jueves, 19 de enero de 2017

TBOs

En aquel momento, parecía una buena idea

             "Mi calle tiene un oscuro bar de húmedas paredes......" Lone  Star


            En mi calle, unos números más adelante del portal donde viven mis padres, había una librería muy antigua, fundada en 1785. En ella, los chicos del barrio durante generaciones hemos leído y cambiado tebeos y libros. El Capitán Trueno, el Jabato, Pulgarcito, Hazañas Bélicas, Roberto Alcázar y Pedrín, Els Barrufets… y como no, el imperecedero TBO. Historias inolvidables las que vivíamos junto a nuestros héroes o pasmándonos ante los desastres de Mortadelo y Filemón, Pepe Gotera y Otilio o el hambre irredenta del pobre Carpanta; sin olvidar a Zipi y Zape y el señor Pantuflo.

Cuando nos hicimos mayores y buscamos libros con sabiduría, allí encontrábamos joyas; algunas de incalculable valor literario unido a su antigüedad y rareza. El librero, señor Antonio, solo las cedía a quienes eran de su confianza. Había un libro especial: una edición del Quijote salido del taller de don Joaquín Ibarra, coetáneo del fundador de la librería, del que ninguno de sus sucesores había querido desprenderse.

Los años, la economía y las grandes superficies, no perdonan. Sus propietarios al jubilarse decidieron cancelar el negocio. Nadie se interesó por él, hubiera dado lo mismo otra actividad. En el local, tras permanecer cerrado varios meses, han instalado una tienda de todo a cien regentada por chinos —como no—, en la cual el dueño repite constantemente: «Balato, balato, todo muy balato». No faltando el guasón de turno que apostilla: «Pelo solo dula un lato».

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