un tanto desportillados y de traza barroca que horrorizaban a mi padre, que por aquel entonces tiraba más a las decoraciones racionalistas, así como algunos cuadros con un rebujo de aves exóticas de las Américas y otros con bandoleros gallardos de la serranía de Ronda, de donde era natural el abuelo. Un par de vajillas, algunos jarrones chinos. Y poco más.

Toda la ropa interior de la abuela se despidió del mundo, junto a la mayor parte de las prendas de su sacrificado esposo, en la fogata que mi padre hizo, dentro de un bidón, en el patinillo. En aquel humo ascendía simbólicamente al infinito, fundidos en una sola entidad abstracta, el espíritu conyugal de ambos, que en vida se esquivaron cuanto pudieron, aunque se condenaron a vivir en una interferencia continua.

Mientras mi padre quemaba cosas y mi madre indicaba a los de la empresa de mudanzas que tuviesen cuidado de no rayar los muebles, me di un paseo de despedida por la casa desmantelada.

De repente, al pasar por delante del “lugar de la escucha”, percibí una presencia anómala: algo así como la respiración agónica de una oscuridad invisible (¿?). Un frío repentino me recorrió la espalda y las manos empezaron a sudarme. Me quedé paralizado frente a aquel hueco en el que mi abuelo tuvo el antojo esotérico de localizar el alma de la casa. Cerré los ojos. Noté que algo me envolvía. Oí un susurro en mi nuca: “Nunca dije que me enterrasen sin bragas. Que lo sepas. Esto no va a quedar así ni mucho menos”. En aquel instante, un golpe de viento llevó hasta mí, por la ventana abierta de la cocina, el olor a humo de la fogata. “Y otra cosa, jovencito: la muerte no cambia absolutamente nada, ¿me entiendes? El que manda en este teatrillo sigue siendo el demonio”.

Yo tenía once años y una idea confusa del significado del verbo exhumar: un verbo con uñas rojas. Yo tenía 11 años y creía en fantasmas. Hoy tengo 58 y creo en muy pocas cosas. Imagino que aquello fue una sugestión infantil, porque no me parece lógico pensar que los fantasmas se limitan a manifestarse a los niños y a despreciar indiscriminadamente a los adultos.

No puedo creer, ya digo, en fantasmas, pero –qué mala suerte— no tengo más remedio que creer en mi abuela: el pánico que sentí ante su manifestación ultramundana me duró al menos cuatro años, con sus días y —sobre todo— con sus noches.

Por lo demás, cuando murió mi madre, me aseguré de que fuese al tanatorio completamente vestida. Por si acaso.


*Santiago Roncagliolo es escritor y periodista. Su último libro publicado es
La noche de los alfileres (Alfaguara, 2016).

*Juan José Millás es escritor y periodista. Su último libro es
Desde la sombra (Seix Barral, 2016).

*Cristina Fernández Cubas es escritora y periodista. Su último libro es
La habitación de Nona (Tusquets, 2015).

*Felipe Benítez Reyes es escritor. Su último libro es
El azar y viceversa (Destino, 2016). 




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viernes, 23 de septiembre de 2016

LA DÉCADA PRODIGIOSA

Cumplimos diez años como notario y testificante. Cuantas cosas han pasado desde que comenzamos esta singladura en común; tú guardabas todas mis vivencias y paridas y yo te daba vida y alimentaba con ellas. Otros te precedieron pero los servidores se comportaron como unos cochinos. Historias y leyendas o Desde mi Atalaya fueron testigos de aventuras que resultaron fallidas. Siempre la misma canción; somos los clínex de usar y tirar. Si les interesa nos acogen, de lo contrario, nos expulsan o cierran. En el fondo con Terra, los usuarios de sus blogs fuimos quienes menos perdimos; los accionistas, perdimos mucho más. La delincuencia empresarial y financiera, lleva muchos años cometiendo crímenes impunemente.

El imperio de Prisa no tuvo mejor comportamiento. Ese facineroso llamado Cebrián, ha hundido un barco que era orgullo de lectores y accionistas. El País. Otrora faro y guía de personas y mentes de izquierda y en todo caso luchadores contra el fascismo y el franquismo, ha caído tan bajo, que hoy lo lee sin rubor ni inmutarse la ultraderecha heredera de ambos en tanto lo han reprobado la mayoría de sus antiguos lectores. La cadena SER, que en la noche del 23 F nos mantuvo informados, o al menos esa impresión dio, hoy ha dejado de ser el faro que iluminaba la radio española. Ese nefasto individuo, ha corrompido toda la empresa de tal forma, que más bien parece la radio y prensa del movimiento, que en los infiernos se consuma.

