Amigos del castillo de Peracense

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domingo, 22 de enero de 2017

LAGRIMAS HELADAS

En aquel momento, parecía una buena idea.





Aunque sabía que nunca sería Estrella que iluminara su portal, volvía al pueblo con la esperanza de verla. Desesperado, bajo una copiosa nevada que no cesaba de caer, vagó sin rumbo intentando serenar su recuerdo; sorbiéndose las cálidas lágrimas que sin cesar fluían de sus ojos mezcladas con los copos de nieve que suavemente enfriaban su mejilla. Escribió su nombre en la nieve al tiempo que clamaba al cielo, ¿porqué?

 Habíamos estado en casa de su tía. Después de la Misa del Gallo, los amigos nos reunimos en el bar, para pasar un rato de cháchara. Y volvíamos juntos a casa, pues éramos vecinos. Estuvimos hablando en mitad de la calle hasta que advertí que éramos un fácil blanco de las miradas de quienes pasaran por allí, incluso a distancia. Nos refugiamos en una zona más recogida a resguardo de miradas indiscretas. Yo llevaba una gabardina amplia cruzada, suficiente para albergar a los dos. Desabroché los botones de la prenda, con los cuales ella estaba jugando, y le ofrecí el resguardo de la misma junto a mí. En un principio, pareció luchar entre aceptar la propuesta y su pudor. Con suavidad, la fui atrayendo hacia mí amorosamente hasta estrecharla contra mi pecho y abrigarla con la prenda. Así, al calor de nuestra proximidad, le hablé del inmenso amor que le profesaba, de que ella era para mí la Estrella Polar que, cual náufrago, buscaba desesperadamente su tabla de salvación. Me expresó su temor alegando si buscaba reírme de ella. ¿Cómo voy a hacerte daño, cariño mío, si te quiero más que a mi vida?. La acaricié y besé su cabello, sintiendo su respiración agitada. La misma que yo le transmitía. Creí que había vencido sus reparos. Tómate tiempo para romper ligaduras y soltar amarras, yo esperaré.

De pronto, un chupón de hielo junto con un alud de nieve, me golpearon la cabeza y me devolvieron a la realidad. Pero aquel golpe, debió afectar a mi cerebelo que aún no se ha recuperado y sigue soñando.

Sin duda, apartaría de mí este cáliz, pero como el ruiseñor que murió cantando clavándose la espina del rosal en el corazón para dar color con su sangre a la rosa que amaba, yo también aprieto contra la espina lacerante de su recuerdo porque sigo amando a aquella chiquilla, hoy mujer, que en mí no ha envejecido.

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