Amigos del castillo de Peracense

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domingo, 4 de febrero de 2018

LOS SABUCARES


En los ya lejanos días de mi niñez, el sabuco jugó un importante papel en las distracciones que los chavales de la época teníamos a nuestra disposición. Esta experiencia puede no ser muy literaria —como cantaría Alaska ¿a quién le importa?— pero resulta tremendamente nostálgica y entretenida.

Debido al, nosotros le llamábamos tuétano, que las ramas tienen en su interior, aprovechábamos para extraerlo y hacer unos artilugios o juguetes de nombre «cuetes». Con estopa, hacíamos las balas que una vez moldeadas y endurecidas por el uso, alcanzaban distancia y sonido, dependiendo de la destreza del usuario. Un palo de chaparro con diámetro y longitud adecuada, servía de émbolo impulsor.

No menor importancia tuvieron los sabucares a la hora de perseguir a los gorriones de cría recién salidos del nido. Con los tiradores artesanales que cada uno poseía, pasábamos horas hostigándolos. El clásico piar de los animalillos, delataba su presencia. Hoy, por motivos diferentes, ese entretenimiento infantil para suerte de los gorriones, ha decaído. La población de niños y casi de gorriones, se ha extinguido en los pueblos. Solo al verano aparece alguno por allí; los críos que veranean en el pueblo, no se obsesionan con los pájaros: con el móvil o la Tablet, tienen suficiente. Buscan los puntos emisores de wifi y allí van en bandadas, como antes los gorriones.

No se me ha olvidado un latrocinio que cometimos una tarde del mes de agosto Crispín y yo: a las cinco, con un sol que aplanaba, le robamos al tío Leandro del huerto, unos pepinos. Fuimos a los sabucares que había al lado a ocultarnos de miradas acusadoras. No he comido nada más malo en mi vida: calientes, sin sal… Los arbustos fueron nuestros cómplices obligados, aunque dudo que de haber podido, se hubieran prestado a ello.