En La Comunidad de El País, hallé muy buenos compañeros bloggers. Nynaeve, una chica madrileña que tenía un grave problema de salud pero era una luchadora incansable contra este régimen corrupto. Bitácora Clandestina, un barcelonés con una imaginación desbordada, el cual en un post "mataba" a un niño porque un buitre le robó las sandalias y lo arrojó desde las alturas; yo en un post posterior, lo salvé. Una poetisa mejicana ¿Majicor? cuyo nombre no recuerdo, un ángel de las letras. Tierrafacio, un tío que paría sonetos con una facilidad pasmosa..... Todo aquello se fue al carajo por las presiones de ese impresentable; uno tras otro abandonamos La Comunidad.

En Terra la experiencia fue más explosiva pues, aparte del blog, había un chat en el cual podías interactuar con otras personas. Allí se producía de todo: conversaciones normales, anormales y paranormales. Pero la ambición de Alierta y otros chorizos, nos jodió el invento y nos dejó al pairo. Casi todos los post que escribí en ambos blogs se perdieron, excepto algunos que todavía conservo y que como en la empresa primera que trabajé, solo a la hora de la jubilación aprecié que me dieran de alta en la SS desde el primer día. Así me congratulo de conservarlos.

Si este blog lo hubiera escrito algún articulista de los dominicales con Patente de Corso, habría salido un libro que se vendería como rosquillas. Y a pesar de ello ¡¡Vamos a por otros diez!!
Capitán TruenoWarriorV. Cuentos y leyendas. Terra
Gallo Kiriko Villares. Desde mi atalaya. El País


jueves, 22 de septiembre de 2016

EN AQUEL MOMENTO, PARECÍA UNA BUENA IDEA

No escarmiento. He vuelto a las andadas. Acabo de revisar los concursos y certámenes literarios publicados en escritores.org.  Más que nada, hago una recapitulación de la fábula de la zorra y las uvas.

He enviado muchos "trabajos" a concursos varios, de casi todos los pelajes. Solo tuve éxito con el microrrelato enviado a la cadena SER. Lo que no puedes esperar de tu participación, es que alguien se tome la libertad de hacer suyo el relato enviado y sacar dinero con él. Reconozco que tengo mis reservas y aversión a que esto pueda ocurrir; siempre hay desaprensivos que se aprovechan del trabajo de los demás. Tengo las pruebas.

Bueno, en las convocatorias pendientes para los próximos meses hay de todo. El cementerio de Torrero, en Zaragoza, convoca uno de inscripciones en las lápidas. Otro de un Tanatorio, pide relatos truculentos sobre el tema. Otro convoca un concurso sobre las abejas y otro, ¡¡coño, lo dejo por si alguien se siente con fuerzas!! XXI PREMIO PRIMAVERA DE NOVELA 2017 (España) Concurso por email
(20:12:2016 / novela / 100.000 euros / Abierto a: sin restricciones por nacionalidad o residencia, con un premio de 100.000 euracos. En fin, que hay de todo como en botica.

 A pesar de los golpes bajos y las zancadillas que quizá nos hagan besar el suelo, hemos de sobreponernos a los vaivenes de la mar embravecida y la chusma literaria; no seremos académicos de la lengua ni falta que nos hace a estas alturas, aunque sí bastante más honestos que algunos de ellos que se hacen llamar escritores, incluido el Nobel, que se han demostrado plagiadores de trabajos ajenos. Tuve un jefe de respetuoso y amable recuerdo -cosa difícil entre los jefes- que lo mejor que decía de mí cuando me recomendó para un puesto de más responsabilidad era que llamaba a las cosas por su nombre: "al pan, pan y al vino, vino".

Por ello hagamos bueno el titular de esta entrada perteneciente a la cabecera del blog de Ignacio Escolar, director de eldiario.es, y no nos conformemos con que fue un momento, que todos los momentos estén llenos de buenas ideas (aunque sean malas).


miércoles, 21 de septiembre de 2016

SE VA HACIENDO LUZ

Del mismo modo que Machado nos indicaba en su poema que se hace camino al andar, hoy puedo afirmar lo mismo respecto al disgusto que me produjo averiguar que mi relato/leyenda sobre ALBA & IBN SAHIM, se lo habían apropiado gentes extrañas e iba dando lecturas en otros libros. Consultado un abogado experto en el tema, vamos a comenzar la reconquista de algo que nunca debió ser pirateado y que deja en su lugar a los listos que se creen impunes y consideran a los demás florecillas que se pisotean sin pudor.

