Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para callarse

viernes, 9 de agosto de 2019

SEQUÍA

Cada vez que tengo que preparar un libro, el esfuerzo mental que significa crea un vacío que tarda en recuperarse. El último, HUELLAS, que envié a finales del mes pasado a Amazon, lo recibiré impreso la semana que viene. Imagino que con este me despediré.

Uno de los argumentos manejados en los anteriores libros se ha ido al garete, debido a que están excavando las ruinas de la ermita de la Villeta. No ha salido el túnel de la conexión con el castillo pero si una pila bautismal que estaba enterrada, igual que el suelo, cubierto con cantos colocados de forma artística y unas letras con cascos de teja que quien las colocó sabría que quieren decir. Veremos si nos depara alguna sorpresa.

La otra tarde paseando con miss Laika, nos encontramos con una gata y dos crías suyas. Tras hacer un poco de teatro con la gata y la perra, los gatitos, ya medio gatos, se quedaron en la calle y pretendí asustarlos sin hacerles ningún daño imitando el maullido de un gato. Cuando ya había terminado la función, y de sorpresa, salió la gata del corral donde estaba hecha una furia y se abalanzó sobre mi perrita. Lo inesperado del ataque, hizo que la perra ladrara quejándose por el daño que aquella furia le estaba propinando, que yo intentara librarla de la gata y que al final acabara yo por los suelos. Aquello libró a Laika del ataque y yo me encontré en el suelo y a la gata mirándome a dos palmos de mi cara. Me pilló con el puño prieto a un palmo de su cabeza y antes de que reaccionara, le solté un puñetazo que hizo que saliera huyendo lamentándose del golpe recibido.

Casi me lesiono la muñeca en la caída y el codo con escorchones. Esta mañana, he visto al trío en el mismo lugar, la puerta de la iglesia. Enseguida se han puesto con el lomo encrespado y encorvado. Les he enseñado el garrote en un gesto amenazante y la gata, ha optado por poner pies en polvorosa percatándose de que mi intención era devolverle el favor del día anterior. Los felinos pequeños, pretendían infundir miedo a la perrilla pero esta, ni les ha hecho caso. Yo los he dejado con su miedo o su arrogancia encima. Mi guerra, nada tenía que ver con ellos.

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