Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para callarse

miércoles, 17 de abril de 2019

PELUSA

Ciertamente, desde que me da por escribir aventis, la lectura de los escritos ajenos ha dejado de gustarme; los veo como enemigos inalcanzables y eso, no está bien. Aunque ahora mi participación en concursos y saraos de distinto pelaje, ha disminuido notablemente, no dejo de caer en la tentación de vez en cuando a pesar de mi propósito de enmienda varias veces repetido e incumplido.
Así me ocurre que, para mi particular desaliento y frustración, cuando leo los relatos ganadores, sufro una desilusión con su correspondiente trauma literario. ¿Cómo es posible que “este engendro” se haya llevado el primer premio? ¿Qué le han visto? Admito que el mío puede ser mucho peor, pero al menos intento decir algo, crear una situación plausible y no volutas de humo.

Si alguien pone su vista sobre este panfleto, sepa que nada es verdad y nada es mentira, todo es según el color del cristal con que se mira. Que no me gusten los relatos ganadores nada tiene que ver con la envidia o el rencor, nada de eso. A mí, me gusta o no un relato o un libro; si además es de un contrincante al que nada debo, si hay que crucificarlo, pues se le crucifica, por invasor.

Por ejemplo, si desde santo Domingo de la Calzada convocan un concurso literario que lleva por nombre los escalones de su torre, te esfuerzas en, dentro de las limitaciones de palabras que normalmente suele llevar este tipo de convocatorias, hilvanar un microrrelato ciñéndote a lo estipulado. Cuando te enteras que ha ganado uno que pasaba por allí vendiendo uvas, el cabreo es mayúsculo y te juramentas que para la próxima  llamada va a escribir su …. señora madre.

Y esto no es flor de un día o que me pase a mí que soy un mindundi en esto de la escritura, ya que lo hago por diversión y para matar el rato (no a Rato, aunque quizá se mereciera un buen susto). Ya entre los escritores del Siglo de Oro español ocurrían similares desencuentros.

La sátira y el malquerer del señor Quevedo sobre el señor Góngora —y viceversa— tuvo su mejor exponente en aquella que dice: «Era un hombre a una nariz pegado», no siendo menores los ataques gongorinos sobre don Francisco.

No fue menor el amor que se dispensaron Miguel de Cervantes y Lope de Vega. Y si indagamos, encontramos que siempre, tanto en España como en el extranjero y en las diversas épocas, han existido rivalidades y odios viscerales entre la gente de la pluma (por esa causa, entre ellos, también). Tampoco voy a hacer aquí un registro de injuriantes recíprocos; baste decir que Vargas Llosa y García Márquez, otrora grandes amigos, acabaron como el rosario de la aurora tras un puñetazo que el primero dedicó al segundo, en México. Aunque aquí al parecer, hubo algo más que celos literarios.

1 comentario:

Amilcar Barça dijo...
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