He averiguado muchas cosas que desconocía.Resultado de imagen de cedro

lunes, 19 de septiembre de 2016

SAN GINÉS

Por si no teníamos bastante leyenda con el castillo, hoy nos recrearemos con la de san Ginés. Fue un santo al que un emperador romano, déspota y sanguinario, Diocleciano, mandó decapitar por negarse a cumplir sus caprichos, como no podía ser menos. No sé cuando ni como este santo vino a ocupar el cerro más alto de la Sierra Menera. Su ermita está rodeada de restos pasados de edificios lo cual hace pensar que pudo existir una ermita más antigua y algún tipo de población en épocas lejanas. El cerro está coronado por un torreón con unas paredes de más de dos metros de grosor. Por su privilegiada posición controlando cientos de kilómetros a la redonda, no cabe duda que fueron los ojos del castillo quienes aquí moraban, que a pesar de su posición no dominaba tanto territorio.

Es un cerro que por su posición orográfica sirve de triador de las tormentas, ello perjudica notablemente al pueblo de Peracense, al que deja en seco la mayoría de las veces. Y es aquí donde surge la leyenda. Hay en Celadas, un pueblo de la sierra Palomera en la margen derecha del río Jiloca, una santa llamada Quiteria que según las malas lenguas se negó a ser novia de san Ginés. Y éste en venganza, le envía las tormentas veraniegas con pedrisco de tal forma que raro es el año que su término se libra de pedregadas. Reparto que también alcanza a la vecina Alfambra, quizá por celos de alguna otra santa. Y es que, no todo el monte es orégano.

jueves, 15 de septiembre de 2016

AVISO A NAVEGANTES

AQUÍ MANDO YO, PARA ESO SOY EL DUEÑO DEL BLOG. CUANTO CONTIENE, ME

PERTENECE

miércoles, 14 de septiembre de 2016

CORSARIOS, NO


Ley Orgánica 10/1995, de 23 de noviembre, del Código Penal.

Artículo 270


No he de callar por más que con el dedo,

Ya tocando la boca o ya la frente,

Silencio avises o amenaces miedo.

DICEN QUE SE COGE ANTES AL MENTIROSO QUE AL COJO.

Y no tolero amenazas. Habéis demostrado ser unos embusteros que teníais y tenéis controlado totalmente el blog. Arrieros somos y en el camino nos encontraremos, matón.

martes, 13 de septiembre de 2016

IDA Y VUELTA


Respuesta

Señor Don Roque Ruibarbo
Gobernador de la Ínsula Baratería

Mire usted:

Cualquier persona ajena al tema, hallaría coincidencias más que evidentes. Por:

a)      Que en “su leyenda” algunos protagonistas tengan nombres diferentes, se cae de cajón. Pero en vez de ALBA ¿por qué no la llamaron Fátima? Ustedes “creen” que Alba no era hija de Aben Racín. Naturalmente que no, es hija de mi imaginación. ¿No quedamos en que es una leyenda? Por otra parte, ¿cómo sabe usted que “mi ALBA” era hija de Aben Racín si yo no lo menciono en el escrito a su editor? ¿Cómo ha llegado a sus manos?, conoce mi escrito y en el basaron el suyo.

b)     Esta aseveración quedó ayer tarde al descubierto como falsa cuando alguien que dice ser su socio, por su nombre, me insultó, coaccionó y amenazó en mi blog, en mi propia casa. Tengo la seguridad absoluta de que el dominio sobre mi blog, va más allá de la simple visita pues un borrador no se publica por sí solo. Alguna cosa que ayer escribí, quedará obsoleta al demostrarse las visitas e irrupciones en mi blog. Un blog que se desconoce, no se localiza por ningún buscador, no sabes lo que buscas.

c)      Otra aseveración falsa mientras no se demuestre lo contrario. Lo de que está en mi blog ¿lo dice por conocimiento o porque yo lo indico a su editor? No puede estar en ningún libro porque yo no le he publicado ni he dado permiso para hacerlo ¿o acaso alguien con anterioridad, utilizando los mismos canales ya plagió y fusiló mi escrito? Ilústreme y le daré la razón. Si Aragón Radio hizo una dramatización de la misma, ésta fue también “ilegal” y plagiada de mi escrito. Es una falsedad absoluta su afirmación de que la leyenda ya circulaba con anterioridad. ¿Acaso sabe cuándo yo escribí el relato? Nunca un hijo precedió a su padre.

Mire usted, procedo de una familia con raigambre secular en el pueblo y creo que sobre el tema puedo opinar con más derecho e incluso autoridad sobre el asunto que cualquier forano. JAMÁS NADIE ni familiar ni ajeno, podrá dar fe de la leyenda de la princesa ALBA porque es fruto y producto de mi imaginación, nacida para un concurso literario y que en el pueblo, nadie conoce. En el Castillo de Peracense jamás ninguno ha relatado un suceso parecido en el pueblo, leyenda o verdad, pábulo o mentira, porque no es ni historia ni leyenda, solo un escrito basado en una hipotética realidad. Me crié entre sus murallas semiderruidas y aunque yo nunca podré engañarme, de verdad me gustaría que fuera cierta la leyenda.

