viernes, 6 de octubre de 2017

SONETO ll


Era más que un simple robot. Para darme cuenta de ello tuvieron que pasar muchas galaxias.
Fue el día de los Inocentes del año 2045. Tenía un aviso de la RISA en el panel multifunción de casa. A veces cuando no deseaba estar localizable lo desconectaba y luego recibía una catarata de información llena de basura electrónica; por muchos cortafuegos y antispam que usara, los hackers publicitarios burlaban las seguridades e inundaban de publicidad la correspondencia, los anuncios oficiales, los periódicos… un desastre.
Como decía, en el aviso que para más cachondeo decía que era TOP SECRET, requerían de mi presencia en la base de operaciones situada en la laguna de río Seco junto al lago Salado. Esta era una sofisticada planta para lanzamiento interestelar, no un camión lanzacohetes como el de algunos regímenes cutres de comienzos de siglo.

—Prepárese míster Landon que va a partir en un vuelo interestelar en busca de algún planeta habitable para los humanos.

La deforestación llevada a cabo en el Amazonas por empresas sin escrúpulos con la aquiescencia de regímenes corruptos, ha vuelto loco al planeta. La contaminación ha crecido exponencialmente, la capa de ozono ha desaparecido y la desertización invade a las tres cuartas partes de la superficie de la Tierra. Por si esto no fuera suficiente, los polos han perdido el hielo que acumularon durante milenos.

El viaje ya estaría programado y aunque yo no regresara, nadie iba a echarme de menos. La nave iría transmitiendo datos de los exoplanetas susceptibles de ser habitados u ocupados dependiendo del grado de similitud con la atmósfera terrestre. En el caso de encontrar alguno con las condiciones óptimas, una nave auxiliar me facilitaría su exploración.

Partimos un semana después. Y digo partimos porque me acompañaría un androide al cual decir que solo le faltaba hablar, sería mentir, más bien no le habían enseñado a estarse callado. Con el ordenador de a bordo, un potentísimo chisme que todo lo sabía, organizaban verdaderos debates en lenguaje máquina que yo no entendía. Hasta que con amenazas de desconexión conseguía hacerles callar al menos momentáneamente.

—Si queréis hablar, hacerlo en cristiano.

Cuando me veían enfadado, cambiaban de tema y con voz melosa me decían lo que quería oír.

— ¿Desea mi amo que le dé un masajito de espaldas? ¿Le preparo un baño calentito?

El androide al que llamaba Sara —lo mismo pude llamarlo Raúl pues era asexual— era muy complaciente, yo diría que un poco pelotas. Guiado por el ordenador central, técnicamente dominaba toda la nave y a mí.

Salimos del sistema solar en un santiamén. Al dejar atrás Plutón, mentalmente utilicé su nombre. Telepáticamente recibí un “eso lo será tu madre” que me dejó pasmado. Supe que cuanto pensara, aquellas máquinas diabólicas lo descifraban. La oscuridad sideral más absoluta se cernió sobre la nave.

Pasaron diez años estelares que según cálculos de Betty —al ordenador central habíale dado este apelativo echando en falta la presencia femenina— significaban casi una vida terrestre aunque mi físico apenas había cambiado.

Por mucho que la nave se esforzara, no obtenía resultados positivos. Mi descanso consistía en largos periodos de hibernación durante los cuales todo quedaba en manos de Sara y Betty. Al despertar de uno de esos periodos, recibí una sorpresa mayúscula: En la nave había una presencia extraña:

— ¡¡Hemos sido invadidos por alienígenas!!

—Tranquilo Johnny, que soy yo, Sara.

—Pero ¿cómo te has transformado?

Mientras dormía, las dos máquinas se confabularon y utilizando la impresora 3d, poco a poco fueron modificando su estructura exterior hasta configurar una figura que nada tenía que ver con la inicial. Hasta la voz, era alegre y melodiosa en ambas.

—Sara ¿todavía no hemos encontrado ningún apartamento en el que poder descansar?

—No sire, me temo que el espacio que estamos navegando o es demasiado viejo o lo contrario. Atravesamos regiones sin ningún tipo de actividad o envueltas en incandescencia.

A partir de entonces, Sara se convirtió en indispensable. Para colmo de la felicidad, hasta entablábamos discusiones que pudiéramos llamar domésticas. Un día Sara me despertó excitada

—Sire, un planeta habitable.

— ¿Dónde estamos?

—Creo que los datos de navegación son incorrectos. Puede ser el planeta Alfa. No lo sé.

—Voy a bajar.

Al tomar tierra, quitándome la escafandra grité ¡Alfalfa!  y pude percibir un sugerente olorcillo a chorizo de Cantimpalo.

—¡¡Sara!! Baja que nos quedamos.

No me dio tiempo a más. Vi venir una caterva de trogloditas garrota en mano y sin pérdida de tiempo me elevé.

—¡¡Sara!! ¡No bajes, que hemos vuelto a la Tierra!
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