Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para callarse

lunes, 30 de septiembre de 2019

SEPTIEMBRE, SE MUERE

Salgo con Laika a hacer la salida de rutina antes de encerrarnos dentro del caparazón, como los caracoles, bajo treinta y tres llaves y cuarenta candados de tenerlos. (Los cuernos ya estaban puestos previamente a buen resguardo). La noche está serena, estrellada, solo perturbada por un viento al cual le falta poco para denominarlo como airazo y la iluminación de la torre de la iglesia que borra las estrellas con su contaminación lumínica.


Si este pasado agosto las calles estaban llenas del bullicio de los críos y jóvenes hasta las tantas, ahora se han quedado mudas, silenciosas, y solo quedamos los que por obligación debemos permanecer o quienes se niegan a abandonar los bonancibles días que este final de mes nos está brindando como desagravio a los aborrecibles días que nos hizo padecer en su primera quincena. No tardaremos en emigrar dejando a los moradores perennes el pueblo para su uso y disfrute o lamento.

Paso por delante de la puerta de la iglesia, cerrada por supuesto, y mentalmente le digo al Ocupante perpetuo, que qué hace que no echa una mano. Que ya está bien de permanecer con los brazos cruzados ante los infortunios de la gente, sus miserias o tragedias, que de todo hay en la viña de su Padre. Cuántos recuerdos encierran esos muros; no en vano todos los años de niñez y juventud transcurrieron bajo su supervisión. Los recordados y los olvidados, incluso aquellos que fueron pero no dejaron huella por no tener capacidad el USB personal de almacenamiento en esos años.

Pero sí de aquellos de aquellos otros que acontecían traspasando el sentido religioso de los mismos. Cuando, sobre todo la gente joven, íbamos más que a dialogar o rendir pleitesía al Ausente, lo urdíamos para intentar hacerlo con las y los presentes. Menos en el coro donde los vozarrones de los veteranos nos anulaban y no podíamos destacar para mandar el mensaje oculto de nuestra presencia y pensamiento.

Aquellas ceremonias cantadas en un latín que ninguno entendíamos más allá del Gloria in iscilsis dedo o el Credo in unum dedo. Poco importaba, lo principal era no desentonar demasiado y demostrar que había madera para que aquella llama no se extinguiera en el futuro. Dicen que lo que se aprende una vez, difícilmente se olvida, sobre todo lo malo. Poco necesitaría para volver a entonar aquellas jaculatorias de los grandes días de fiesta. Mi credibilidad hacia el fondo del asunto, ha mermado más que el salario de un okupa, pero hay cosas que jamás se podrán olvidar. Para bien, o para mal.

Al lado está el cementerio que en su día, para mí, era causa de terrores. Hoy está iluminado, lo han cubierto con losas de piedra rodeno y las malvas que antaño crecían bien alimentadas, han desaparecido. Allí descansan, o no, mis antepasados por los siglos de los siglos. Los que vivieron en el siglo XIX porque mi bisabuelo Justo, que todavía vivió tras nacer yo, y quizá algún otro, ya está en el camposanto nuevo. Junto con mis abuelos, padre, tíos y otros parientes. Solo falta mi abuela materna, la que con toda seguridad me tuvo primera en sus manos. Murió en otro lugar, Las Minas de Ojos Negros, y como en aquellos tiempos un cadáver debía enterrarse donde moría, allí quedó. Con posterioridad yo quise traerlo aquí, con los suyos, pero las hijas que todavía vivían no quisieron. Yo espero que sepa disculparnos la falta de interés que los vivos demostraron con ella. Quizá le sirva de consuelo que un hijo suyo, también está durmiendo el sueño de los justos en el mismo lugar.

A pesar de que se me cierran los ojos, intento retardar lo máximo la hora de acostarme. Diversas motivaciones, el reflujo esofágico entre ellas, hacen que demore lo posible el asunto. De ahí que esta sea la hora fructífera en la cual, a veces ayudado por el orujo, se me ocurren estas crónicas o estampas como las llamaría Don Kendall. Hoy cierta melancolía me invade, polvo de estrellas podría ser, porque del otro, rien de rien.

A la hora de finalizar esta crónica, el título se ha cumplido. Viva Octubre. (Al final parlarem)

Y si suena, sueña

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