d)   Lo que usted apunta no lo comparto. Nadie puede opinar y escribir sobre algo que nunca ha existido, desde la documentación oral o escrita. Si usted basa esa afirmación en que el preámbulo de mi relato tiene un contexto diferente y que el relato en sí está entrecomillado, mecá, algo falla aquí. El entrecomillado es un recurso para la mentira, cosa que usted debiera saber mejor que yo. Es la forma de hacer creíble algo que no existe; como si fuera un relato procedente del Mester de Juglaría y transmitido a las diversas generaciones. Algo así como el Lazarillo de Tormes, que también es apócrifo. Su afirmación sobre los Amantes de Teruel es un desatino, no viene a cuento porque jamás osaría atreverme a tal descaro, aunque haya gente pa tó.

e)      No pretendo ser infalible, baso mis apreciaciones, justas o erróneas, en lo que percibo y hasta de ahora, no hallo motivos para retractarme sino todo lo contrario.

f)        No censuro su obra porque cada cual debe ser dueño y esclavo de sus actos. Tampoco tengo escritos o libros publicados ni falta que me hace. Me conformo con plasmar en mi modesto blog los recuerdos de infancia y juventud, participar en concursos literarios con el resultado que nos ocupa. Nada que no se cure con la edad.

Pero convendrá conmigo en que no resulta agradable enterarse de la forma que yo lo hice de que una historia, que había escrito hace años para un certamen literario, camina autónoma por el mundo. Ver y oír a un señor, al que desconoces, relatando párrafos de tu leyenda/relato como si fueran suyos, te hace exclamar como mínimo: ¡Coño, este tío está hablando sobre lo que escribí en mi relato! (Dicho de forma suave)

Y le diré más, todo lo anterior resulta inocuo pues al final de su intervención lo clavó: “Aún hoy, cuando llueve, las aguas bajan rojas del castillo”. Solo le faltó añadir: “Y en Los Casares, a veces, reverbera el desgarrado grito de la princesa al lanzarse al vacío…Cristalino.

Mi opinión, quedó clara ayer mañana y ahora. Me ratifico en que ustedes voluntariamente o por error, quizá inducido, basaron su escrito en mi relato, por una razón muy simple: JAMÁS EXISTIÓ EN EL CASTILLO DE PERACENSE, UNA LEYENDA DE PRINCESAS MORAS NI OTRAS CUESTIONES PARECIDAS. Hay otras, como todo castillo que se precie, pero esa ya es otra historia. No puedo creerme que haya bibliografía sobre el asunto y mucho menos anterior a mí relato. O posterior salvo que se base en él.

Mi maestro decía que, en el fondo de la cisterna, estaba el alfanje del moro Muza. Otra fábula legendaria que quedó en nada cuando al vaciar y limpiar el aljibe, no apareció el alfanje. Pero a él le divirtió en su momento y a sus alumnos, ya adultos, más, cuando de allí no emergió nada. Ahora parece ser que yace la verdad. Y no tengo nada más que añadir.

Salu2

Julio Ruipérez
Alcayde del Torreón
912104840 --------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Carta recibida

Sr. Don Julio Ruipérez

"Historias y leyendas de los castillos de Aragón".

He recibido de mi editor su correo en el que nos habla del relato del

castillo de Peracense y sobre este tema debo manifestarle:

a)Si usted lee nuestro libro verá que la leyenda que Vd. alude y la que

nosotros narramos son bastante distintas. Comenzando con que la

protagonista dice Vd. es hija de Aben Razin, lo que creemos no es

cierto.

b) Ni conocíamos su blog, ni su texto sobre la leyenda, ni nadie de la

comarca del Jiloca nos ha pasado nada.

c) Su leyenda aparece en otras fuentes además de en su blog, incluido

libros, tal como aparece en la bibliografía de nuestro libro. Hasta en

Aragón Radio hace años realizaron una dramatización sobre la misma.

Antes de que Vd. escribiera ese texto la leyenda ya circulaba por

diversas fuentes, según hemos podido comprobar.

d) Las leyendas son universales. Vd. puede tener la propiedad

intelectual de la historia que ha escrito basada en esa leyenda y puede

protegerla y registrarla, pero nunca de la leyenda que por tradición

oral y en textos ha corrido de boca en boca. Es como si alguien quisiera

tener la propiedad y el registro de la leyenda de los amantes de Teruel.

e) Toda la serie de adjetivos que emplea descalificándonos creo que no

son justos: "poco honesta", "dicen poco a favor de ambos"

e) Llevamos más de treinta años escribiendo y publicando. Tenemos

escritos 35 libros y nunca nos había ocurrido esto. Creo que aquí existe

un malentendido y me gustaría, de buena voluntad, aclararlo hablando con
Vd.

