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martes, 4 de octubre de 2016

EL SURCO INACABADO ll

Hace unos días se armó un lío tremendo en el pueblo. Después de la novena, ya de noche, alguien dejó al cura encerrado en la iglesia. Echaron la llave por fuera y él quedó dentro. Como no podía salir y no tenía otra forma de llamar la atención, no se le ocurrió más que tocar las campanas a fuego. ¡Buenooo! Toda la gente corriendo por las calles con los pozales en la mano preguntando qué era lo que ardía. A oscuras, pues las escasas bombillas que iluminan poca luz dan. Tras los momentos de zozobra y dado que la señal de fuego se repetía, fueron a la iglesia y hallaron a mósen Gareta cautivo. Preso de un nerviosismo tal como si lo persiguiera Luzbel. El mismo que en el altar mayor yace en lo más alto, en escultura, panza arriba bajo el arcángel Gabriel que le tiene puesto un pie y la espada en el pecho. Echando espumarajos de santa ira por la boca, el cura  no cesaba de decir: ¡Al que lo ha hecho lo excomulgo! ¡Lo excomulgo!
El alcalde dio parte a los civiles del suceso y al otro día acudieron a indagar. Difícil papeleta para los guardias ¿quién ha sido? Mira, como que va a venir voluntario. ¿Enemigos? Todos y ninguno.
Últimamente han ocurrido cosas raras en el pueblo respecto de los bienes de la iglesia. Las teclas de marfil del órgano desaparecieron. Con este asunto ocurrió  algo muy feo en el que se vieron involucrados los guardias. Otro día, a las tantas de la noche, un vecino vio luz en la sacristía y no se le ocurrió otra cosa que entrar a la iglesia a ver que sucedía. El cura mósen Gareta y el Honorio el sacristán, embalando propiedades antiguas de la iglesia. Candelabros preciosos del Altar Mayor, unas lámparas de bronce que custodiaban la entrada al mismo en las columnas a los dos lados, libros antiguos, y sabe dios cuantas cosas más. Iglesia de 1740 que hoy, está vacía de todos sus tesoros. A cambio, quincalla.
Para enviarlas a la capital, al museo diocesano. Eso contó el cura cuando se descubrió el pastel; ¡y una punta espárrago! porque lo cierto fue que todas las riquezas desaparecieron. No importa tanto donde. Fueron esquilmadas por su guardián. Lo mismo que las teclas del órgano. Esa ha sido la creencia general. Tiempo después, se hizo un viaje de placer a Mallorca con un amigote........
Por ello, en el tema del encierro, los civiles se olvidaron de el rápidamente, pues dados los precedentes convenía apagar aquel fuego lo más rápido posible, ya que aún seguía muy viva su actuación anterior y los comentarios y censuras no cesaban. Sin embargo, yo tardé poco en averiguar quien había sido el causante de la broma: el Celipe, novio de la mocica  a quien el cura no quiso dar la absolución para Semana Santa; se había vengado de aquella afrenta. A ver si se lo llevan los demonios al estar encerrado y a oscuras. El mozo y sus amigos, se carcajeaban al contarlo.
Ayer, fuimos de excursión al campo en busca de los frutales que el tío Víctor tiene en El Royo. En la acequia hay casi de todo. Perales, manzanos, ciruelos, abugos... Como vimos que el tío Ramón estaba trabajando la viña, dimos un rodeo para evitarlo y no nos reconociera. Estábamos comiendo abugos cuando comenzó a gritarnos: “Legosnardaooo que t’han vistoooo”. Asustados, salimos corriendo de culo, hacia La Arboleda. Una vez superado el primer soponcio, comenzó el pitorreo. Ninguno de nosotros era nuestro amigo León, al que el hombre había nombrado, lo cual nos tranquilizó. No podría decir al tío Víctor que Juanito y otros estaban robándole las peras en El Royo.
  El mangar la fruta o madurarla antes de tiempo, ha sido una constante a lo largo de los tiempos. Si el dueño quería probarla, debía cogerla verde pues de lo contrario, era quien menos comía de ella.  Mi señor padre me cuenta que, años antes, tenía con otro pastor una frutería a medias. Habíanlas robado el día de san Ginés, en los mismos frutales que nosotros, y escondido después. Y se surtían del producto de su latrocinio. Una noche, a las once o más tarde, se encontraba con su amigo robando cerezas o abugos en El Hontanar, cuando por la carretera subía una persona.
Se asustaron y salieron huyendo; luego resultó ser un hermano suyo que volvía de la mili. A él, a mi padre, le robaron las peras del huerto del Arcillero. Las gallinas escarbando, las sacaron en un pajucero donde los ladrones las habían ocultado. La cosa más horrible que he comido fue un pepino que a las cinco de la tarde de un mes de Agosto le robamos al tío Leandro del huerto. Francho y yo. Nos refugiamos y  ocultamos en los sabucares aledaños, a comerlos. Calientes, sin sal.......... horrible experiencia. Sin embargo, hay unos frutales que nunca me he atrevido a tocar. Con unos preciosos albaricoques y melocotones, con mirarlos he tenido bastante. Pertenecen al tío Pepiño, el cual es de esos personajes que, aunque nunca se han comido a nadie, dan miedo. Con cara de bulldog inglés, a ver quien se atreve a tocar un alberge.

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