martes, 17 de enero de 2017

LA CIUDAD Y LOS PERROS  

En aquél momento, parecía una buena idea. Escobar.



SAN ANTÓN                           

Cuando hace muchos años cayó en mis manos un libro del escritor Mario Vargas Llosa, La Ciudad y los perros, creo me ocurrió lo mismo que si lo leyera hoy, no me enteré de la misa la mitad. Solo recuerdo a uno de los protagonistas: al poeta Vallano. Habrá mucha gente que lo haya leído, y comprendido, y mucha más a la que este título le sonará a charanga malsonante.
(A propósito de Mario, busco el libro y lo encuentro en PDF (también lo tengo en mi “biblioteca”); solo leo las primeras líneas y comprendo el desconcierto: el vocabulario empleado difiere en mucho del que yo usaba en aquel tiempo e incluso ahora: cuadra, era como denominábamos al lugar donde las caballerías permanecían estabuladas, etc. Los motes no semejan tan descabellados una vez te acostumbras a ellos). Con La Fiesta del Chivo, me ocurrió otro tanto o quizá más: me defraudó lisa y llanamente; mucha garafolla que si bien demostrará alguna de las buenas cualidades del escritor, a mí me dejó frío y con ganas de que acabara el libro; pasaba páginas enteras sin mirarlas. Y eso no es bueno. No me cabe duda de que el problema reside en mí, me falta cultura y capacidad de asimilación de los contenidos pues un Nobel es un nobel, aunque la plebe seamos incapaces de comprender tanto rodeo y palabrería –en gramática tenía otros nombres, decían una cosa para referirse a otra- insustancial como la descrita en la mayoría de sus libros. Comprendo mejor a una colmena de abejas, al menos producen miel, que a espíritus evanescentes que pululan entre edificios de papel.

Me ocurrió lo contrario cuando leí la obra de Gabriel García Márquez, El amor en los tiempos del cólera o Vivir para contarla. Prácticamente un monólogo autobiográfico, el segundo, que más bien se bebe, no resulta monótono y te impregna cuando te sumerges en él. Magnífica.

Y todo esto a raíz de una mojiganga que me ha invadido respecto a los susodichos canes. Era de lo que quería hablar. A pesar de los múltiples inconvenientes que sin duda antes de empezar, me asaltan y trastornan: es la disyuntiva de tenencia o adopción que uno de ellos me plantea. Admito que su compañía puede ser beneficiosa para evitar hablar solo o a la botella, -algún expresidente puede hallarse en el mismo aprieto-, qué más da lo que contenga; al menos el can te prestará atención mientras le diriges la palabra y sobre todo mantengas en tu mano el premio o la chuche por hacerlo; la mayoría son más listos que sus amos.

Puestos a merodear por internet sobre el asunto, visito numerosas webs dedicadas a la venta y adopción de chuchos y mininos. En ellas hay dos posibilidades: comprar bichos por una cantidad desorbitada de dinero o adoptar uno gratis, eso sí, pagando los gastos que hasta ese momento ha acarreado el mantenimiento del animal. El primer caso lo descarto. Provengo de una cultura y un lugar en el cual los perros se tenían por necesidad, bien para cazar o para el ganado y quien deseaba uno concreto, lo pedía al amigo o al vecino cuando su perra paría una camada. El resto, era desechado. No se podían tener tantos perros ni caparlos para impedir que las hembras parieran. No había disyuntiva moralista: se permitía que tuvieran relaciones sexuales a cambio de eliminar los perros recién nacidos. Reconozco que era y es una acción para la que no encuentro palabras y que sería incapaz de cometer. Recuerdo con horror alguna crueldad que presencié en mis años jóvenes. ¿Es mejor castrarlos y esterilizarlos? Eso es mutilación y una disyuntiva amarga y tal vez necesaria.

En cuanto a los gatos sucedía igual, con la particularidad de que hoy, no hay perros sueltos vagabundeando mientras los gatos proliferan. No los admiten en casa, pero los mantienen fuera. Antes debían ganarse el pan, ahora solo se dedican a la indolencia y a tomar el sol. Por ello, me resulta chocante la adopción de mininos. Se han vuelto tan urbanitas, vagos y holgazanes, que son incapaces de buscar el sustento. Tales virtudes no son de su posesión exclusiva.