Roque Ruibarbo
Gobernador de la Ínsula Baratería
629771150

lunes, 12 de septiembre de 2016

domingo, 11 de septiembre de 2016

PLAGIO DESCARADO. ALBA

No se como ni por donde empezar. El jueves noche estaba viendo Aragón TV y el programa versaba sobre un ranking de castillos de Aragón. La curiosidad pudo más y me dije: a ver si sale el castillo de mi pueblo. Y sí, salió. En el número dos tras el castillo de Loarre.  Cual no sería mi sorpresa cuando sale un fulano, presunto escritor, sacando a colación la leyenda que sobre la princesa mora Alba, hija del rey moro de Albarracín, escribí hace años.

Hostias, este alacrán se ha apropiado de mi relato. ¿Cómo ha llegado a sus manos? Solo cabe una posibilidad: a través de mi participación en un concurso de relatos, de Monreal del Campo al cual lo envié hace años. O a través del blog; en cualquier caso, el bribón lo ha hecho suyo y junto con otro fulano, ha escrito un libro de leyendas de los castillos de Aragón en el cual debe estar incluido. Y se va a lucrar con ello aparte de las palmaditas en la espalda que se va a llevar "porque tú lo vales"

En su momento, se me pasó por la cabeza editar el relato con dibujos de JR. Descabellado ya lo sé, pero no para estos sinvergüenzas que ilustran el relato con dibujos según vi en TV. Para que veas Javier, se cumple aquello de que si alguien no quiere una cosa, otro la está deseando.

Ahora que la asociación de amigos del castillo va a editar una revista y me piden que les envíe un relato ¿Qué mejor que este? Incluso había pensado que la asociación lo editara y obtuviera algún beneficio de él. Yo lo tengo registrado en una web de derechos de autor y escrito aquí en 2010 aunque su gestación es anterior. No se que camino tomar o si mandar a la mierda al borde del camino. Ya se como se llama el fulano pues en el capitulo 52 de Los Imperdibles, Aragón TV, televisión a la carta, se puede ver. http://alacarta.aragontelevision.es/programas/los-imperdibles/

Siempre pensé que internet era un vivero de ideas e historias para que gentes sin escrúpulos ni capacidad se apropiaran del esfuerzo de los que con ilusión y tesón  participan en concursos, blogs y cualquier otra forma de expresión. Hoy, por desgracia, puedo certificar que estaba en lo cierto. Ahora solo me resta encontrar la forma de luchar contra este indeseable

Si eres de los retardados y vienes con mala fe¡¡VETE A TOMAR POR CULO, KABRÓN!!




sábado, 10 de septiembre de 2016

LA ABUELA. Comparación


(Comienza Santiago Roncagliolo)

Hay muertos que se niegan a morirse, como si justo antes de llegar al cielo -o al infierno, o a donde vayan los muertos- les diese por remolonear en el camino, por entender mal las señales de tráfico, y finalmente, después de horas perdidos entre carreteras, por tomar el camino de regreso. A la gente indisciplinada no se le debería confiar nada, y menos algo tan serio como su deceso, pero ya sabemos que Dios le da pan al que no tiene dientes, y por eso mismo, también jubila al que no sabe ni dónde cobrar la pensión.

Mi abuela fue uno de esos muertos irresponsables. Aunque nadie lo habría dicho. El día que la enterramos se veía muy formal, vestida con su traje de terciopelo negro, con el pelo tan blanco que parecía teñido de plata, y maquillada con el mismo cuidado que ponía para las bodas y bautizos de la alta sociedad que tanto le gustaban. Había escogido ella misma un cementerio carísimo, para no pasarse la eternidad rodeada de muertos de hambre y gente sin apellidos. Con tantos cuidados y precauciones por su parte, sus deudos y parientes pensamos que lo tenía todo controlado.


Y sin embargo, al entierro solo asistimos los cuatro miembros de la familia. Al parecer la abuela, tan amiga de ágapes y cócteles de sociedad, había organizado su última despedida sin pompa ni circunstancia, como un evento más de nuestra rutina doméstica, un desayuno o una merienda. Ni siquiera se habían presentado sus mucamas ni su abogado. Y eso que, como sabía incluso yo a mis 11 años, la gente que más apreciaba a la abuela era la que cobraba regularmente de ella sin tener que aguantar su prepotencia y su mal humor. Sus familiares también vivíamos de su dinero, es verdad, pero los rigores de su compañía, su sarcasmo y su desprecio, convertían nuestra manutención en el mediocre salario por un trabajo duro.

De vuelta en casa, nuevas señales fueron revelando que la abuela, en realidad, no tenía pensado marcharse. Había organizado ese funeral porque un cuerpo muerto se estropea, y su vanidad le impedía andar maloliente por la casa. Pero no iba a privarse de seguir recibiendo en casa. No perdería su lugar como la socialité más cotizada de la ciudad. Se había pasado la vida labrándose una posición, y no sacrificaría todo eso por un detalle tan vulgar como estar pudriéndose en un cajón a dos metros bajo tierra.

