Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para callarse

martes, 17 de septiembre de 2019

EL PATITO FEO

O como nos la han vuelto a meter cruzada.

Había una granja, no recuerdo si estaba al norte o lo había perdido, cuyos integrantes vivían descorazonados la falta de avenencia entre quienes debían de hacer que aquello fuera un bien organizado negocio, lucrativo para todos y no solo para unos cuantos aprovechados.

Así, la vaca Mu, estaba hasta los cuernos de que la ordeñaran para satisfacer apetitos y necesidades ajenos. Todo cuanto de nutritivo y alimenticio poseía su leche, iba a engordar barrigas extrañas, generalmente ociosas e interesadas. La gallina Marcelina, participaba del cabreo de su compañera; estaba hasta la cresta de que los huevos que depositaba en la cesta, acabaran nutriendo a las mismas haraganas y holgazanas panzas. No asimilaba que le robaran los polluelos una vez roto el cascaron, y mucho menos, el destino que les deparaba el futuro. Unos no querían ser convertidos en foie gras y otros en pollos a l’ast, o chuletones o cecina.

Todos, excepto una piara de parásitos guarros y malolientes, ponían el grito en el cielo indignados con el desbarajuste reinante.

—Hay que acabar con esta anarquía —graznaban las ocas a vox en grito, de por sí escandalosas y bullangueras, disconformes con cuanto ocurría.

—No podemos seguir así —podía escucharse esta queja por doquier generada por los más diversos motivos.

En la familia de los patos había nacido de un huevo, —cosa natural en una especie ovípara—, un ejemplar raquítico, negro y feo. La señora Cuac, estaba contrariada, compungida y asustada. No encontraba explicación a semejante afrenta. Pero eso no era nada comparado con el cabreo, ira y enfado del señor Cuac, que con mirada inquisitorial sonsacaba a su esposa la procedencia genética de aquel intruso. (No es que fuera un racista xenófobo, temía le llamaran cornudo).

Ajeno a estas preocupaciones paternales y a los desprecios de sus hermanos que no lo ajuntaban, dedicó su tiempo a informarse del descontento general y su causa. Entre los de su clase, era donde menos aplausos recibía cuando decía que aquello debía de acabar; algo así como a los humanos desheredados escuchaba a menudo decir: «la tierra para el que la trabaja». ¿Por qué la señora Mu, no podía vender por su cuenta la leche y la gallina Marcelina sus huevos? También pudo darse cuenta de lo mucho, demasiado, que tenían en común los explotadores con algunos de los suyos.

Por fin, apoyado por el descontento general, lideró una revolución de tetas y huevos caídos. Al principio, parecía que aquellos esfuerzos comenzaban a enderezar el rumbo, pero no sería tan fácil. Quienes hasta entonces estaban mangoneando la producción, unidos a otros descontentos insolidarios, dieron al traste con los esfuerzos colectivos. El patito feo, convertido a la sazón en un bello cisne negro, mutó en un engreído espécimen que lo quería todo para sí despreciando a quienes le habían ayudado a alcanzar el objetivo. Se había rodeado de aduladores y pelotas que habían conseguido venderle sedas invisibles; hacían lucir su piel al desnudo, o sea en bolas. El rey desnudo redivivo.

Gran confusión comenzó a reinar de nuevo entre los moradores de la granja. ¿No nos había prometido que nuestras dificultades iban a hallar solución? Todos los que le ayudaron a alcanzar sus sueños, ahora se lamentaban. «Nos ha vuelto a engañar y vender, como el gran cabestro», recordaban; «No escarmentamos, una vez han conseguido manipular y controlar la producción, se alían con los explotadores. No tenemos remedio»

Y es que esta granja, no escarmienta.

Y si suena, sueña

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