domingo, 7 de enero de 2018

APÓSTATA


A LOS REYES,  (majos o no)

No es nada personal (o sí) pero… cuando se me cayó la venda dejé de ser monárquico. En los dos sentidos del sentimiento: espiritual y material.

Me tocó vivir una parte importante de mi vida, la mejor, sumido en la ignorancia. Al lugar donde nací, perdido entre montañas, con un acceso limitado, solo llegaban los ecos y las noticias difundidas por quienes de forma violenta se habían hecho con el poder, y como más tarde aprendimos, con todo lo que había disponible y, de forma ratera, requisable.
Siendo muy niño, comenzaron a oírse por el pueblo aparatos de radio que nos hacían llegar la voz de su amo de forma puntual. Todas las emisoras habían de conectarse a esa hora con la radio “nazional”; era como un ritual y una obligación que se escuchaba con un silencio casi religioso. La voz del locutor, transcurrido tanto tiempo desde entonces, la distinguiría sin ningún titubeo. Conocíamos a la perfección el nombre del alcalde de Madrid, repetido hasta la saciedad todos los días. Aquello de «su excelencia el jefe del estado y su señora doña…....» lo escuchábamos sin plantearnos ningún interrogante porque nadie se había preocupado de enseñarnos. Es más, había un tupido y ominoso velo sobre las circunstancias que llevaron a esa “desconocida” situación. En la escuela, jamás nos hicieron el más mínimo comentario sobre la realidad como no fuera para ensalzar la figura máxima del régimen, tal y como ocurre, —y ha ocurrido—, en las más rigurosas dictaduras. Como anécdota, la radio que compró mi abuelo y la que con posterioridad compró mi padre, todavía funcionan.

Era tan férreo el silencio, que incluso emigrado a la gran ciudad, la empanada mental continuaba intacta. Seguíamos siendo un reino muy particular, con un rey sin corona pero de ordeno y mando. Impuesto por un levantamiento militar. A esas alturas, el velo mágico hacía tiempo se había desprendido pero en una entente tácita, todos pretendíamos darnos por no enterados. Había que fingir ante los pequeños de la casa, para mantener su ilusión.

El otro velo, todavía lo ignoramos durante bastante más tiempo. Vinieron unos encantadores de serpientes, vendedores de humo, malahes donde los haya, que con trucos de prestidigitación trilera, encandilaron al personal e impusieron la máxima de a rey muerto rey puesto. Y en un principio, les creímos. Pero no tardaron mucho en enseñar la patita enfarinada por debajo de la puerta, para con engaños, conseguir que los cabritillos, y algún cabrón entremezclado, abrieran la puerta del latrocinio a mansalva.

Y entonces, como en una danza macabra de los siete velos, fueron desprendiéndose las cataratas de los ojos mutando y cuestionando lo que de verdad ocurría ante nuestras narices. Esos trileros, trasformados sin máscara en delincuentes; aquél salvador que previamente urdió el “que viene el lobo” para dejar embobados a la mayoría, —marinero de secano que no subió nunca al barco—, han conseguido que quienes de jóvenes fuimos narcotizados y obedientes súbditos, hayamos mutado, nosotros también, en yayoflautas, antisistema, republicanos o separatistas.

Me revienta que una ciudadana, por mor de disfrutar de un lecho regio, como corista y tantas otras, pueda gastarse quinientos euros en unas bailarinas para sus hijas u otros muchos miles para comprarse rifles con los que abatir animales en la selva. Tiene buen maestro; pero me rebelo lo haga con mis impuestos y mi trabajo.

Por eso, detestados reyes majos, debo deciros que hoy más que nunca, he dejado de creer en vosotros. Solo defendéis vuestro negocio, vuestro estatus y os importan una mierda los millones de seres humanos que padecen hambre, persecución y muerte a manos de unos villanos que tiranizan a sus pueblos. Y otros, “demócratas”, que de manera indigna explotan a los suyos e impiden que “esos muertos de hambre” atraviesen las fronteras.



Un ciudadano, harto de recibir carbón y pagar impuestos.
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