Comencé a comprenderlo esa misma tarde, al pasar frente a la habitación del abuelo. A fuerza de aguantar a su mujer durante seis décadas, el abuelo llevaba un buen tiempo viviendo tras una neblina mental, incapaz de recordar nuestros nombres o de saber dónde vivía. Aún así, esa tarde mostró una gran seguridad al salir a mi encuentro y gritarme:
-¡Dile a tu abuela que si quiere hablar conmigo tendrá que venir a buscarme!
-Abuelo, la abuela está muerta. La enterramos esta mañana.
-¡Díselo de todos modos!
Y se encerró dando un portazo.
Seguí mi camino hacia la cocina, en busca de una magdalena, y al pasar junto al salón, escuche a mis padres hablando:

-Del patrimonio, no quedan más que deudas -decía mi padre-. Lo siento, cariño, pero tu herencia es un gran agujero fiscal.
-Si es que mi madre lo hace todo para molestar -respondía mi madre-. Hasta morirse.
Entendí que la abuela había empleado un truco maestro: al morirse, se ahorraba la pestilencia y transfería sus deudas, pero mantenía su brillo social y su pasatiempo favorito, que era torturar al abuelo. Y todo con un costo mínimo.
Admiré su inteligencia, pero también sentí miedo. Mucho miedo. Porque si alguien en nuestra casa tenía razones para querer a la abuela muerta -muerta de verdad, digo, muerta del todo, sin dudas ni murmuraciones- ese era precisamente yo.

(Continúa Juan José Millás)

Enterramos a la abuela sin bragas. Vestida de arriba abajo, y de punta en blanco, como ha quedado dicho, pero con el sexo al descubierto. Yo me enteré por una discusión que mantuvieron el abuelo y mi madre siete u ocho días después del funeral. La voces, procedentes del salón, fueron subiendo de tono, de modo que abandoné sigilosamente mi dormitorio, avancé como una sombra por el pasillo, y ocupé el “lugar de la escucha” (así lo llamaría años después en mis sesiones de terapia analítica). Situado entre la cocina y el salón, el “lugar de la escucha” era un raro hueco arquitectónico utilizado en su día para guardar el cubo de fregar y otros objetos de limpieza. En un momento dado, mi abuelo dispuso que permaneciera vacío al descubrir -eso fue al menos lo que dijo- que allí reposaba el alma de la casa (el almario, lo llamaba él). Sobra decir que el padre de mamá era animista, lo que me llevó a creer que en cada objeto, por miserable que fuera, alentaba un espíritu. El espíritu de la cuchara, del tenedor, de la tostadora, incluso el espíritu de la taza del váter. Por qué llegó a la conclusión de que el alma de la casa se encontraba en aquel agujero, y no en cualquier otro sitio, constituye un misterio que se llevaría a la tumba.

Me oculté allí, decía, compartiendo el escaso espacio con el principio vital de la vivienda, y escuché decir al abuelo que había revisado el cajón de la ropa interior de su mujer y que no faltaba ninguna braga.
-¿Por qué se la ha enterrado sin bragas? –gritó
-¡Porque fue una de sus últimas voluntades! -respondió mi madre fuera de sí.
El abuelo empleaba sus momentos de lucidez, cada vez más raros, en hacer un inventario de todo lo que había dentro de la casa. Lo veías allí, en las profundidades del sillón de orejas, medio deglutido por el mueble, con la mirada perdida dentro de sí, cuando se levantaba de repente urgido por la necesidad imperiosa de contar los interruptores de la vivienda para comprobar que no faltaba ninguno. La electricidad era una de sus obsesiones. Yo heredé su manía, la de inventariar continuamente las cosas para comprobar que al mundo no le falta nada. Por cierto, que en el fondo del “lugar de la escucha” había un interruptor en desuso que en su día alimentó una bombilla de 40 vatios fundida desde hacía siglos.

Pues bien, había inventariado la ropa interior de su mujer y resultó que no faltaba ninguna braga, de donde dedujo que había sido enterrada sin esa prenda.

