Amigos del castillo de Peracense

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sábado, 24 de septiembre de 2016

LA ABUELA y 2

(Continúa Cristina Fernández Cubas)
Exhumar : Desenterrar. Sacar de la tierra algo que está escondido, particularmente restos humanos”.

Entendí que, una vez más, la abuela iba a salirse con la suya y que su muerte no era una muerte de verdad, aquella “muerte del todo” con la que yo ingenuamente había soñado. Y fue como si la pudiera ver en aquel mismo instante dentro de la tumba. No estaba enterrada, sólo escondida. Con la cabeza entre las rodillas, aguantando la risa, esperando el momento de volver, darnos el susto y seguir fastidiándonos el resto de su vida. Porque eso sí lo hacía bien. Fastidiar. Y sorprendernos. Nunca dejaba de sorprendernos. Ni de asustarnos, lo cual era muchísimo peor. El susto empezaba en la cabeza e iba bajando muy despacio hasta llegar a los pies y dejarte tieso sobre el suelo, sin poder moverte, como si de repente te hubieras vuelto paralítico. Algo demasiado parecido a lo que ahora me sucedía a mí. No podía moverme, ni siquiera respirar, únicamente mirar espantado la manchita roja que acaba de descubrir entre la palabra restos y la palabra humanos… Y no era sangre. Si hubiera sido sangre –una simple gotita de sangre— no me habría quedado inmóvil como una estatua y muerto de miedo. Pero no era sangre, sino esmalte. O laca. O como quiera que se llame ese líquido pegajoso que la abuela coleccionaba en botellitas idénticas y guardaba en su tocador junto a limas, tijeritas y palillos de madera de todos los tamaños. Aquello era un aviso, un mensaje, una forma de decirme: “Sabía que vendrías, descastado”. Y encima, para que no quedara la menor duda, la abuela se había esmerado en dejar su firma. Un trocito de uña. Un repugnante trocito de uña teñido de rojo y dejado allí, al descuido, unas líneas más abajo, como si hacerse la manicura sobre un diccionario abierto fuera la cosa más natural del mundo. Cerré el tomo de golpe. Aquello me daba más asco aún que imaginar a la abuela con la lencería que, según decían, le gustaba usar. O, peor aún, sin ella. Tal y como (también según decían) la habían enterrado.

Ahora ya no podía engañarme. La abuela sabía. Ignoraba cómo lo había adivinado, pero tenía aún muy presente el día en que se puso enferma y mamá me dijo: “Reza por ella, hijo. A los niños les hacen mucho caso en el cielo”. Y ¡vaya si me hicieron caso! Le pedí a Dios, a la Virgen y a los santos que se la llevaran cuanto antes. Una muerte de verdad. Una “muerte del todo”. Con sus joyas, sus vestidos, sus ganas de fastidiar y sus largas uñas de bruja pintadas de rojo. Pero de pronto resultaba que nada era verdad y la abuela volvía. O, a lo peor, ni siquiera hacía falta que volviera porque nunca se fue. Lo entendí de golpe. Con la misma brusquedad con la que había cerrado hacía un momento el diccionario. ¿No era sorprendente que el abuelo hubiera recuperado de un día para otro sus facultades? ¿Que nos reconociera a todos? ¿Que abandonara su estado vegetal y no dejara de impartir órdenes y contraordenes? Y la respuesta no podía ser más sencilla. El espíritu de la abuela hablaba por su boca. Ella estaba allí, dentro de su mente. Liando, enmarañando, confundiendo. Por eso tejía esa asombrosa historia de prendas provocativas y exigía, además, que la sacáramos de la tumba. ¡Genio y figura! ¿Y quién me aseguraba que no había sido el abuelo el autor material de lo que acababa de descubrir junto a la entrada “exhumar” de nuestro diccionario?

Volví a rezar. Pedí a Dios, a la Virgen y a los santos que se llevaran al abuelo. Tenía claro que estaba matando dos pájaros de un tiro… Y me sentía feliz. Muy feliz.

(Lo cierra Felipe Benítez Reyes)
Inesperadamente, todas aquellas deidades decidieron atender mis plegarias malévolas y el abuelo murió a los cuatro meses y pico del entierro de la abuela. Durante ese tiempo, aparte de su repentino afán ordenancista, alardeó a lo grande de su razón recuperada, como si se le hubiera encendido un foco en el pensamiento, hasta el punto de que, a falta de enseres domésticos que inventariar, se dedicó a hacer un catálogo de todas las ideas que se le pasaban por la cabeza, que no eran pocas ni previsibles: “Si el mundo se detuviera durante cinco segundos, todas las pamplinas de Einstein quedarían como lo que son: pamplinas”, y cosas de ese estilo y fundamento, contento de haberse sacudido aquellas neblinas que le ofuscaron en vida de la abuela, o al menos de haberlas sustituido por otras. “Cuando vengan los extraterrestres, a ver cómo reacciona la compañía eléctrica”, y así, sacando punta a todo y anotando sus ocurrencias en una libreta, convertido en el evangelista de sí mismo. Es posible, no sé, que el abuelo muriese de eso: de un empacho de lucidez divagatoria, ya que la muerte se vale de cualquier cosa para ir haciendo limpieza de excedentes.

