Si buscas novia en Teruel búscatela forastera, mira que matan de amor las mujeres de esta tierra. (y desamor)

domingo, 10 de febrero de 2019

MI VÁLVULA DE ESCAPE

Tengo una casa en la playa que, apartando las consideraciones arquitectónicas de la misma, contiene una serie de condicionantes ajenos a su construcción, que la hacen inconmensurable en los adjetivos.

Cuando planeamos comprar algo en la playa, más que nada por invertir el dinero que nos sobraba de comer y que solo servía y sirve paran engordar las cuentas de los banqueros, fijamos nuestra mirada en el lugar más cercano y conocido a nosotros y con playa. Peñíscola era sin duda la elegida. Hacía muchos años que para mí era la perla del Mediterráneo y sigue siéndolo.
Como casi siempre ocurre, lo que me dan no lo quiero y lo que quiero no me dan. Entre lo que nosotros queríamos y lo que nos ofrecían no había coincidencia. Estar en primera línea de playa y que fuera asequible, no era factible. El bolsillo no llegaba y mi voluntad de endeudamiento tampoco. Había posibilidades en Las Atalayas, pero claro había un inconveniente: hay que coger el coche para bajar a la playa, sin contar con el problema del aparcamiento en verano. La santa lo rechazaba. Posición y edificación, magníficas, pero pesaba más el otro impedimento.
De rebote, caímos en otro lugar. Sant Carles de la Rápita previo paso por Vinaros. No voy a relatar la casi rocambolesca historia que nos tocó vivir. Un pareado de dos plantas con jardín y garaje nos sedujo más que nada porque era a lo que podíamos aspirar estirando un poco el gasto previsto.
Aquí he pasado momentos memorables, sobre todo en soledad. Me construí una barbacoa, íntegra, con veleta, anemómetro y marcador de los puntos cardinales. Cabe una paella pues para eso la construí o más bien pensando en eso. Como soy de secano y de tierras altas y de frío, no tardé en plantar en el jardín un olivo, un mandarino y un naranjo amén de un limonero. También un naranjo de esas pequeñitas. El primer limonero y el naranjo de adorno, fenecieron víctimas de las plagas por mucho que intenté luchar contra ellas. También una morera de sombra la cual arranque al siguiente año de plantarla por los miedos que alguien me metió sobre el daño que las raíces pudieran hacer. La tuve arrancada todo el invierno y cuando a la primavera siguiente vine, ya estaban las yemas a punto de reventar. No pude resistir y tras una noche entera con las raíces a remojo, la volví a plantar. Ella agradecida, me ha proporcionado la alegría de verla volver a la vida y al verano darme la sombra y cobijo pertinentes. La vida es muy agradecida.
La falta de ventilación, al estar rodeado el jardín por vallados y setos, impide que algunas plantas germinen con normalidad. Sobre todo los melones, tomates, ajos, etc. Nacen y crecen, pero no como lo harían en plena libertad. Eso lo suplo con un huerto salvaje que crece a su aire en las cercanías. Allí recolecto borraja, (hoy he comido de ella), desconocida en estos lares ignoro el porqué; además es de color rojo en los tallos, inédita en mi  pueblo. También hay unas acelgas exuberantes, aunque hasta de ahora no he recolectado nunca pero pensarlo muchas veces.
He trabajado mucho. Vallas, suelos, puertas del garaje y entrada, balaustrada exterior. Interior. En fin, que hice lo que creía que debía hacer en su momento. Encargué a unos albañiles me hicieran un mosaico en la fachada con piedras diferentes y luego yo consideré que cuando fregaba no lo veía con lo cual, enfrente a la cocina en la pared del exterior, lo hice yo no desmereciendo en absoluto respecto del trabajo realizado por los albañiles. Hasta hice una Pilarica con piedras, que era el material empleado en hacer el mosaico. Una concha fósil petrificada, recogida en Silvestrejas, en el pueblo, es la Virgen.
Sí, he vivido momentos tranquilos, en paz. Hasta felices. Solo, aunque a veces la soledad pesa. Aunque parezca mentira, el aislamiento a veces nos proporciona la paz interior que en compañía no disfrutamos. Hoy, cancelada la hipoteca y con la escritura lista, ya es mía.

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