Amigos del castillo de Peracense

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sábado, 3 de septiembre de 2016

ATRÉVETE, TÚ PUEDES

Luis García Montero
Historia de un profeta sin vocación.

Juan el Loco ha llegado al café más silencioso, más esquivo que

nunca. No se ha empeñado en darme conversación, no ha pedido

que ponga un disco de Joaquín Sabina o de Javier Ruibal, no ha

hecho bromas pesadas a costa de ningún cliente. Entró, saludó con

la mano y se escondió en la mesa del fondo. Tuve que acercarme al

cabo del rato para preguntarle si quería tomar algo. Estaba cohibido,

le costó trabajo sonreírme, pronunció mi nombre con una timidez

extraña y tardó en atreverse a pedir su whisky.

Pensé que no había ido bien el viaje a Madrid. Un fracaso ese

esperado y cacareado fin de semana con la cantautora que había

conocido aquí en febrero. Demasiada suerte para Juan, supuse al

verlo tan encerrado en sí mismo. Daba pena su calamidad, sin una

conversación en toda la noche, sin más equipaje que dos copas y

tres escapadas solitarias a la calle para encender un cigarro.

Cuando se fueron los clientes más trasnochadores, cerré la puerta,

me serví una copa y decidí enterarme de lo que pasaba. ¿Qué

ocurre?, pregunté mientras me sentaba.

--‐ Qué sé lo que me va a suceder en los próximos 20 años.



Esa salida de humor inesperado y melancolía confusa era un regreso

a la normalidad. Debió leerme el pensamiento en los ojos, porque

enseguida empezó a explicar que esta vez no se trataba de una de

sus locuras. Me contó que había sido feliz con la cantautora, que

habían quedado en repetir el próximo fin de semana, que ella lo

había acompañado al aeropuerto, que lo había despedido con un

beso interminable. Pero después… Juan sacó la tarjeta de embarque,

pasó los controles de seguridad, entró en el avión y encontró su

asiento ocupado.

Era yo -me confesó-, de verdad que era yo mismo el que estaba

sentado en la plaza 12A. Con 20 años más, muy canoso, viejo, una

ropa elegante y hablando con una calma misteriosa. Pero de verdad

que era yo. Me di cuenta antes de que él dijera hola, soy tú. Iba a

advertirle que se había equivocado de sitio, a preguntarle ¿qué

asiento tiene usted?, pero dejó de leer el periódico, se volvió para

mirarme y me vi allí, con 20 años más. No hizo falta ninguna

explicación

--‐ Es una casualidad que hayamos coincidido en este viaje, un



imprevisto. Siéntate aquí, el asiento 12B está vacío. No puedo

explicarte lo que ocurre, pero ya que estamos juntos, sí puedo

contarte lo que será de tu vida durante los próximos años.

Comprendí que Juan no me estaba engañando. No era una de sus

bromas, hablaba con la luz de la verdad y el convencimiento. ¿No te

gusta lo que has sabido?, me atreví a murmurar. ¿Tal vez una

desgracia? Bueno –sonrió-, no está mal, no voy a ser un pintor de

éxito, pero me defenderé bien como representante de artistas.

Después de un silencio prolongado me miro a los ojos. No me he

resistido -murmuró-, a preguntarle también por ti.

--‐ No me jodas, Juan, protesté, no estoy yo para profecías, vamos



a dejarlo.

Pero había caído en una trampa. Serví dos copas y me dispuse a

escuchar. Empezó por tranquilizarme, me dijo que no me

preocupara:

--‐ Lo que te va a pasar no es ni bueno ni malo, todo depende,



todo será según te lo tomes, una oportunidad o una catástrofe,

así que prefiero contártelo para que la sorpresa no acabe

contigo. Verás…




ahí están LAS BASES