jueves, 7 de diciembre de 2017

BALNEARIO

Aunque parece la misma foto, en esta el Moncayo aparece con boina.
Estos últimos días hemos vivido una experiencia no explorada anteriormente. Una estancia en un balneario. Hemos ido "de pobres", esto es con el IMSERSO, aunque desconozco la parte que el Instituto aporta a la factura.
No ha sido tan agradable como hubiera sido de desear ni tan negra como en algún momento me pereció. Del mismo modo que cada uno cuenta la feria según le va, ese axioma también es aplicable aquí. Ciertamente había muchos de los participantes que se sentían -nos sentíamos- discriminados con respecto a los clientes "de pago", -como si nosotros estuviéramos de balde-, a la hora de acudir a cualquiera de los servicios del hotel; demasiado estrellado para lo que ofrecía. Como si nuestro dinero fuera de inferior calidad.

Con sus luces y sus sombras, solo hay un servicio que sobresale sobre los demás y además cum laude: la animadora del hotel. Una chica con una vitalidad y un empuje envidiables. Perejil de todas las salsas, la definió alguna clienta; y no solo en su faceta ante los "reservistas"; según contaba, en su pueblo era una activista en todo cuanto supusiera ayudar a los demás. Así que damos por bien empleado nuestro tiempo y dinero.

Los hoteles, en general los destinados al turismo, tenían que hacer un monumento a los abuelos, no discriminarlos. Gracias al IMSERSO, permanecen abiertos y sus trabajadores escapan de las listas del paro; aunque no todos, directivos incluidos, parece se dan cuenta de ello. En este balneario no sale el agua caliente como en otros pero eso sí, a cambio, huele a huevos podridos que mata.

A la mañana en ayunas recomendaban beber un vaso de agua del manantial. Solo algún valiente o con el olfato estropeado ha sido capaz de seguir a pie juntillas la indicación. En todo caso, si repito, no será en este balneario. Ya lo conozco.
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