Piénsese en la relación enfermiza de un crío de 11 años con el universo de la lencería. Yo conocía perfectamente las bragas de mamá porque me gustaba hurgar en aquel cajón repleto de aderezos sutiles. Las manoseaba, las olía, en alguna ocasión llegué a ponérmelas… Nunca, sin embargo, se me pasó por la cabeza la idea de hundir mis manos entre la ropa interior de la abuela. Observado con perspectiva, supongo que me habría parecido un trabajo arqueológico. Pero estaba equivocado. Según deduje de la discusión entre mamá y su padre, la abuela usó hasta el final una lencería enormemente provocativa, llena de calados y transparencias. Mi confusión fue enorme. Pero creció al tratar de imaginar por qué una de las últimas voluntades de aquella mujer había sido la de ser enterrada sin bragas. Recuérdese: 11 años, con el sexo empezando a manifestarse en erecciones inauditas.
-¡Hay que exhumar el cadáver! -decidió mi abuelo de repente.
Desconocía el significado de exhumar, pero fui a buscarlo enseguida al diccionario y me quedé espantado.
(Continuará Cristina Fernández Cubas…)
*Santiago Roncagliolo es escritor y periodista. Su último libro publicado es
'La noche de los alfileres' (Alfaguara).

*
Juan José Millás es escritor y periodista. Su último libro es 'Desde la sombra' (Seix Barral, 2016). http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/2016/09/06/la_abuela_54354_1821.html

martes, 6 de septiembre de 2016

ALGUIEN QUE ME ESCRIBA. I NEED YOU

El anterior post ATRÉVETE, TÚ PUEDES, no es más que un grito de impotencia, un querer y no poder. Me aficioné a mandar relatos y cuentos chinos a diversos concursos literarios y ya estoy escarmentado, no paso ni la primera criba. Soy un zoquete iletrado.

Por partes. Reconozco humildemente -¿acaso puede reconocerse un fracaso, lleno de soberbia?-, que lo mío no es la creación artístico/literaria pero lo que no reconocerán, con humildad, los convocantes es el deseo de que a su concurso acudan o participen todos los números uno de los superventas aunque sean unos pelmas insufribles. Una maldad: oyendo declamar a Rafael Alberti, me entraban unos deseos irrefrenables de retorcerle el cuello. ¡Qué majadería ese tono tan cansino y demodé! Hay convocatorias de lo más variopintas y curiosas. Hasta loas a la virgen del Rebollar de cualquier punto de la geografía española.

De todos los relatos premiados y que haya tenido la curiosidad de leerlos, hasta de ahora no le reconocí al ganador el merecimiento otorgado. El del año pasado del concurso de marras, sí, se lo merece sin duda; le ha puesto ingenio y supongo que ser residente o natural del lugar donde se supone radican los protas también ayuda.

Ahora, ese mismo establecimiento hostelero convoca un nuevo premio, el tercero. Han puesto el listón tan alto que, aunque en lugar de tomarme un café o dos, me echara al coleto media botella de fino mezclada con manzanilla, perdería el pudor y me animaría a participar. El café ha logrado la colaboración de un escritor consagrado, habitual en el periódico digital Infolibre, Luis García Montero y eso ya son palabras mayores.

Lo dicho, necesito a alguien que me escriba. Aunque sea un negro. O negra, no discrimino no sea que me acusen de sexista.

domingo, 4 de septiembre de 2016

UNDERTAKER

Curioso nombre que nunca se relacionaría con su significado en español y que, como su nombre indica, pues eso, que a mi no me dice nada sino me lo traducen.

En mis años jóvenes o muyyy jóvenes, la desaparición de alguna persona, cosa ineludible para todos aunque para unos más que para otros, constituía un drama acompañado de signos externos que aparte de no conducir a nada, tampoco devolvían lo perdido al occiso.  Debido a la juventud o poca cabeza de mi madre, me vi obligado a participar o presenciar el velatorio de un hombre, ya mayor, que en el mundo no debía de tener nada que perder. Hace poco, una persona me contaba que cuando este hombre se enfadaba, decía que se tiraba al pozo La Cruz, a escasos 50 metros de su casa. Pero nunca cumplió su amenaza. Bueno pues las mujeres de la casa no cesaron de llorar y lanzar lastimeros ayes durante toda la misa corpore in sepulto. Ahora también es un drama, pero sin tantos signos externos, se sufre más en silencio.

Mención aparte de todo el ritual merece la trabajosa acción de hacer un hoyo adecuado para introducir al finado y su traje. Una de dos: o el terreno estaba anegado de agua -grossen putaden- o parecía hormigón. Para el primer inconveniente, intentaron hacer balsas en las que recoger el agua y abrir unas zanjas profundas rodeando el camposanto. Nada que hacer. A una señora que iban a dar su última morada, debieron meterla en un nicho porque el hoyo estaba anegado. Pero con anterioridad, otros no tuvieron tanta suerte, agua al cuello. Una vez conseguida la cavidad necesaria, los undertaker de turno acudían a casa de la familia a dar el pésame y tomar una copa con pastas. Mi abuela, tuvo el dudoso honor de poner fin a este trabajo tan laborioso; con posterioridad, construyeron nichos y todos contentos, aunque menos sus ocupantes, pues secos o mojados, ya no se percataban de la situación. Para el segundo, pico, tiempo y paciencia.

