Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para callarse

domingo, 17 de noviembre de 2019

HISTERIAS DE LA PUTA MILI


HISTERIAS DE LA PUTA MILI

El Titi, cantaba:

«Como a un muñeco de falla

me quemaste, me quemaste,

y al despuntar la mañana

me dejaste, me dejaste».

Con la peculiar manera de expresar su arte, Rafael Conde, el Titi, gesticulaba al tiempo que desgranaba la letra. Sus brazos parecían aspas de molino moviendo la camisa de faralaes y la mano en gestos que en ocasiones parecían desplantes y otras, lamentos profundos salidos de su atormentada alma. Vi sus actuaciones en directo, sé lo que me digo. Y en concreto esta canción y sobre todo esa parte de la misma se me quedaron grabadas.

Con toda seguridad, tiene más predicamento una historia falsa llena de mentiras creíbles que una verdadera sin intrigas ni momentos de tensión extrema. Y me vienen a la cabeza multitud de imágenes vividas en Valencia durante el servicio militar.

Afortunadamente no nos tocó vivir situaciones al límite y sí muchas anécdotas que quedaron en la mochila de la experiencia y la vida. Hoy, quienes no han hecho el servicio militar, han tenido la suerte de no pasar año y medio en los cuarteles, pero han perdido todo ese bagaje que, quienes para bien o para mal tuvimos que vivirlo, conservaremos de por vida.

Por dos años consecutivos viví, de oído, las Fallas. Y digo de oído debido a razones obvias. Bueno quizá será mejor situar mi estancia en Valencia. Recluta en el acuartelamiento del ejército del Aire en Chirivella, al cual me incorporé a primeros de enero jurando bandera antes de Fallas de aquel año; de allí pasé, por una noche, a la base aérea de Manises. Los cabos se dieron una fiesta con los novatos antes de apagar las luces y a la mañana, despertamos con la cara amarilla. Nos echaron colorante, se supone que una inocentada inofensiva si no se te ocurría lavarte para quitártelo. Aquel mismo día, a la Jefatura del Sector Aéreo de Levante, en Jacinto Benavente junto al cauce viejo del Turia. He de decir que ya iba destinado desde Zaragoza de cuiner del general jefe de aquel cotarro. Lo cual me sirvió para estar rebajado de casi todo durante la reclutada -solo hice la cuarta imaginaria la noche de llegada- pero no de ser arrestado un fin de semana por intentar no querer limpiar las hierbas del cuartel; el jodido sargento de guardia no se avino a razones. Pero sí escapé de la gimnasia mañanera y las guardias nocturnas a cambio de ser cocinero en la cocina cuartelera. Un día tuve que requerir al cabo de guardia para recuperar a los “ayudantes” que se habían fugado a la cantina.

La presentación en la oficina del general, bueno de sus ayudantes, no pudo ser más desastrosa. Debía presentarme al teniente Lagares y en cuanto me tropecé con alguien con estrellas en la bocamanga, solté el –mal- rollo. El buen señor, condescendiente, me indicó el camino. Resultó ser ¡¡el coronel ayudante del general!! Ni usía ni leches, mi pelo estuvo en un brete de volar, claro que seguramente la generala no hubiera aceptado a un pelón en su casa; quizá eso me libró. Tiempo más tarde hablando con él, era una persona muy amable, descubrí que tenía alguna vinculación con la Compañía Minera de Sierra Menera, empresa en la que trabajaban mi padre, abuelo, tíos, etc., medio pueblo vamos. Era un coronel chusquero, o sea, no de carrera; había ascendido por méritos de guerra.

Decía de oído porque la mascletá la escuchaba desde “casa” todos los días por motivos “de servicio”. De los ninots, recuerdo uno de la falla Reina Germana el cual lo formaban una esplendorosa joven y un abuelo con una faba mustia en la mano. También asistí a aquella primera cremá, eso no me lo perdí.

