Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para callarse

viernes, 26 de abril de 2019

AZAHAR

Hoy, a pesar de que me dio la tontuna de coger la brocha, he tomado un rato el sol en el jardín cabe a mi naranjo favorito. Está pleno de flor y desprende una fragancia placentera que embriaga los sentidos (lo cual es una cursilada porque excepto la vista y el olfato, los demás no se enteran).

A Laika, le falta tiempo para saltar sobre mis rodillas pero es un muermo, no para, como cuando era una cachorra de un palmo y no podía subir y la tenía que coger. Como el sol calienta, enseguida busca la sombra, pero como a su vez la sombra no da calor, vuelve a empezar. Divagaciones aparte, ¡¡bendito sol!!

Ahora estoy hecho polvo, me duele toro, toro y toro. Me quedaron dos habitaciones hace cuatro años y este invierno no me veía con fuerzas ni con ganas de agarrar la brocha, pero la primavera la sangre altera y levanta el espíritu. Tampoco es cuestión de pedirle milagros que bastante hace con procurarse un hueco entre el invierno y el verano pues, a veces, no hay transición entrambos dos. Aprovechemos los que se nos da gratis (aunque lo pagamos muy caro).

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