Amigos del castillo de Peracense

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sábado, 5 de mayo de 2018

LA CUEVA DEL DRAGÓN


En mi pueblo, nunca había habido ladrones (digo dragones ¿en qué estaría pensando?). Eso sí, ogros, varios y alguno, causante de gran temor entre el vecindario y sobre todo entre la chiquillería. Uno en concreto, tenía fama de comerse a la gente cruda para desayunar, así que no era extraño ver huir a los rapaces en cuanto barruntaban su presencia, a distancia prudente, por si acaso. De este modo, había logrado que sus propiedades, las frutas y lechugas en el caso de los críos, fueran intocables; ya se guardarían de acercarse a su huerto como de mearse en la cama. Los pastores, se alejaban de sus sembrados no fuera a estar por allí escondido escopeta en mano.