Las segundas Fallas, noche de san José, no la recuerdo especialmente. Íbamos dos parejas, a ella la conocí allí sobre la marcha. Y no hubo feelin. Como bien dice la sabiduría popular, vale más estar solo que mal acompañado. Por cierto que, estando un día mirando la cartelera del teatro Ruzafa, ligué. Un tío, me invitó a comer en su casa una paellita... y se supone que el postre era yo. Hay que joderse. Pero no ocurrió como él pretendía ni tampoco le preparé ningún escándalo. No pasó de simple anécdota que me hace sonreír cuando la recuerdo.

Había en aquella casa, un loro. Así de entrada, lógico y normal. Pero hablaba, cantaba, silbaba... (¡Cómo imitaba el sonido de una botella al vaciarse sobre un vaso!), hasta era políglota, fruto de la estancia del general como agregado militar en la embajada de París. Tenía una facilidad pasmosa para imitar la voz de las personas, la mía incluida. Llamaba a la generala por su nombre tal como su marido, Carmina, Carmina. No se distinguía en absoluto el tono y timbre de la voz. Y era homófobo. El hombre, le tenía pánico. En cuanto estaba suelto, lo atacaba. Y a veces oías al uno en pos del otro por el pasillo y al general pidiendo socorro a su mujer.

Un ordenanza al que la guardia llamaba “el Ensaimada” debido a que todas las mañanas compraba, en una pastelería próxima, una para el desayuno del general. Volvía con el paquetito pendiente de la mano lo cual causaba la hilaridad de los soldados. A este lo imitaba de maravilla. Cierto día, estando el loro en su jaula en la ventana, se le ocurrió asomarse al patio a la mujer de un coronel. El jodido loro, lanzó un potente y largo silbido, dejando a la coronela sin habla. Inmediatamente se quejó a su marido acusando a la guardia de la fechoría. Todos arrestados, hasta que aparezca el osado impertinente. Menos mal que el hecho llegó a conocimiento de los ordenanzas del general que deshicieron el malentendido, sino... La jefa lo llevaba en la mano, le daba cosas de comer con los labios, besitos...Un ordenanza, otro, en un exceso de confianza o de ingenuidad, pretendió un día darle un beso a través de los barrotes de la jaula; a tal efecto acercó los labios a ella.

—Dame un besito lorito, dame un besito.

Va el loro y agarrándole el labio superior, (jajajajajaja), casi se lo atraviesa con el pico. ¡Qué morro se le puso! Luego, con una espátula, pretendía agredir al pájaro insultándolo.

— ¿Pero qué haces desgraciado? ¡¡Cállate!! Si te "coge" el insulto, te vas a jubilar en el calabozo. Porque ¿alguien imagina al loro llamando cabrón y maricón a todo quisque? Inolvidable el episodio.

He decir que allí había P.A. Policía aérea, custodiando el edificio. Al mando un sargento que apenas aparecía, la Mejillona. Y cuando desaparecían los “oficinistas”, aquello era como el corral de la Pacheca. Grandes timbas de póker en el cuarto de guardia o la sala de teletipos y otros “lujos” individuales en el dormitorio general. Como yo pertenecía a la Base y comía en casa del general, estaba rebajado de rancho y a final de mes cobraba 700 pesetas, que nunca llegaba a disfrutar porque siempre he sido un pésimo jugador. Los soldados de la PA eran todos de la tierra, fijos en Jefatura y solo permanecían allí cuando tenían guardia, con un cabo al frente; custodiaban el edificio y debían controlar las entradas y salidas del general.

En una acción irresponsable donde las haya, y por ausencia de algún miembro de la guardia que se había escaqueado, el día de Viernes Santo salí de patrulla por la ciudad, con pistola, acompañando a otro soldado. Tuvimos suerte, no sufrimos ningún encuentro inesperado ni incidente alguno; pudo habernos costado muy caro. Yo nunca vestía uniforme ni pertenecía a la PA.

