Amigos del castillo de Peracense

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jueves, 29 de septiembre de 2016

DE BODA EN EL PINAR

La semana pasada fuimos de boda a un pueblo de Guadalajara próximo al nuestro. Esta es la tierra que utilizó doña Finiquito, como la llama el Gran Wyoming, para joder a sus habitantes al tiempo que  Rajao, el mentiras, nos jodía a todos en el resto. Y aquí también. El verano se acabó justo el miércoles y el sábado, hacía un gris que pelaba. 1400 metros de altura, dan bastante de sí.
 
La boda, la ceremonia, la realizaron en medio del pinar. Muy exótico sino hubiera sido por el día desapacible. Luego el aperitivo y la comida o banquete, la hicieron en la puerta y el pabellón del pueblo, respectivamente. La verdad es que, en las bodas actuales, con el aperitivo es más que suficiente; lo coges con ganas y arramplas con todo cuanto te ofrecen. Cuando llegamos tenían las mesas con platos de jamón cortado por un "pofesional", que duraron menos que un caramelo en la puerta de una escuela. Un blanco frío, de Miedes comarca de Calatayud, entraba solico.  Luego los platos fuertes, los pruebas por compromiso, pero no.
 
Hoy en día, en toda boda que se precie, ofrecen paletilla de cordero asada. La cual por si misma sería más que suficiente; pero allí se quedó. Qué abandono. En contra del asado diré que no sé como la hacen, pero no tiene ni punto de comparación con el ternasco o lechal que hago yo en casa. De acuerdo que no es lo mismo por la cantidad, pero no hay color ¿Lo cuecen y después lo doran?
 
Esta moza, la novia, es hija de un primo hermano y no podíamos faltar. Pero me quedé con ganas de regalarle una caja de langostinos cocidos. La hubiéramos armado, seguro. La cosa se remonta al año que me nombraron presidente de la comisión de fiestas y ella también fue "miembra". En los días previos a la comida final de fiestas, estuvo continuamente dándome el coñazo con poner langostinos cocidos en ella. El que quiera langostinos, tiene todo el año para comerlos.
 
Se confabuló con otro mierda de su edad, al cual tengo desde entonces en la lista negra, como a ella, y el día de la comida final de fiestas, a la noche, se fue toda la comisión al bar a darse una panzada de langostinos sin contar conmigo, a mis espaldas. Trabajando como un kabrón todo el año y una cuadrilla de irresponsables gastándose los beneficios  dándose un homenaje. Al otro día todos habían volado, pero dejaron la factura los kabrones.
 
Mi venganza fue ponerlo negro sobre blanco en el libro de Actas de las Comisiones. Desde entonces la tengo en el disparador y me quedé con las ganas de regalarle la caja de langostinos. Seguro que la habríamos armado. Con su padre, sin haberlo hablado nunca, las cosas no fueron lo mismo a partir de entonces; seguro lo habrá leído.
 
Como lo cortés no quita lo valiente, la boda muy bien y la paella que al otro día nos ofrecieron en el pueblo, devolvieron la visita los parientes del novio, también. Si el día anterior me reprimí de beber, aquí cayó una botella de blanco entre otro primo y yo.