Si buscas novia en Teruel búscatela forastera, mira que matan de amor las mujeres de esta tierra. (y desamor)

lunes, 11 de febrero de 2019

LA OFENSA

Una vez, en algún lugar, leí o soñé leer que «no se perdonaba a quienes habíamos ofendido», y a raíz de entonces, siempre que me viene a la memoria la frasecita esa, no puedo por menos que hacer una evocación y repasar si a quienes les tengo ojeriza, es porque me han ofendido a mí o porque les he ofendido yo.
Tiene su intríngulis la cuestión esta. Y su punto de verdad. No puedo negar que a las personas que no perdonaría aunque infringiera infinidad de mandamientos y preceptos, serían las que me han ofendido de palabra, obra u omisión en sus más variadas vertientes y versiones. En ya mi provecta edad, repaso que aunque quizá ninguna persona se merezca la pena de muerte, si alguna de las penas del infierno por aquello de “al enemigo ni agua”, aunque alguno mereciera ahogarse en el casco de las gallinas. Al menos, si no estaba en mi mano devolver el favor, que lo recibieran de quienes estando en condiciones de poder hacerlo, les hicieran un descosido en condiciones en su pellejo o ánimo.

Porque cuando se ha ofendido a alguien, en mi opinión y volviendo al comienzo, lo que se teme es a su reacción y por eso al final acabas odiándolo, más que nada para estar preparado en la respuesta adecuada; porque vamos a ver, con qué argumentos te defiendes recién acabada de realizar la injuria si eres descubierto, debes tener una base para haberla realizado ya que si la haces en balde, te puede caer el cielo encima con toda la razón del mundo. Sin embargo, si poco a poco pasa el tiempo, tu odio va en aumento con razón o sin ella y al final, como no podía ser menos, a esa persona no la tragas ni aunque te la forren con gloria celestial.

Un ejemplo: una vez de chaval, junto a otro más mayor o más bien acompañándolo aunque eso no me exonere de culpa, robamos algún huevo de gallina de nidales ajenos, dos y uno, tampoco el latrocinio fue como para avisar a los civiles. Pues bien, además de limpiarles el nidal, a las señoras dueñas de las gallinas, había que rehuirlas no fuera que solo con vernos la cara, esta delatara nuestra culpabilidad. Pues poco a poco, esas mujeres mancilladas en la desposesión de sus huevos de gallina, en nuestras mentes comenzaron a ser detestadas en previsión de que un día descubrieran nuestras felonías. Como diría el personaje del Chavo del Ocho, serie mejicana muy interesante, «No me simpatisas». Así alimentábamos la mala conciencia, con la animadversión interna generada.

Esta era una cosa de niños, pero ya más mayores, la cuestión podía dar lugar a enemistades eternas casi sin saber cuál era el motivo. Una mala faena, una mala mirada podían, pueden, dar al traste con amistades “de toda la vida”. Y no digamos si entre tanto media alguna falda o pantalón. «El gorila ese me ha hecho un gesto feo», aunque ese gesto haya sido preferir a otra chica en el baile o al revés. Ya está liada. Acaban las familias involucradas y enfrentadas. Y no te digo si fulanita y menganito han roto y a los dos días uno de ellos tiene nueva pareja. Uyuyuuuii.

No digamos si a una persona le falla la vista y a través de la niebla cree haber percibido que Rigoberto Picaporte, —no importa fuera el señor cura que pasaba por allí—, intentaba afanar cualquier cosa de su almacén, corral o cochera. O que quería robarle los cochinos. Clavao. Los líos, las disputas y las peleas entre familias, serán eternas.
Podría dar pelos y señales de los anteriores ejemplos pero no viene al caso, amén de que creo se me ha ido un poco el asunto de las manos. Pero lo mismo que “de grandes cenas, están la tumbas llenas”, también de asuntos que todavía colean entre los supervivientes.
No hace mucho en presencia de su marido, una mujer ya mayor pero no tanto, confesaba a un tercero: «Cuanto me pena no haberme casado con un hombre del pueblo» ¡¡¿?!! Hostia, cuanto amor encerrado entre naftalina. Eso después de despreciar, cuando estaba en edad de merecer, a dos jóvenes de su pueblo. ¿Quién debía de guardarle más amor, los jóvenes por su desprecio o el marido cuando le tocó la moral sin venir a cuento? Por cierto, el marido le contestó: «Pues no te ha ido tan mal conmigo, ¿no?» ¡Ay, señor, señor! 
Yo, ni olvido ni perdono.

(No tengo decidido si la enviaré o no a Literautas)

2 comentarios:

Osvaldo Vela dijo...

Amílcar, hay dos pensamientos que si los unes reflejan el miedo de la única despedida. El primero “no se perdonaba a quienes habíamos ofendido” y el segundo “de grandes cenas están las tumbas llenas”
De las personas que más quieres, las ofensas que recibes o que infieres, se pueden perdonar o desechar pero no se olvidan
Entre más cercano el nexo, con el agraviado o el atacante, más difícil es olvidar. La eventual lejanía que se genera es testimonio del perdón pero no del olvido.
Solo que cuando la edad te alcanza el debate con la conciencia es cosa seria. El agravio mayor a tu divagar es que, cuando te toca ver la fragilidad de la existencia al haber sentido la cercanía de un final que no se dio, te agobia el tener que llevar cargada una afrenta sin olvido ante el juez supremo.
Muchos Literautas pondrán no entender lo que comunicas. Pero sí es algo muy profundo: te felicito, y más que nada, porque lo padezco.
Osvaldo Mario Vela Sáenz

Amilcar Barça dijo...

OSVALDO, gracias por tu acertado comentario. Muchas veces ni uno mismo es capaz de interpretar lo que escribe o las ideas que lo suscitan. A cambio, los hay tan perdidos que divagan en plan abejorro atontao. Yo, como mi fantasía es muy reducida, procuro aplicar la experiencia de los hechos vividos o leídos aunque a veces, sin quereriendo, la herida acaba por supurar dejándote con el culo aire, en cuyo caso, lo mejor es correr un estúpido velo. Un saludo