sábado, 14 de enero de 2017

PULGA

En aquel momento, parecía una buena idea.

Érase una vez un remolcador al que todos llamaban la Pulga debido a su tamaño canijo en comparación con los grandes barcos a los que debía ayudar a atracar y salir de puerto. Enormes trasatlánticos o cruceros, mercantes o petroleros utilizaron sus servicios. Siempre guiado por el práctico del puerto correspondiente, llevaba a su posición a los navíos, aquellos mastodontes entre los cuales realmente parecía una pulga a la que iban a aplastar con sus enormes cascos o quillas.
Innumerables fueron los servicios que prestó. A más de un barco en alta mar salvó de zozobrar con su ayuda; puso a salvo a infinidad de tripulaciones que atravesaban momentos críticos debido a fuertes marejadas o averías irreparables que convirtieron a sus navíos en juguetes de las olas embravecidas.
Pero como a todos, estaba a punto de sobrevenirle un merecido descanso, no deseado por su parte. Había remolcado a un crucero hasta la bocana del puerto y cuando se dirigía a su base, una repentina fatiga en su ya gastado corazón, le hicieron exhalar unos largos suspiros y su bravo motor se detuvo. Quien tantas veces había ayudado a los demás, se hallaba en una encrucijada: necesitar de los demás a pesar de que su humildad considerara que no había hecho más que cumplir con su trabajo.
Lanzado el SOS pertinente, cuantas embarcaciones se hallaban en las proximidades, acudieron raudas a prestar la ayuda necesaria para que Pulga volviera a casa. Pesqueros, lanchas de recreo, veleros, y hasta unos jóvenes que tripulaban un patinete se acercaron a ver si podían ayudar.
Pulga se sentía abrumado por tanta atención.  Excepto los pesqueros dotados con motores más potentes, los demás poco podían hacer por el gran peso muerto del remolcador. Aun así, todos pusieron su granito de arena y poco a poco consiguieron remolcar al que en tantas ocasiones había prestado su ayuda desinteresada cuando se encontraron en apuros.
Una vez llegados a puerto, otro remolcador gemelo suyo se hizo cargo de él. Las sirenas de quienes lo habían traído, lo despidieron con un hasta pronto que sin duda sería posible cuando tras pasar la ITV y la correspondiente reparación, volviera a navegar y vigilar las aguas de la bahía de Els Alfacs.

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