domingo, 21 de mayo de 2017

GRETA

Hoy la he visto y acariciado. Está en los huesos. Fue la primera que tuve en mis manos y su temblor me hizo rechazarla. Me quiero engañar y no denominarlo así, por mala conciencia, pero esa es la verdad. Es un tercio el tamaño de Laika y las costillas y la columna vertebral se palpan con una nitidez que asusta. Me acongoja su recuerdo y mis ojos se humedecen. Sé que no sería posible, pero si pudiera, la traería conmigo para resarcirla de los cuidados que sin duda no ha recibido. Puede que tenga a Laika mal criada, pero a la vista de como está su hermana, no me arrepiento en absoluto de tenerla mal criada y bien alimentada.

PD.- Mi senilidad aumenta cada día. Anoche en la cama lloré recordando a la perrita. He de convencerme de que debía tomar una de las dos; si la hubiera elegido a ella, Laika no estaría a mi lado.

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En momentos de gran soledad para no hablar a la botella, decidí adquirir una cría de perrito. Al visitar la camada para apalabrar una, solo quedaban dos hembras; resultaron ser de raza pincher. La primera, que tomé en mis manos, temblaba. Me decidí por la segunda.
– ¿Y cómo se distinguen?

–Esa tiene el rabo más largo.
Pasados dos años, encuentro a su dueño paseándola. Vivimos a escasos doscientos metros de distancia. Es un tercio del tamaño de su hermana Laika.

– Hola Greta, cariño. Acaricio su lomo y costillas y mi mano recibe un impacto tremendo: su esqueleto se palpa y refleja como en una radiografía.
–Pues come todo el granulado que quiere.

Pero le han faltado los mimos y el cariño que yo le he dado a mi perrita. Aquella noche, recuerdo la imagen captada con mi mano y su trasero alejándose; no puedo reprimir unas lágrimas traidoras y culpables.



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