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domingo, 3 de junio de 2018

UN HOMBRE AFORTUNADO


Llevaba un hacha en la mano cuando tomó posesión del nidal. Más de uno, sintió un nudo en el garganchón porque los testículos se le pusieron de corbata. Lo vio como a un Júpiter tronante, vengativo y terminator.


Había sido como el patito feo al cual todos podían insultar y despreciar, los mayores ya anquilosados y con mentes escleróticas lo habían repudiado. Incluso una vaca de mala fe tuvo la osadía y la mala uva de, apoyada por esos mismos carcamales amomiados, endiñarle una cornada y moverle la silla hundiéndolo en la más absoluta de las miserias, empujándolo al río del desprecio y desprestigio entre los suyos.

Los cisnes, desde su olimpo, contemplaban todas esas maniobras más que merecidas hacia un arribista que pretendía obrar por su cuenta sin escuchar a sus mayores. Quienes tenían sus nidales bien calefactados y cómodos, con sus huevos calentitos, no iban a permitir que aquél mindundi advenedizo les tocara los huevos.

En una esperpéntica y bochornosa reunión que más bien pareció un patio de Monipodio, tuvo efecto el desprecio. El escándalo fue mayúsculo entre el resto de la comunidad. Si los afines lo expulsan ¿Cómo nos van a defender de los muchos depredadores que nos acechan? Hubo mucho judas que lo traicionó descaradamente cuando más necesitaba su apoyo. El gallo cantó no tres veces, sino docenas de veces. El bumerán, no tardaría en volverse contra ellos.

Cual Calimero humillado y apátrida, el patito feo decidió que aquella villanía no debía quedar impune. Recorrió incansable los predios más recónditos de la granja –tuvo la osadía de invadir sin permiso el establo de la vaca traicionera exponiéndose a otra cornada- explicando a sus correligionarios el crimen que contra él habían cometido los caciques del grupo. La becerra infame que urdió el plan para hacerse con su nidal, le negaba el pan y la sal, mas los desheredados le daban su apoyo en contra de los oligarcas del cotarro. Sobre todo el gran cabestro bujarrón que, habiendo ido a más y cambiado de chaqueta, seguía teniendo aquel predio como propio y al resto, serviles esbirros suyos.

A pesar de que lo habían dado por muerto varias veces, consiguió renacer cual Ave Fénix de sus cenizas y levantar en su favor a todos los descontentos que sin ninguna canonjía o prebenda en la granja, malvivían. Llegado el día, el patito feo, aupado por los poca ropa afines, que eran multitud, consiguió expulsar a quienes de forma espuria le arrebataron el nidal. La infame ternera gusana  y sus corifeos, recibieron un baño de realidad y quedaron como el gallo de Morón, sin plumas y cacareando. Aquellos que de manera cobarde lo abandonaron en la noche de la ignominia, poco a poco recibieron su merecido.

A la espera de su oportunidad, seguía recibiendo los insultos y desprecios anteriores por parte de los suyos. «Eres un arribista descerebrado, tú no puedes ir a ningún lado, no tienes el apoyo de los caciques» Los cisnes y las pavas en connivencia con los gansos chillones, se creían impunes para hacer en el cortijo cuanto les viniera en gana, desde quedarse con el pienso ajeno a hundir en la miseria a la mayoría.

Pero cuando más ensoberbecidos estaban esos amos del corral, el patito feo dio un puñetazo en la mesa, puso de acuerdo a los diferentes clanes que no participaban de la francachela dispendiosa y apandadora y con un par de huevos y más votos, consiguió expulsarlos del granero y enviarlos al exilio. No se lo podían creer. Jamás lo hubieran sospechado, –y los afines, enemigos del patito feo tampoco-, que de la noche a la mañana se verían con el culo al aire. (Es un decir, estos no quedan con el culo al aire ni pa`cagar) Ellos que presumían de hundir la granja y levantarla después. Nunca pensaron que el resto del cortijo, fueran capaces de tan tremenda osadía. Todavía se pellizcan los mofletes, no pueden creer que se haya acabado la bicoca y las demás prebendas y canonjías que disfrutaban. La mayoría sin haber dado un palo al agua en su vida, pero con una pensión ilegítima.

Y así, sin tiempo de reflexionar, se vieron expulsados del paraíso donde su palabra era ley aunque esta fuera conculcar precisamente la Ley. Los suyos, quienes le habían vendido, al verle con el hacha en la mano, tuvieron la seguridad de que aunque su cabeza no rodara por el suelo, quedaban condenados por siempre a ganar el pan con el sudor de su frente y no con el sudor de la frente de los demás.

Desde el Olimpo, sentado en el nidal que solo los elegidos pueden hollar con sus posaderas, el patito feo, convertido en el “guapo Cisne negro”, haría pagar cara la ignominia y el desprecio al que le habían sometido. Y es que nunca se debe arrinconar al contrario, ni jugar a dos barajas. O acabas la faena o estás muerto. Y fuera del putiferio donde se reúnen a graznar, hace mucho frío. 


Nota del autor: el gran cabestro nos engañó una vez. Éste, tampoco es de fiar.

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