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miércoles, 18 de enero de 2017

AGAPITO, UN MOUSE MUY PITO

No participar en concursos


Desde que mi ratón vio en el ordenata la peli Ratatouille, me temo que pirata, anda empeñado en emular las andanzas del protagonista sin darse cuenta de las dificultades inherentes a participar en actividades plagadas de humanos dispuestos a hacerse con un premio y por supuesto, inteligentes y sobradamente preparados.

Eso le digo yo, mas él, inasequible al desaliento, no se da por vencido y tiene más moral que el equipo aquel que perdiendo por mucho, pedía prórroga para ganar el partido. Como sus patitas son cortas, al desplazarse por el teclado causaría una verdadera sopa de letras indescifrable e ininteligible y es por eso que me emplea, al estilo de los escritores consagrados o con pretensiones de serlo, como conejillo de indias y negro. Repasamos juntos los relatos ganadores de algunos premios para saber a qué atenernos, mas como la ignorancia es muy atrevida, no nos gustan demasiado; aunque no todos, que conste, pues luego hay malpensados que alegan lo hacemos resabiados. Hemos llegado a una conclusión: si los gustos de algunos escritores, hasta los consagrados ¿eh?, van en la dirección de los relatos premiados, ahora nos explicamos porque en casa no hay ningún libro de ellos en nuestra mini biblioteca.

 Leer nos gusta mucho, bueno a el bastante más que a mí, todo sea dicho en honor a la verdad. Tenemos interés en conocer tierras, aventuras, pareceres y conocimientos de otras personas a través de sus libros y relatos y la verdad, los hay de todos los colores. Divertidos, interesantes, emocionantes, plastas….y culteranos, que solo sirven para satisfacer el ego personal del autor. Como dijo el torero, “hay gente pa tó”. O como más recientemente dijo un escritor español, Vázquez Figueroa, prolífico por cierto pero que por su particular idiosincrasia, nunca le darán el premio Nobel: «no se trata de escribir un tocho de mil páginas que cuando lo terminas de leer te preguntas si para decir eso era necesario meter tantas cosas inocuas»; con cuyo criterio estamos plenamente de acuerdo. Y de esos libros, de escritores “consagrados”, también alguno ha llegado a nuestras manos (sin terminar de leer), pasas las hojas y acabas buscando desesperadamente el final. La colmena y los picotazos de las abejas, no nos gustan nada; y en casa, mi santa, utiliza Un mundo sin fin y Olvidado rey Gudú para sacar brillo al suelo. En nuestro lenguaje primitivo y miaja paleto, los denominamos “llenos de garafolla”.


No por ser conocido resulta más certero

el juicio del autor que expone sus razones,

pues la verdad derecha no admite condiciones,

la diga Agamenón, la diga su porquero.

Es tanta la devoción que siente por los sonetos, que hasta se le ocurrió escribir uno que por vergüenza no transcribiré, pues tomó al de Lope de Vega para plagiarlo sin pudor ni remordimientos. Mira que se lo tengo dicho: tu dedícate a lo tuyo que dios nos ha dado a cada uno una virtud y muchos defectos con los que cumplir. El juntar letras no es lo tuyo, y si bien Ratatouille era experto en muchas cosas, el queso entre ellas, entre nuestras virtudes no anidan ni la literatura ni la gastronomía.

Y sobrados ejemplos tienes: ninguno de tus escritos han merecido el más mínimo reconocimiento o elogio; el premio que te dieron en la SER por Navidad del año pasado fue solo flor de un día, por incomparecencia de adversarios. Te recomiendo hagas como el maestro Miguel Delibes; tras ganar el Nadal se creyó el rey del mambo y escribió otro libro, pedante, culterano e hiperbólico del cual él mismo renegaba, llegando a la conclusión de que debía escribir como hablaba, sin palabros rebuscados y con significados ocultos. Que la gente, si llega a leerte, no haya de tener a mano el diccionario de doña Maria Moliner o el de la RAE. Si tienes que mandar a alguien a cascala, hazlo, y no emplees el eufemismo de testa coronada, para llamarle cornudo. Solo procura no estar a su alcance y te ensarte.

Es una pena que no tengamos un disco duro externo al cual conectar nuestro cerebro cuando navegamos por el espacio etéreo e incontrolado de la mente. Se podrían escribir cientos de post y hasta algún libro. De forma analfaburra, pero libro al fin y al cabo ¿No hay premios Nobel que plagian obras ajenas y otros que da cagalera leerlos? Como el vino de baja graduación que se elaboraba de las viñas de mi pueblo: ácido y malo malismo, pero caldo de uva puro, sin trampa ni química. Y es que aquello de sintagma, a quienes no hemos pasado de sujeto y predicador, que ahora ya confundo con un fraile pensionista —recuerdo de mi niñez— subido al púlpito de la iglesia en visita evangelizadora, nos pilla ya muy lejano a pesar de que ahora está en boca de todos por las movidas que preparan allí los griegos atenienses y los que no, en la plaza del mismo nombre.

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