Volvamos al título del desvarío. La ciudad se ha convertido en una inmensa perrera. Faltan niños y sobran perros porque a las familias les resulta más cómodo y ¿barato? tener un perro o incluso dos, que traer niños al mundo. Esos animales tan grandes que conviven en un piso con las personas, deben crear infinidad de inconvenientes como he tenido ocasión de comprobar al visitar casas de familiares que los poseen. En último extremo, del perro nos podemos deshacer si no nos cuadra, -por eso las perreras están llenas de animales abandonados-, pero de un niño, salvo algunos desalmados descerebrados, no se desprende nadie. Quizá ese sea el motivo.

Se me olvidaba: las asociaciones de acogida y adopción de animales, tienen unos contratos tan draconianos para optar a ello, que muchos presuntos adoptantes se echarán atrás al leerlas. Un can, si es de raza, nadie se deshace de él por la pasta gansa que le ha costado; si la pagas, nadie te pide explicaciones al hacer la compra. Si te comprometes a mantenerlo, cuidarlo y llevarlo al veterinario cuando lo necesite ¿A qué santo exigen tantas cláusulas de salvaguarda? Un borde puedes hallarlo en cualquier parte, en el camino, en la calle, en todos los ámbitos de la vida por muchos frenos que la sociedad le imponga y lo será no solo con los animales, también con sus semejantes. Pero ello conduce a que otras personas de buena fe, se sientan cohibidas y remisas a adoptar un animal. Y ya puestos a dar caña a los irresponsables, es inadmisible que los perros vayan causando daño a otros animales más pequeños, incluso la muerte (“si no hace nada” alegan, hasta que atacan incluso al dueño); que agredan a las personas llegando a lesionarlas de forma irreversible y que dejen sus excrementos en cualquier lugar. Esos dueños, carecen de civismo y deberían estar controlados y sancionados por quienes tienen autoridad y obligación para ello. La policía municipal.

 Un reconocimiento a la labor altruista y voluntaria desarrollada por algunas de las personas en las protectoras. Yo solo quería hablar de los perros.

Un año después. Ahora.

Tal y como la letra de la canción de Amaral dice: “Como hablar, si cada parte de mi mente es tuya….” En realidad, la transcribiría toda pero entonces me acusarían de plagio, aunque sería la mejor manera de definir los sentimientos que quiero expresar.
Se acerca la fecha en la que nos conocimos, casi un año ya. Qué inescrutables son a veces los designios del destino. Sabes, mi soledad me inducía a buscar compañía a pesar del miedo que me detenía por temor a un fracaso y de no saber estar a la altura. Meses de búsqueda ansiosa en medio del frio ambiental e interior, fracasos y errores incluidos proporcionados por alguna persona que decía poseer una protectora de animales. Cuando ya dudaba y me daba por vencido, el azar te puso en mi camino.
Tras unos breves contactos fui a verte a tu casa, a tu familia y ya no nos separamos. Me has dado alegría, compañía y han aflorado en mí unos sentimientos ocultos que no sabía existían. Difíciles de expresar por cuanto están ahí y son solo para ti; imposible de enunciar pues me falta capacidad expresiva. Me haces decir palabras que brotan del fondo de mi corazón y mi mente como agua cristalina en una fuente inagotable. Cierto es que hubo momentos de zozobra y desánimo felizmente superados.
Cuando echo la siesta, acurrucada entre mis piernas, siento que te necesito a mi lado. Duermes en tanto vigilo que permanezcas feliz y confiada. Intento comprender tu mirada limpia y amorosa que sigue todos mis movimientos con el fin de leer en ellos mis deseos adelantándote  al siguiente paso.
Has conquistado el corazón de toda mi familia.  Me has ayudado a calmar mi ansiedad y comprender mejor que hay que ser comprensivo y tolerante con los demás; nadie somos perfectos y las intemperancias no conducen a nada positivo.
Es posible que pudiera reflejar mejor lo que siento por ti, mas no aumentaría mi amor por ello. Tus lloros lastimeros cuando percibes que nos vamos a separar, me hacen sentir mal; no quieres saber de razones, solo mi presencia y mis brazos te hace sentir tranquila. Aprovechas cualquier oportunidad para saborear mi piel y robarme lo que no haya sido previsor y quede a tu alcance. El billete que el aire tiró al suelo, pudo ser de 50€ en lugar de cinco pues estaba al lado, resultó irrecuperable.  Ahora, acabamos de ver a tu hermana, aunque una cascarrabias es adorable, como tú, y su dueño, sigue enamorado de ti. Pero nosotros, nos poseemos mutuamente y solo los imponderables de la existencia mutua, podrán separarnos.
En cuanto a mí, recupero a Amaral: “Sin ti no soy nada”, pues: “Somos la escoria que aún puede quemar” como cantó Aute en su canción “Ay de ti, ay de mí”.

Te amo Laika.

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