Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para callarse

sábado, 16 de noviembre de 2019

ESPEJISMO

Esta mañana mientras me afeitaba, mi mente divagaba -aunque dudo de si en alguna ocasión ha hecho algo diferente y de provecho- sobre las sensaciones que ante una imagen de mujer, y no digo ante su real presencia, se pueden sentir según la edad de la persona, en este caso un hombre, a través de las edades que ha vivido. (No sería teoría decir que lo que no ha vivido, mal le puede afectar y mecho menos, si la ha palmado).

En el trabajo, alguien colocó unos dibujos referentes al tema. Según la edad, el hombre iba pasando por el ejemplo de distintos animales. Pasaba de ser un león sibarita que devoraba jovencitas sin control ni sentimientos, a ser el lobo que tras caérsele la baba pensando en Caperucita, acababa soñando con comerse a la abuelita. Esta última viñeta, era la que más me afectaba en toda su dimensión.

Y es que los años, te hacen ver una realidad que antes habías intuido pero que nadie te ha contado. Como infinidad de cosas, has tenido que sufrirlas o disfrutarlas porque nadie se había atrevido a decirte nunca las diferentes sensaciones que irías atravesando en concomitancia a las edades, no de Lulú, sino tuyas. Y hoy, mi mente se ilumina cuando una bella figura de mujer aparece ante mis ojos, pero ese resplandor no llega mas allá de las pestañas. A nadie que le guste la pintura, se le ocurriría enamorarse de La Gioconda y mucho menos acostarse con ella, pero algunos, no dudarían en delinquir sin tiento ni piedad por poseerla en exclusiva.

Pero no era esto lo que quería contar. Ha sido tan efímero el pensamiento, que del lavabo al teclado se ha difuminado.


Y si suena, sueña

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