martes, 9 de enero de 2018

EL PLATO DE LENTEJAS


Aquel día pudo cambiar la historia. Quizá sería arriesgar demasiado afirmar que pudo hacerlo la humanidad, pero sin duda, sí la historia que nos contaron en la escuela de principios de la segunda mitad del siglo veinte.
¿Qué pudo haber ocurrido si en lugar de un plato de lentejas, Jacob, hubiera tenido para comer verdura, sopa, o criadillas rebozadas de cordero? ¿Esaú se hubiera dejado comprar por estos alimentos? Cierto es que tras un día de caza, cuando vuelves cansado y hambriento —y sobre todo con el morral vacío— venderías a tu padre por cualquier cosa humeante, calentita y aromática que te ofrecieran. O como en el caso del bueno de Esaú: ¿Quién sería capaz de resistirse ante un suculento plato de lentejas estofadas con cebollita y sus ajitos, su laurel para aromatizar, sus tropezones —no imprescindibles— y el toque final de una poca cebollita picada y un diente de ajo cortado a rebanadas, con unos daditos de patata, todo frito y doradito, con unos polvos de pimentón “quemado”, arrojados al perol cuando un puñadito de granos de arroz están a media cocción?

Por eso se cambia no ya la historia de Israel, si hace falta, la del Universo.

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