Fruto de esa mala costumbre de considerar a los chicos hombres de pelo en pecho, pero solo para las obligaciones, en una ocasión me tocó estar haciendo guardia junto al tío Virgilio en una dependencia que había dentro del recinto, aunque nosotros permanecimos fuera. Un señor que vivía solo, falleció sin que nadie pudiera ayudarle ni tampoco se percataron hasta pasado algún día. Asaltaron la casa encontrándolo sin vida y hasta que le hicieron la autopsia, depositaron allí su cuerpo.

Resumiendo, en el pueblo nunca hubo undertaker, aunque en las películas del oeste era un personaje de obligada presencia con su sombrero de copa y su traje de levita. Era como la seguridad social, antes de que la quebraran: hoy por ti mañana por mí. Y así será siempre. Solo alguna persona con una más que desgraciada mala suerte, se ve privada de ese derecho. La señora que desapareció sin dejar rastro, -quien o quienes cometieron ese crimen sin castigo merecen ser pagados con la misma moneda-, tiene su sepulcro vacío con una placa que la recuerda. El sufrimiento y la pena de sus hijos, es digna de empatía.

sábado, 3 de septiembre de 2016

ATRÉVETE, TÚ PUEDES

Luis García Montero
Historia de un profeta sin vocación.

Juan el Loco ha llegado al café más silencioso, más esquivo que

nunca. No se ha empeñado en darme conversación, no ha pedido

que ponga un disco de Joaquín Sabina o de Javier Ruibal, no ha

hecho bromas pesadas a costa de ningún cliente. Entró, saludó con

la mano y se escondió en la mesa del fondo. Tuve que acercarme al

cabo del rato para preguntarle si quería tomar algo. Estaba cohibido,

le costó trabajo sonreírme, pronunció mi nombre con una timidez

extraña y tardó en atreverse a pedir su whisky.

Pensé que no había ido bien el viaje a Madrid. Un fracaso ese

esperado y cacareado fin de semana con la cantautora que había

conocido aquí en febrero. Demasiada suerte para Juan, supuse al

verlo tan encerrado en sí mismo. Daba pena su calamidad, sin una

conversación en toda la noche, sin más equipaje que dos copas y

tres escapadas solitarias a la calle para encender un cigarro.

Cuando se fueron los clientes más trasnochadores, cerré la puerta,

me serví una copa y decidí enterarme de lo que pasaba. ¿Qué

ocurre?, pregunté mientras me sentaba.

--‐ Qué sé lo que me va a suceder en los próximos 20 años.



Esa salida de humor inesperado y melancolía confusa era un regreso

a la normalidad. Debió leerme el pensamiento en los ojos, porque

enseguida empezó a explicar que esta vez no se trataba de una de

sus locuras. Me contó que había sido feliz con la cantautora, que

habían quedado en repetir el próximo fin de semana, que ella lo

había acompañado al aeropuerto, que lo había despedido con un

beso interminable. Pero después… Juan sacó la tarjeta de embarque,

pasó los controles de seguridad, entró en el avión y encontró su

asiento ocupado.

Era yo -me confesó-, de verdad que era yo mismo el que estaba

sentado en la plaza 12A. Con 20 años más, muy canoso, viejo, una

ropa elegante y hablando con una calma misteriosa. Pero de verdad

que era yo. Me di cuenta antes de que él dijera hola, soy tú. Iba a

advertirle que se había equivocado de sitio, a preguntarle ¿qué

asiento tiene usted?, pero dejó de leer el periódico, se volvió para

mirarme y me vi allí, con 20 años más. No hizo falta ninguna

explicación

--‐ Es una casualidad que hayamos coincidido en este viaje, un



imprevisto. Siéntate aquí, el asiento 12B está vacío. No puedo

explicarte lo que ocurre, pero ya que estamos juntos, sí puedo

contarte lo que será de tu vida durante los próximos años.

Comprendí que Juan no me estaba engañando. No era una de sus

bromas, hablaba con la luz de la verdad y el convencimiento. ¿No te

gusta lo que has sabido?, me atreví a murmurar. ¿Tal vez una

desgracia? Bueno –sonrió-, no está mal, no voy a ser un pintor de

éxito, pero me defenderé bien como representante de artistas.

Después de un silencio prolongado me miro a los ojos. No me he

resistido -murmuró-, a preguntarle también por ti.

--‐ No me jodas, Juan, protesté, no estoy yo para profecías, vamos



a dejarlo.

Pero había caído en una trampa. Serví dos copas y me dispuse a

escuchar. Empezó por tranquilizarme, me dijo que no me

preocupara:

--‐ Lo que te va a pasar no es ni bueno ni malo, todo depende,



todo será según te lo tomes, una oportunidad o una catástrofe,

así que prefiero contártelo para que la sorpresa no acabe

contigo. Verás…




ahí están LAS BASES