Una noche, dejamos a dos soldados de guardia en Jefatura y en dos coches, uniformados, nos fuimos a Cullera. Monté en el de Juan Fayos, un colega cocinero de Fabareta. El coche, era un Citroën como el de la película de Gracita Morales, parecía que a cada curva iba a volcar. La carretera era estrecha, llena de curvas y bordeando el río Júcar. ¡Qué miedo me hizo pasar el cabronazo! El auto parecía que a cada curva iba a dar la candeleta. Yo rogándole y amenazándole para que disminuyera la velocidad y él, descojonándose, aún corría más.

Ya en Cullera, fuimos a asaltar bares de titis. Aquellos jovenzanos eran deshinhibidos. A las pobres mozas, les hicieron la rata todo que quisieron. En un bar, hasta les mangaron una botella de bebida de la estantería del mostrador. Eso lo hizo, el cabo de guardia. ¡Vaya figura! Siempre nos limpiaba al póker. Culminada la misión en territorio enemigo, de vuelta a casa paramos para darle un tiento a un melonar que había al lado de la carretera.

En la ciudad, en el pretil del Turia, abríamos los melones. El que no valía, al cauce. Poco después, un coche para detrás de nosotros y alguien dijo ¡la poli! Iniciamos la huida al mejor estilo peliculero gansteril. Me quedé colgado de la puerta del auto hasta que pude entrar mientras emprendíamos la retirada. Corta por otra parte, pues estábamos a 300 metros de Jefatura. Los presuntos policías, sabe dios quienes serían; o no lo eran o como éramos del gremio no nos molestaron. Corrimos gran peligro para el pelo y el licenciamiento; la juventud es muy atrevida e inconsciente.

Fray Citroën, Juan Fayos, por un exceso de confianza a punto de licenciarse tropezó con la generala. Lo mandó al cuartel y aquéllos, que le tenían ganas, en una guardia que se durmió, le quitaron el fusil y le endiñaron un mes de calabozo y lo raparon al cero (con la estima que le tenía a su cabellera). Ajo y agua; ya no se pudo jubilar a su tiempo. Había sido el ojito derecho de la señora. Jajaja.

Y es lo que yo digo: de todo aquél, o aquella, que te puede joder, o te mantienes a distancia o lo jodes tu primero. Cosa que, es este caso no solo no podía ser, además, era imposible.

Como ya tengo escrito, la sede de Jefatura se ubicaba en la Avd. de Jacinto Benavente, junto al viejo cauce del Turia. En las proximidades, se hallaba el economato que el E.A. tenía para sus miembros. Precios ventajosos como no podía ser menos sobre todo para el jefe. Allí estaban también las cocheras donde se estacionaban los vehículos oficiales usados por el general. Un día, tuve que ir o bien de visita o a recoger algún género. Como es normal, había soldados tanto de guardia (PA), como almacenistas o mecánicos. Justo enfrente, uno de estos vigilantes, había aparcado su coche. Y llegó un vehículo a salir o a aparcar detrás suyo (tanto da para el resultado del relato y el hecho que lo motiva).

El caso es que, este auto, rompió uno de los pilotos traseros del coche del soldado por lo que inmediatamente llamó la atención al conductor. Este se disculpó y ofreció al soldado diez duros para que cambiara el piloto roto por otro nuevo. Canje aceptado. Pero nada más marcharse, ingeniaron el colocar el piloto roto en su lugar para tratar de sacarle la pasta al próximo pringao que llegara y se le ocurriera tocarlo aparcando. Todos expectantes en espera de acontecimientos. Y todo ocurrió según lo previsto. El mirlo blanco, "rompió" de nuevo el piloto con el consiguiente escándalo y lamento de su propietario y las risas contenidas del resto de truhanes que observaban la escena.

Tras pedir escusas por el desaguisado, el conductor soltó otros diez duros por la torpeza cometida. Y ahora que pienso, me surge la duda: ¿no tendrían aquellos granujas ensayado el truco para obtener pingües beneficios de la torpeza ajena? Me temo que me quedaré con ella por toda la eternidad.

