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martes, 14 de marzo de 2017

14 DE MARZO


Mi pueblo, Pietra Solez en la antigüedad, como desde siempre ha sucedido, ve pasar plácidamente el tiempo y las generaciones, acostado a los pies de la falda del Morrón, al abrigo del aire castellano, “aire regañón, ni agua ni sol” según la experiencia ancestral de sus habitantes. Ubicado en la confluencia de dos ramblas, la que recoge las aguas de Los Casares y la cuesta de Rodenas, en la solana del Morrón, e incluso de La Nava que, parcialmente, vierte sus aguas en ella, tanta, que las grandes tormentas desbordan el cauce e invaden las calles del pueblo. Más de una vez, inundó las escuelas y en la puerta de la casa del abuelo Manel, el agua desmadrada hizo una brancada de más de un metro de profundidad y la iglesia, situada al lado, resultó inundada por esa misma avenida.

Por la otra, la rambla de atrás, como siempre la han llamado, la cuenca recoge las aguas del Barranco y de la umbría del Cerro de san Ginés, a más de 1600 metros de altura; es mayor su cuenca y las avenidas rara vez afectan al pueblo, excepto para impedir el desplazamiento al otro lado de las personas; si ese es el caso, la gente afectada ya sabe cuál es la solución: subir a la vía del tren, donde los grandes puentes sobre ambas ramblas, permiten desplazarse sin problemas entrambos barrios del pueblo eventualmente aislados. El Cierzo, procedente del Moncayo, tiene vía libre para helar cuanto a su paso halle en los días invernales, en tanto el Solano, asola sin piedad los campos y cultivos en la época estival.
In illo témpore… Según me dicen, pues yo no estaba allí en aquel momento ya que me había ido a buscar nidos de pajarel en las estepas de la solana del Morrón, nací tal día como hoy, un domingo por la mañana en casa de mis abuelos paternos, Manel y Máxima.
Cuando volví, supongo que en represalia, me dieron dos cachetes en el culo a lo cual respondí con berreos y llantos incontrolados, cosa normal pues esas no son maneras de recibir a nadie la primera vez que llega al mundo.
Aunque mi madre no tenía experiencia, a la abuela le sobraba: habíase visto en nueve ocasiones en esas circunstancias sin contar las de su hija mayor que ya había dado cinco aportaciones al mundo. Cosas de la vida, madre e hija, estuvieron embarazadas al mismo tiempo: una de su hija menor y la otra de su hijo mayor, dándose la casualidad de que nació antes el de su hija.
Más adelante, en ocasiones dormiría con los abuelos en su cama, a sus pies, en posición contraria; ¡¡qué nostalgias!!
Las campanas, tan cercanas físicamente, cuyo bandeo está grabado en lo más recóndito de mi memoria:
«Campana de mi lugar
tú me quieres bien de veras
cantaste cuando nací
llorarás cuando me muera».


La última vez que subí a bandearla, me costó un buen rato recobrar el resuello.



Hoy, la desidia hace que estén llenas de mierda de paloma.

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