Amigos del castillo de Peracense

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martes, 27 de septiembre de 2016

EL SURCO INACABADO (1)


MIS PRIMEROS RECUERDOS.  Arrancan en la casa del frontón, donde mis padres vivían a rento. Toda la vida me ha acompañado la canción “Vuela, vuela, Palomita” que mi padre, violinista autodidacta, me cantaba en esos años. Ahora, he podido ver y escuchar emocionado la versión original, que forma parte de la película mejicana rodada en 1936 titulada “Ora Ponciano”. El frontón junto al aledaño horno del pan, era el centro de reunión para chicos y grandes; los juegos para unos, “centro social” para los otros. Cuando había bodas o subastaban pastos para el ganado, los beneficiados invitaban al resto, en el poyo del horno, a un cántaro de vino que con suerte iba acompañado de abadejo o “civiles” para ayudar a que el vino entrara más fácil o viceversa.
Aunque difuso, aparte los miedos que me hacía la tía Martina y los que mi madre me transmitía sin querer -terrores que con los años mi subconsciente no ha logrado desterrar-, también sea la vuelta de la mili del tío Antonio, al cual salimos a esperar a la carretera con mi madre, de lo primero que quedó grabado en mi mente. Estuvo en Melilla, y en aquellos años, no era una suerte precisamente. De esa época son también el accidente que tuvo mi padre al darse un golpe en la cabeza al pasar bajo un puente cuando iba en el tren, y que a punto estuvo de costarle algo más que una conmoción y unos puntos de sutura. También de una pleuritis o pulmonía que agarró y de unas bolitas de colorines como perdigones que me daba. Ese mismo año, en Diciembre, nació una niña que si bien no significó nada para mí en ese momento, con los años ocuparía el despertar juvenil. Y no puedo evitar recordar el día en que, habiendo estrenado un abrigo, el inefable, omnipresente y cabrito Mateo, me empujo y tiró sobre la rambla poniéndonos a abrigo y a mí, hechos un cristo. Mi desconsuelo por ello, no le ha perdonado aún ese crimen.

El domingo me llevó mi padre, montado en la bicicleta, a visitar a mis tíos y mis primos en La Sierra. (He de decir que llamábamos así al poblado minero que a pie de mina -de hierro- existe en las llamadas Minas de Ojos Negros). Creo me llevó a que me cortara el pelo el tío Justo, su hermano. ¡Ayyyy! a veces corría con la maquinilla más deprisa de lo que les daba a los dedos y me arrancaba los pelos en vez de cortarlos. Estos peluqueros aficionados..... Y luego las cosquillas que no me dejaban parar.

-Estate quieto zagal que sino vas a salir lleno de trasquilones.

Estos primos son mayores que yo. Pero claro, aquí se crían como de capital. No tienen que ir al campo ni nada de nada, solo a escuela y jugar. Esto no es como el pueblo, aquí la cosa va por barrios. Junto a la Estación del tren, desde donde parte el mineral de hierro hacia los Altos Hornos, están la Gerencia y las casas de Manolo que es donde ellos viven. Pero no están juntas, sino separadas. Luego el barrio Centro, donde tienen las Escuelas, la Iglesia y el Casino ¡y cine! Y más cercano a la mina, el Hospital y el cuartel de los civiles, pa que no se lleven el mineral a casa en los bolsillos los mineros. Jajajajajaja, más bien, para zurrirles la badana si piden más salario y mejoras laborales. Lo que más llama mi atención es como se tratan entre sí: el señor Tal y la señora Cual, no como en el pueblo que decimos el tío Tal y la tía Cual. Son muy fisnos.

Y hablando de cortes de pelo, el tío Miguel me peló al cero una vez y se me llenó toda la cabeza de granos. Más que si hubiera pillado el sarampión. No tengo idea cual fue la causa. ¿Alergia? lo más probable, pues la máquina la usaría para pelar a todo quisqui.

