martes, 19 de diciembre de 2017

GRÁVALOS

Hoy toca hablar de Grávalos. Es un pueblo de La Rioja, donde está ubicado un balneario con su mismo nombre. Realicé una petición al IMSERSO y en principio me la denegaron; a última hora, me ofrecieron una estancia en este balneario y como las lentejas.

La verdad es que cuando salí de vuelta, lo hice de mal humor, desencantado. Hoy, algo más atemperado, me considero más objetivo para hacer un comentario sobre él. La entrada a la habitación, supuso un duro golpe, se me cayó el alma al suelo; parecía un zulo. Techo abuhardillado, con un ventanuco estrecho y alargado que daba poca luz, fría.... si no me hubieran hecho pagar a la entrada, me voy. Pedí cambio, nasti monasti.

Luego una compañera de mesa en el comedor, muy dicharachera que se marchaban al otro día, nos dijo que como tenían dos tarjetas -ahora la llave de entrada es una tarjeta- una la dejaban puesta con lo cual la calefacción, por split, no paraba. Cuánto se aprende por el mundo... El baño sí que estaba bien iluminado; cuando me levantaba por la noche, veía a la Luna por la ventana tipo buhardilla. Las camas, resultaron amigables y cómodas. Pero no había más que un sillón y un taburete. El taburete para mí, of course. Una mierda pues de esa forma no se puede estar allí horas sentado; tenía que apoyar la espalda contra la pared. Lo más negativo.

El spa, bien pero contrarreloj; éramos IMSERSO. Hasta las diez y media de la mañana y después, a correr la teca y la meca... si el tiempo hubiera acompañado. El hecho que rompió la monotonía fue la nevada que comenzó a caer mientras estábamos en la piscina. El panorama exterior cambió radicalmente. ¡Vaya novedad! incluso para los aborígenes; hacía dos años que no nevaba.

Había dos comedores; uno para el IMSERSO y otro para los de pago (como si nosotros estuviéramos gratis). La gente se quejaba y se sentía discriminada por la comida y las habitaciones. Con la nieve nos vimos obligados a permanecer en el hotel tres días y con un frío del carajo. Fueron de excursión por el pueblo, pero yo envié a la santa, me quedé en casa. La iglesia en lo más alto; los abuelos, si no los llevan, no la pisan.

No así en dos salidas a sendas bodegas. Es tierra de vinos. Nos ofrecieron charlas y degustación de vinos y cavas. Una de ellas, exclusiva de cava, miles de botellas reposando y madurando. En una conversación telefónica entre catalanes, uno decía a su oyente que "era una mierda" (el cava). Esa es la opinión de esa gente respecto a lo "extranjero".

Tuve que ir hasta Arnedo a comprar zapatos; la santa ya salió de casa con la idea fija en la mollera. Un lío hasta que encontré donde estaban las tiendas. También aproveché una mañana para ir a un pueblo llamado Muro de Aguas. Una fuente con un montón de caños saliendo agua natural, sin lejía ni historias. Una pareja, de fuera, llenaron un remolque con garrafas de 5 litros. Otro pueblo, Igea, con una bonita iglesia. Era domingo y llegamos a la hora de la misa. Por cierto que la animadora cultural del balneario, era de este pueblo; joven y con una vitalidad envidiable.

Resumiendo, la experiencia no fue tan excepcional como hubiera deseado, pero no tan negativa como en un primer momento me pareció. Aunque eso sí, no volvería; lo más, de paso. Y bueno, para el año que viene, ya he echado la solicitud para otra visita y estancia, pero buscando mejor temperatura, a ser posible.




















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