Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para callarse

domingo, 22 de septiembre de 2019

CAMINANTES

Estos días leí o escuché, que quienes no caminaban, andaban, acortaban hasta diez años su vida. Una memez más y ello me trajo a la memoria a mi abuelo Cristóbal, y otros como él, que se pasaron años de su vida caminando, andando, veinte o más kilómetros diarios para ir a la mina o al ferrocarril, en el caso de mi abuelo.

Ya podía llover, nevar o caer chuzos de punta, temperaturas de dos dígitos bajo cero en pleno invierno, ellos tenían que acudir al servicio, como lo denominaban, fuera la hora que fuera. En plena noche, de madrugada o por el día, debían ir a la estación del minero, o a la mina; para a continuación, en ocasiones, volver a casa porque el hielo o la nevada impedían extraer mineral para cargar los vagones.

La mayoría iba en bicicleta, como mi señor padre hasta que se sacó el carnet de conducir para moto -fue incapaz, no probó siquiera, a obtener el de coche- y compró una moto Lambretta de segunda mano que le vendió su cuñado; el abuelo también compró una bicicleta que se oxidó en el granero pues fue incapaz de montarla. Años me costó pedir con insistencia hasta conseguir que me la regalara.

Pues ese es el quid de la cuestión y el porqué digo que es una memez. Si fuera real la afirmación, todavía tendría que seguir viviendo, pero para su desgracia, habiendo nacido con el siglo, en el 81 falleció. Tengo para mí que semejantes caminatas en aquellas condiciones, no le ayudaron a prolongar la vida sino todo lo contrario. Aquellos hielos, la lluvia y el cansancio, le pasaron factura. Y al resto de los mineros o ferroviarios, también.

Se me olvidaban las caminatas que yo realicé para ir al azafrán, faenas en todas sus vertientes, o labrando días y días. Me temo que tampoco me van a ayudar, habida cuenta que también dicen que el trabajo de noche acorta la vida hasta en quince años. ¿No será que lo que mata es el trabajo?

Y si suena, sueña

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