In illo témpore, vino en visita pastoral y de confirmación, que es como la llaman, el obispo de la diócesis de Teruel-Albarracín a mi pueblo. Hicieron a la entrada un arco con yedra y flores. Sería primavera. Desde la torre de la iglesia vigilaban para que, en cuanto divisaran al coche, comenzar a bandear las campanas. Estuve en el campanario pero solo de miranda. Para mí, las campanas estaban aún muy verdes y tampoco buscaba estrellas perdidas. En la ceremonia religiosa, nos confirmaron a todos los que por edad éramos susceptibles de recibir ese sacramento. No recuerdo nada de ella ¿quizá la fobetada?
El maestro, nos había tenido a mí y a Quím, -llegado el caso ese sería el orden  de intervención-, aprendiendo una poesía que uno de los dos habría de recitarle en la despedida que le harían. Pero llegado el momento, los dos pardales no aparecían por ningún lado. A nosotros que nos importaba el obispo. Nos habíamos ido a La Roza, encima del Arcillero, a buscar nidos de pajarel en las estepas. Y mira que el maestro había aleccionado a ambos, por si acaso. Pues nos fuimos los dos. Alguien supo donde encontrarnos ya que vinieron dando grandes voces a por nosotros con la bronca consiguiente. De la mentada poesía, solo recuerdo el final:
"Así pues santo prelado
así pues señor obispo,
donde quiera que vayáis
acordaros de estos hijos".
Hube suerte, no fallé ni me encasquillé. Cuando acabé, me dijo que le diera un beso. Y se lo di en la mejilla. Luego he pensado sino debí dárselo ¿en el anillo? Se llamaba el prelado, fray León Villuendas Polo. Obispo de Teruel. Por cierto que el maestro, nos confirmaba a diario, o casi.
Cuando acabé la edad escolar, quedé varado en el pueblo. A veces, cuando el maestro se ausentaba, me dejaba al cargo de los colegiales. Y no dudo en afirmar que acabábamos aquellos años con una cultureta más extensa que la actual. En mi caso fui atrapado de forma que no podía marchar a estudiar, no había dinero y solo había una salida, irse con los curas o los frailes. El mío, fue un pueblo de curas. Tampoco podía ir a trabajar a la ciudad, pues no hubiera ganado ni pa pipas, y en la compañía minera, salida natural de los jóvenes de la zona, no admitían a nadie. Tampoco teníamos tierra para poder subsistir de ella. Mi padre era un jornalero del tren minero,  como mis abuelos y mis tíos.
Tenían un par de mulos -uno cada uno- heredados del abuelo y yo enmedio, criado de ambos (padre y tío). Así que labrador a la fuerza. Sin vocación. De este modo perdí el tiempo hasta que un día, un desgraciado un accidente puso fin -drástico- a esa vida rústica. Habían vendido los mulos heredados, ya viejos, y comprado dos jóvenes. Uno cada uno. El de mi padre, a pesar del poco tiempo que pasamos juntos, un excelente animal.  Que me perdonó la vida.
Un día había ido con el a las Dehesillas. Le até una soga larga para que pudiera apacentar. No sé cómo, comenzó a andar y yo quedé trabado de un pie a la soga que estaba suelta, aún, y atada la otra punta a su ramo o ronzal. ¡Soooooo! ¡Sooooooooo!, no paraba y me tiró al suelo. Ya me había sacado al camino arrastrándome, y yo sin parar de pedirle que se detuviera. ¡Soooooo! Navarro ¡Soooooo! No sé si fueron mis llamadas o el peso de mi cuerpo que le tiraba del morro, al fin se detuvo. Temblando y llorando me solté el pie y lo acaricie para calmarlo. Si se hubiera espantado y echado a correr, me habría matado. Ese día, volví a nacer. Su fin, sin embargo, no estaba lejano. Una mañana, labrando en la cerrada La Balsa, en el mismo paraje, paré junto al ribazo a hacer de vientre. La costumbre de los mulos, en cuanto estaban parados era ir a comer si había donde. Yo, ¡Soooooo! ¡¡¡Quietos!!! En esto que la rueda del rusal le dio en las patas al mulo de mi tío. Comenzaron a andar. Como iba yo a pensar lo que estaba a punto de ocurrir. A lo que quise reaccionar, pues me pillaron con los pantalones abajo, ya no pude alcanzarlos. El mulo tirando coces y el otro, también corría. Salieron por la portera y enfilaron cara al pueblo por el camino y yo corriendo y llorando detrás sin posibilidad alguna de alcanzarlos.
Justo a la entrada del pueblo, se habían parado (y menos mal que no encontraron a nadie por el camino). Me acerqué a calmarlos y soltar el rusal. Al andar el mulo de mi padre, observé algo raro. Cojeaba. Miré sus patas traseras y contemplé horrorizado como una de ellas estaba seccionada por encima del casco. Le había cortado el tendón. Los mulos, en su loca y desenfrenada carrera, llevaban tras de sí el rusal, un apero de labranza con una teja afilada por el desgaste que servía para voltear la tierra. Cruzaron por encima de un montón grande de estiércol en el cual la rueda del apero se clavó y este dio la vuelta de campana brusca hacia adelante, pillándole la pata al mulo de mi padre y seccionándole el tendón. Y menos mal que no fue el de mi tío....
Para mí, fue un trauma tremendo, casi amnésico pues apenas me viene a la mente aunque lo recuerdo perfectamente. Avisaron a mi padre, el cual creyó que el herido era yo. El mulo, tuvo que venderlo porque quedó inútil para el trabajo. Así fue como, tras tan desgraciado accidente, finalizó mi vida como labrador pobre. Mi madre no quería perderme, pero los hechos la convencieron. No volvieron a comprar otro, y yo, inicié una nueva singladura. Pobre consuelo el mío. El animal entregó su vida, para que se iniciara la mía.
Yo, tenía 16 años.
La presente nota informa que sobre la obra y/o prestación titulada "EL SURCO INACABADO", registrada el 16-oct-2011 17:40 UTC con código 1110160311256,
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