jueves, 9 de marzo de 2017

EL OTRO MENTIROSO

No participar en concursos

A Gumersindo Ruibarbo, lo pillaron in fraganti con las manos en la masa. Una gallina en cada mano, agarrada de las patas con las alas revoloteando y sin parar de cacarear lastimeramente. Cuando ya se creía a salvo después de hurtar las gallináceas, al ir a saltar la tapia huyendo, dio de bruces con el dueño del gallinero que le encañonaba con una escopeta recortada del calibre doce. No solo le cayeron al suelo las gallinas —las cuales huyeron como alma que lleva el diablo—, también sus atributos masculinos le subieron al garganchón poniéndosele de corbata. De sobra conocía la fama del tío Malaquías, que desayunaba un robagallinas todos los días. Poniéndole la escopeta en la barriga le conminó a dirigirse hacia un cobertizo pegado al gallinero donde lo encerró hasta que los civiles acudieron a por él.

 —Si te mueves, te vuelo las pelotas.
Por el tono que empleaba parecía estar animándolo a que lo hiciera; en el fondo deseaba pegarle un tiro.

Gumersindo sabía que intentar cualquier ruego o escusa sobre el latrocinio no serviría de nada. Llegó a pensar, en la soledad del cobertizo, si tenía el gallinero por los huevos o por darse el gusto de atrapar a algún poca ropa como él. Las zorras hacía tiempo que habían perdido el hábito de asaltar la granja o tal vez había logrado acabar con ellas. Ahora Malaquías disfrutaba acojonando a delincuentes de poco pelo todos los días.

Cuando lo recogieron los guardias civiles para llevarlo ante el juez, de nada le valieron sus razones y añagazas.
— Lo niego todo señor juez, yo solo pasaba por allí y el granjero me encañonó diciendo que le estaba robando las gallinas. Es un mentiroso.

Sin mediar palabra, con un gesto indicó a los guardias el destino del pícaro. En un santiamén se encontró entre rejas. El crimen bien merecía un castigo ejemplar.
Al poco rato, su señoría abandonó el despacho para asistir a una vista pendiente sobre unos delincuentes que habían sido condenados por robar varios millones al erario público. También en ese caso despachó rápidamente el asunto. Eran personas muy ex honorables algunas, rapaces de altos vuelos otras. No había peligro de fuga ya que el dinero lo tenían en algún altillo escondido por los de Ikea; cierto duque empalmado incluso vivía en el extranjero y venía porque le daba la gana; sobre las tarjetas ¿¡qué jetas!? Nada, nada, tenían raigambre —aunque podrida— en la sociedad. Y no creaban alarma social a pesar de meter algo más que la mano en la caja común.

—Lo niego todo, señoría. No tenía conocimiento de nada, lo ignoraba todo y como Hacienda no somos todos y el dinero del estado no es de nadie, pues lo recogimos para que no se perdiera.
El señor juez, comprensivo, en esta ocasión se puso en pie e inclinando la cerviz, servilmente expuso:

—Vistos los motivos altruistas que argumentan los señores acusados y dado que no existen pruebas concluyentes de delito, decreto su absolución para que sigan ejerciendo sus funciones benefactoras para con la sociedad.
Querido lector, ya sé que este no es un relato al uso, pero al contrario del título, es verdad.

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