Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para callarse

domingo, 27 de octubre de 2019

QUERIDO MAESTRO

Cuando éramos jóvenes, cantábamos aquella canción que decía: «Ahora que vamos despacio, vamos a contar mentiras». Estas no lo son.

Nunca me atrevería a faltarle al respeto al hombre que fue mi maestro durante todos los años que duró mi EGB. Desde los cuatro hasta los doce años. Mas ahora que ya duerme el sueño eterno junto a nuestros antepasados, ello no será óbice ni impedimento, tras reconocerle mi alfabetización y culturización elemental, para cantarle las verdades del barquero o como diríamos en el pueblo, “las cuarenta”.

Esta mañana he leído, en una entrevista periodística a un personaje mediático actual, que en un colegio de Madrid “en el del padre Amalio, un cura que pegaba unas hostias espectaculares”. Usted señor maestro no era cura, y puedo asegurar sin temor a equivocarme, que las hostias que nos regalaba, no tenían nada que envidiar a las del padre Amalio. No solo se servía de las manos para darnos un guantazo o varios a la más mínima, sino que tenía reglas de fijar los cristales a las ventanas y ramas de mimbre encima de la mesa para regalarnos y calentarnos las palmas de las manos. Y ojo las retiraras y con ello quebraras el regle o el mimbre, la ración sería doble.

En aquellos años de formación del espíritu nacional, quienes vivíamos en lugares apartados no nos enterábamos de que el mundo era redondo y que cada noche pare un día. Vivíamos en la inopia. ¡Y ojo con faltar el domingo a misa! Si lo hacías, el lunes deberías dar explicaciones. «¿Dónde estuvo usted ayer que no asistió a misa?»

Usted se inventó un “Coto Escolar”, en el cual nos hizo trabajar como burros. Consistió en plantar chopos en las ramblas del pueblo, loable idea sino hubiera sido porque el trabajo recayó en los escolares. Movimiento de tierras, piedras, regarlos en verano…. Cuando cortaron los árboles, no nos dieron ni las gracias.

No le teníamos respeto sino un miedo lógico; debiera haber sido nuestro guía pero en realidad era nuestro verdugo. A mi amigo Joaquín, ya desaparecido, le dio tal sarta de guantazos, que se cagó garras abajo y luego debió venir su hermana a limpiar el pasillo lleno de mierda.  Vaya en su recuerdo.

Ninguno de sus alumnos consiguió traspasar, con su ayuda, la puerta de la Universidad; en cambio sus hijos sí, y uno de ellos, es hoy fiscal en la convulsa Cataluña.

Algo positivo si hubo: Joaquín y yo, bajo su supervisión, con un trabajo ganamos cien pesetas en Teruel. Cincuenta para cada uno, Una pasta in illo témpore.

Por desgracia, se han vuelto las tornas y las hostias, a la más mínima, recaen en los profesores. Y eso tampoco está bien ni es justo.


Y si suena, sueña

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