Amigos del castillo de Peracense

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jueves, 6 de octubre de 2016

EL PRICIPIO DEL FIN

Acaba de ocurrírseme una brillantísima idea: la forma de no morir. Y ante el dilema de desear tener un fin, pues que cada uno elija. Sería como ahora con la eutanasia: potestad del individuo sin interferencias religiosas de por medio. He dicho mal al escribir como ahora, falso. Quien por el motivo que sea decide acabar con su vida, ha de hacerlo a las bravas pues los talibanes religiosos, obispos y beatos, que son los peores, al que intenta cometer semejante sacrilegio, lo excomulgan y sacrifican sin remedio por tal osadía. Una cosa es quemar a la gente viva, pues toda la vida se ha hecho así con la bendición de santa madre iglesia, y otra que cada cual goce de su libre albedrío y campe a sus anchas.

Hasta de ahí podíamos llegar, que la gente se muriera cuando le diera la gana solo con ir al hospital o sin ir. Si los sanitarios facilitaran los medios para palmarla con alegría, sin sufrimiento y en el momento en el que cada cual lo deseara, como podrían amenazar con las torturas y el fuego eterno del más allá (aunque como alguien dijo, el infierno está aquí). Y esto me lleva a otra reflexión: suponiendo y admitiendo que el infierno esté aquí, ¿Qué cojones hemos hecho la mayoría, en no se sabe ande, para tener que sufrir las miserias y crueldades de unos hijos de puta que se creen los amos del mundo y nosotros piojosos inconvenientes colocados en él, para su mejor vivir y exclusivo servicio? ¿Qué hicieron esos hijos de puta, no se sabe ande, para gozar de tanto privilegio y buen vivir? Los hay que creen que en el Más Allá gozarán de placeres y mujeres sin cuento, eso los piojosos que sirven a los dominantes porque estos ¿dónde van a encontrar mayores placeres que en este infierno?

A lo que iba. Cuando yo voy... algo así canta la hurí Chenoa. Eso; si aquí la raza humana la palma porque desobedeció la orden de no comer manzanas del árbol prohibido y todos nacemos con el Pecado Original y por ende con la sentencia inconmutable de pena de muerte, la solución es sencilla: Enviemos a otro planeta que sea habitable, o hagámoslo así, a una avanzadilla de seres humanos fértiles, fuertes y sanos de cuerpo y espíritu puesto que allí no estará vigente la pena de muerte al haber carencia de Paraíso Terrenal, ni Adán y Eva y por ende, sin prohibiciones ni castigos sobre los descendientes; serán longevos, tanto, que hasta puede se haga conveniente la necesidad de que, quien lo desee, retorne a la Tierra a dejar sus huesos en donde le apetezca. O convertirse en abono orgánico para plantas y reencarnarse.

No quisiera parecer racista, aunque me importa un carajo: no podrían viajar judíos, cristianos ni musulmanes, solo gentes libres de pensamientos religiosos pues, de lo contrario, la cagarían de nuevo.