Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para callarse

domingo, 3 de noviembre de 2019

EL VIAJE


CAFÉ LITERAUTAS

Fruto de mi vagancia congénita y de la cual no me vanaglorio, voy a aprovechar el tema de un viaje que realizamos a Galicia mi santa y yo y que anda por alguna parte de mi blog.

Comencé los preparativos de dicho viaje indagando los medios para poder llevarlo a cabo. Con la sana intención de ahorrar lo máximo posible en pasajes, a poder ser todo, y admirar los paisajes, insinué la posibilidad de realizar el Camino de Santiago, andando por supuesto, alojándonos en los refugios del peregrino que hay a lo largo del Camino. El bufido que me espetó en los morros la susodicha santa, no tuvo nada que envidiar al de una cobra encolerizada. A punto estuve de llamar a urgencias para descartar que el veneno hubiera llegado al torrente sanguíneo. No puedo reproducir aquí los epítetos y descalificaciones que hube de soportar; los más suaves, acémila y mastuerzo.

Como nos estaban esperando y yo tengo la culpa siempre de todo —lo malo, que conste—, indagué la posibilidad de hacerlo en tren. Doce horas mínimo y en categoría turista. Tomando el convoy a las diez y media de la noche, llegaba a Coruña ciudad a las once del día siguiente; sin contar con que alguna rueda pinchara, de lo cual Renfe no se hacía responsable.

Intentando me saliera lo más barato posible, compré dos tarjetas doradas para gente sin obligación de fichar. La noche me debió vencer pues a pesar del estruendo que hacían las ruedas del vagón en los carriles, cuando desperté ya era de día y sabe dios donde estábamos, en tierras leonesas o por ahí. De haber habido un asesino en el vagón, yo hubiera sido el primer candidato si pillo a mano el cuello del presidente de Renfe o Adif, que ahora ya no se sabe quién es quién.

Nuestros anfitriones, nos recogieron en la estación y pasearon por la ciudad en su carro. Llegamos hasta la Torre de Hércules, mítico faro que ilumina a los marinos desde tiempos inmemoriales. Hubo suerte, no llovía. El anfitrión, marino, con gran sentido del humor, le dijo a un gitano que era coronel retirado de la guardia civil. No le volvimos a ver el pelo. También nos paseó por la base naval de Ferrol, aunque en aquel momento solo había una fragata atracada. Por cierto de nombre: Almirante Don Juan de Borbón ¿les suena?

El rancho que tienen, pazo le llaman ellos, levantado con sus medios e ideas, es magnífico. Campo de tenis, huerto, gallineros, casa de invitados… y como el riego abunda, todo muy verde. Lo pasamos en grande, más que nada porque todo lo pagaban ellos. Así da gusto hacer turismo. La bravura del Atlántico y otros monumentos, no puedo reflejarlos todos pero sí algo que me llamó la atención: Las hortensias crecen salvajes, de todos los colores y en cualquier parte. Alucianao. También visitamos Santiago de Compostela, ciudad que ya conocía de mis tiempos de estudiante, con muchas ganas de todo y pocos recursos para conseguirlo.

Y hubo que volver. Por el mismo medio pero diferente recorrido. A Coruña—Madrid y de allí en AVE a casa. El margen de tiempo entre enlaces, lo consumieron las esperas. Siempre se ha dicho que Renfe y Telefónica, jodían por las demoras. Y había que hacer trasbordo entre estaciones, fácil para quien lo conoce e imposible para quién no. Chamartín/Estación del Norte, hasta Puerta de Atocha, el AVE.

Y aquí surgió el milagro. Pregunté el modo de enlazar y un señor me explicó cómo; aconsejándome no lo hiciera a través de un taxi, sino de un tren de cercanías del cual, yo, no tenía ni repajolera idea. Al vernos en el andén, se apiadó de nosotros. Cogió la maleta de la santa y yo, con la pata arrastras, le seguí.

—Síganme, yo voy a Atocha y les llevo.

Buscó el correspondiente tren, nos colamos al parecer, y al llegar a Atocha, siguió haciendo de Cicerone y Ángel de la Guarda a la vez. Preguntó dónde se cogía nuestro AVE y nos dejó en la puerta de embarque.

—¿Cómo puedo agradecerle todo lo que ha hecho por nosotros? Un millón de gracias.

—Hagan lo mismo, —fue su respuesta.

Desde aquí, con este relato verídico, quiero agradecer a todas las personas del mundo y en especial a él, la ayuda que prestan a gentes desconocidas que en un momento dado, se encuentran extraviadas entre la muchedumbre y a veces de sí mismas.

Hubiéramos perdido el tren, el billete…


Y si suena, sueña

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