miércoles, 5 de abril de 2017

SUSANDO ESPERO

Susana esperaba que alguien le diera una explicación a un hecho que de momento parecía cuanto menos inextricable. En el cementerio de su ciudad había ocurrido algo que nadie entendía por el sitio donde los sucedidos habían tenido lugar. De estos incidentes, circulaban tres versiones distintas. La primera la daban los diarios a la mañana siguiente:

El Cotilla Matutino, citando a la Agencia Router, exponía: según comunica nuestro corresponsal, en la pasada noche se han producido grandes destrozos en el cementerio de La Cartuja de Miraflores. Puestos en contacto con los médiums/cronistas allí destacados de forma permanente, éstos han comunicado que la algazara se ha generado y degenerado entre partidarios y detractores de la pasada Expo y sobre todo, de la futura Exponabo. Las flores depositadas allí por los deudos de los inquilinos y alguna que otra lápida, han sufrido las consecuencias. Quienes más se han significado han sido los antiguos propietarios de la huerta de Las Fuentes –opuestos a que sus herederos conviertan los campos de cultivo en pelotazos urbanísticos, campo de fútbol incluido, con la excusa de la Exponabo– contra ex representantes políticos y del ladrillo.

La explicación oficial, aparte del bulo difundido por los diarios, fue que una banda de adoradores del diablo y profanadores de tumbas había asaltado a los difuntos y esparcido sus restos. Sin dar pábulo a nadie, personado en el lugar el regidor municipal, ha ordenado que a todos los rebeldes se les confine en una fosa común acorazada y blindada, eso sí perfectamente identificados y numerados, hasta pasada la Exponabo en previsión de que pudieran volver a las andadas. Aprovechando el diluvio que hoy está cayendo sobre la ciudad, ha decidido que permanezcan cerradas al público las instalaciones, hasta tanto los servicios municipales no pongan orden en ese tremendo patio de monipodio en que han convertido al camposanto. Así, los visitantes y familiares, se evitarán el sonrojo de ver el comportamiento de sus deudos. (Aunque alguno ya dio muestras de ello en vida).

Susanita, que tiene un ratón chiquitín, lo ha enviado para que, a través de la población ratonil habitualmente residente en el recinto, se informe de los incidentes que han devastado la necrópolis. Y la versión ratera difiere en los motivos a pesar de coincidir en los protagonistas. Según parece, la gresca vino generada por un difunto de reciente inhumación proveniente de otro enterramiento. Varias de las inquilinas con residencia previa en la estancia fueron, en vida, amantes del mismo. (Dicho esto sin ánimo machista leninista, pues con hombres, que se sepa, solo se tiró a la charca del río). Y la escaramuza se precipitó en batalla campal cuando el susodicho, para calentar los morros a más de un marido, se paseó del brazo de varias de sus amantes por el corredor central de los panteones. Lo cual encorajinó a los susodichos pues sus ex, para mofarse de ellos, les hacían pedorretas y alguna peineta. Sin duda los bandos ya estaban previamente definidos y el detalle solo fue el detonante necesario para incendiar los ánimos y las ánimas. Con desatada furia la emprendieron contra cruces, lápidas, mausoleos y cuanto pillaron a su alcance. Sabido es que la gente que no ha tenido nada que perder en vida, en el Más Allá es incapaz de superarse y siguen al servicio de quienes los han esclavizado con anterioridad y como sicarios se muestran muy eficaces.

Así, unidos a los restos de la fractura de los símbolos externos de las tumbas, aparecieron multitud de tibias y peronés esparcidos por el paseo, algún cráneo incluido. Los servicios del cementerio fueron de cráneo, el suyo de ellos, hasta conseguir identificar huesos y titulares. Por cierto que, por mucho que se esforzaron, no consiguieron dar con los restos del provocador de la tangana y una de sus amantes. Susanita, al enterarse, quedó muy afectada: Uno de los sepulcros más perjudicados había sido el de su fallecido padre; desconocía que en vida había sido un golfo empedernido. 

Última hora: el alcalde, puesto de acuerdo  en secreto con las familias de los más rebeldes, han decidido incinerar sus restos en previsión de posibles futuros altercados. No le ha importado que, entre ellos, figuren pasados caciques y miembros ilustres de su partido. A la pareja desaparecida, la han declarado proscrita y en rebeldía.
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