Yo tengo un castillo matarile rile rile

jueves, 3 de enero de 2019

A TRAICIÓN

Al perro flaco, todo son pulgas. Lo que en un principio funcionaba a las mil maravillas, pronto empezó a torcerse fruto de las envidias y la avaricia de algunos funestos chiquiliquatres. Envidiosos del éxito que nuestros amigos, el ogro Rufo y su compañero Draco, cosechaban con los visitantes del castillo, no tardaron en idear la manera de despojarles del trabajo/entretenimiento/espectáculo que hasta ese momento exhibían para pasatiempo y solaz de chicos y grandes.

Ya hubieron de exiliarse del castillo al restaurar las murallas y el recinto interior de la fortaleza, que Rufo disfrutaba en soledad hasta el "aterrizaje" de Draco. Rufo echaría de menos las tardes primaverales y otoñales, incluso algunas invernales, cuando al abrigo de la oquedad creada de manera natural en la roca de la solana del castillo, tomara el sol sin nadie que lo molestara o importunara. Tampoco se olvidaría de los acantilados de la solana del Morrón, donde el Granero Mototo, aquí se pueden disfrutar tranquilas y soleadas tardes, incluso con nieve siempre que haya sol.
 
Bueno, vale, nos mudaremos a la cueva Maleno. El invierno será duro pues está a la sombra de la gran roca pero al verano será una delicia; además, con la llama de las fauces del dragón, acumularemos leña y le prenderemos fuego en un periquete los días de nieve y ventisca.  Limpiaron y adaptaron la cueva hasta conseguir un cierto confort. Allí descubrieron galerías ocultas hasta entonces y que con buen criterio, mantuvieron secretas.
 
Cuando todo funcionaba a las mil maravillas, alguien del ayuntamiento confabulado con el empresario que en exclusiva gestionaba las visitas al castillo, creyó que quizá unos vuelos en ala delta, parapentes o ultraligeros "soltados" desde el cerro de san Ginés sería buen negocio. En principio la idea parecía buena, pero cara, sin contar con el encanto que las evoluciones a bordo de Drago por los alrededores del castillo eran mucho más seguras, tenían su aquél y no necesitaban de tanto “impulso” para sobrevolar el recinto.
 
Empezaron, los sediciosos, por exigirles un montón de papeles, pólizas, seguros y licencias además de impuestos. Hartos de tanto miserable, decidieron romper la baraja y marchar a Las Minas abandonadas de Ojos Negros. Ya habían localizado un principio de galería con una plaza que les permitirían, ambas, vida y esparcimiento en sus momentos de ocio. Allí podrían llevar a cabo sus evoluciones sobre las escombreras. Pero escarmentados, primero hablaron con el alcalde. No hay problema, podéis "vivir" allí. Con una condición: en los momento de calma del viento, habréis de venir si os llamamos, una vez a la semana al molino para, batiendo las alas, lograr que las aspas giren. (Jajaja, soplar no, que quema las velas) Quienes ya conocían los vuelos de Draco, al enterarse de que ahora ofrecían sus servicios en la mina de hierro fuera de uso, dejaron de ir al castillo. ¡Qué consternación! Poco a poco las visitas disminuyeron al tiempo que revivía el despoblado barrio minero.
 
El empresario del castillo (de gestionar las visitas) planteó un ultimátum al alcalde: o vuelven el ogro y el dragón, o renuncio a la gestión. Asqueados de la traición que originó su retirada del lugar, ambos se negaron a volver en tanto los sediciosos dimitieron forzados por las circunstancias.
 
Pero entre tanto, fruto del estrés y las angustias pasadas, al ogro le atacó un extraño virus: de la noche a la mañana su nuca y el hombro derecho amanecieron invadidos no por una culebrilla -así lo denominaban- sino por una cesta de culebras, reminiscencias de algún virus que todos los infantes, casi sin excepción, sufren en sus días escolares. Sumados a los picores y los dolores de la dolencia, un ataque de fiebre alta le obligó a tomar analgésicos sin cuento en tanto esperaba que escampara. Ya vendrá el verano, se consolaban.
 
Y nuestros amigos Rufo y Draco, hallaron un nuevo divertimento y atracción para sus visitantes: Entre ambos, construyeron un “alto horno” al cual arrojaban polvo de mineral, óxido de hierro, y con el fuego de las fauces del dragón una vez a la semana hacían una “colada” de arrabio que luego repartían entre las visitas. Aquello determinó el definitivo asentamiento de nuestros camaradas en la antigua mina de hierro. Los colegios, impartían clases presenciales sobre la extracción y conversión del mineral en hierro; rudimentario, como los innumerables restos de escoria repartidos por toda la sierra, pero suficiente para que los chavales tuvieran noción de dónde y cómo se creaba el material de la mayoría de los útiles de trabajo que conocían.

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