Muertos mis dos abuelos maternos, mi madre heredó la ruina de ambos. Mi padre le sugirió que renunciase a la herencia, pero ella se empeñó en sacar algún provecho del desastre con la ayuda de un abogado que tenía toda la pinta de un sepulturero y un bigote canoso amarilleado por la nicotina. “Ese abogado es un sinvergüenza y va a meterte en un lío”, le avisaba mi padre con la autoridad de los curtidos en el mundo de las trapisondas legales, ya que él era fiscal.

Mi madre consiguió vender la casa de los abuelos, aunque, entre cosa y cosa, incluidos los honorarios del abogado fúnebre, no vio de aquello ni una peseta, y no estoy seguro de que al final, tras saldar deudas y pagar impuestos, la operación no le saliese por un pico, como le achacó mi padre en más de una sobremesa en la que yo hubiese querido que el plato me tragase, ya que siempre me desconsoló la violencia civilizada que se regalaban entre ellos.

“Tenemos que desmontar la casa antes de entregarla”, dispuso mi madre. La mayor parte de las joyas y de los cacharros de plata había volado hacía mucho. Mi madre se empeñó en llevarse algunos muebles un tanto desportillados y de traza barroca que horrorizaban a mi padre, que por aquel entonces tiraba más a las decoraciones racionalistas, así como algunos cuadros con un rebujo de aves exóticas de las Américas y otros con bandoleros gallardos de la serranía de Ronda, de donde era natural el abuelo. Un par de vajillas, algunos jarrones chinos. Y poco más.

Toda la ropa interior de la abuela se despidió del mundo, junto a la mayor parte de las prendas de su sacrificado esposo, en la fogata que mi padre hizo, dentro de un bidón, en el patinillo. En aquel humo ascendía simbólicamente al infinito, fundidos en una sola entidad abstracta, el espíritu conyugal de ambos, que en vida se esquivaron cuanto pudieron, aunque se condenaron a vivir en una interferencia continua.

Mientras mi padre quemaba cosas y mi madre indicaba a los de la empresa de mudanzas que tuviesen cuidado de no rayar los muebles, me di un paseo de despedida por la casa desmantelada.

De repente, al pasar por delante del “lugar de la escucha”, percibí una presencia anómala: algo así como la respiración agónica de una oscuridad invisible (¿?). Un frío repentino me recorrió la espalda y las manos empezaron a sudarme. Me quedé paralizado frente a aquel hueco en el que mi abuelo tuvo el antojo esotérico de localizar el alma de la casa. Cerré los ojos. Noté que algo me envolvía. Oí un susurro en mi nuca: “Nunca dije que me enterrasen sin bragas. Que lo sepas. Esto no va a quedar así ni mucho menos”. En aquel instante, un golpe de viento llevó hasta mí, por la ventana abierta de la cocina, el olor a humo de la fogata. “Y otra cosa, jovencito: la muerte no cambia absolutamente nada, ¿me entiendes? El que manda en este teatrillo sigue siendo el demonio”.

Yo tenía once años y una idea confusa del significado del verbo exhumar: un verbo con uñas rojas. Yo tenía 11 años y creía en fantasmas. Hoy tengo 58 y creo en muy pocas cosas. Imagino que aquello fue una sugestión infantil, porque no me parece lógico pensar que los fantasmas se limitan a manifestarse a los niños y a despreciar indiscriminadamente a los adultos.

No puedo creer, ya digo, en fantasmas, pero –qué mala suerte— no tengo más remedio que creer en mi abuela: el pánico que sentí ante su manifestación ultramundana me duró al menos cuatro años, con sus días y —sobre todo— con sus noches.

Por lo demás, cuando murió mi madre, me aseguré de que fuese al tanatorio completamente vestida. Por si acaso.


*Santiago Roncagliolo es escritor y periodista. Su último libro publicado es
La noche de los alfileres (Alfaguara, 2016).

*Juan José Millás es escritor y periodista. Su último libro es
Desde la sombra (Seix Barral, 2016).

*Cristina Fernández Cubas es escritora y periodista. Su último libro es
La habitación de Nona (Tusquets, 2015).

*Felipe Benítez Reyes es escritor. Su último libro es
El azar y viceversa (Destino, 2016). 




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