Con la generala tuve un conflicto el día de Año Nuevo. Pasé la nochevieja en El Puerto de Sagunto y al otro día cuando volví, me armó la mundial. Había usado el horno para asar lo que fuera —parece que a cenar fueron a la base— y salió humo, cosa más que normal aunque estuviera limpio. Dios que bronca. No recuerdo las explicaciones que pude darle, me figuro que ni me dejó hablar. Y menos mal porque a posteriori se me ocurrió pensar, y si es en ese momento se lo casco, «sepa usted que yo no estoy aquí por mi voluntad sino por obligación». A Ocaña me manda, por lo menos.

Otra anécdota: era Semana Santa y tenían como invitado a otro general de Madrid, Cuadra Medina que sería ministro del Aire. La mujer le había dicho al marido que para comer habría potaje de garbanzos. Pues los malditos garbanzos no estuvieron por la labor. Los puse a remojo el día anterior; los cocí en la olla exprés; al abrirla, los puñeteros garbanzos estaban duros como una piedra. Vueltos a la olla, al final se quemaron pero no se cocieron. Me parece que lo suplimos con una merluza en salsa holandesa. Y no, no hubo bronca para mí. El general, a la hora de comer —ya se había hecho a la idea del potaje— mostró su extrañeza por el cambio.

—Carmina, ¿no había potaje?

La mirada que la dirigió la señora Carmina, lo dejó mudo ipso facto. Algo así como la que el cura de mi pueblo dirigió a un hombre en la misa del Gallo cuando no encontraba la hoja del misal correspondiente:

—Pase a la otra que en la otra está.

Una vez vinieron los entonces Príncipes a Valencia. La generala se descojonaba contándole al marido que los habían emprendido a tomates y huevos. En casa leían Fuerza Nueva, eso lo dice todo. A mí, todavía no me había invadido el gen revolucionario y no me decía nada. A un coronel que mandaba la base de Manises, Bordeore, se lo pulió por enfrentarse a él a causa de un campo de golf que había en los campos del aeropuerto. Allí llevaba, el general, a la high society valenciana haciendo amigos. Alguna vez me he preguntado si ya estaría allí de jefe militar Milans del Bosch; seguramente sí.

Volví a Valencia en viaje de bodas hace taitantos años. A pasear por El Saler y visitar el puerto y la Malvarrosa. En otro viaje muchos años después, me quedé maravillado cuando camino de La Manga no vimos a Valencia por parte alguna, todo era autovía. Los fondos europeos han llegado pródigos a esa región.

Las Fallas en Valencia no volví a verlas, pero como soy un fan fallero y de las mascletás, siempre que puedo me desplazo desde Alcanar y visito Benicarló donde hay muchas y bellas fallas. Y unas tracas que emborrachan de olor a pólvora quemada.

Y en recuerdo y honor de mi querido padre os contaré una anécdota de cuando él tuvo su mili en Jaca en la posguerra: Habían ido en descubierta por los pueblos cercanos a Rioseta, en la Jacetania, en busca de maquis. Establecida la guardia nocturna, a un soldado le asignaron un pajar para vigilar el entorno. La buena o mala suerte quiso que un guerrillero se aproximara a su posición y al soldado con los nervios se le cayó al suelo el peine de la ametralladora. Puesto en alerta, el maquis desapareció. La que le cayó al pobre vigía fue suave.

A la noche siguiente, se repitió la misma escena. El mismo soldado de guardia en el mismo pajar, escuchó ruidos entre la maleza y con la oscuridad no podía saber quién lo causaba; sin pedir santo y seña hizo fuego hacia el sitio de donde procedía el ruido. Dada la alarma, descubrieron que el presunto maquis había mutado en una inocente vaca que, ajena a las actividades de soldados y maquis, tuvo la osadía de pasearse de noche por lugares tan peligrosos. Vaca que tuvieron que pagar al dueño y cuya carne, por la cicatería de los mandos, en parte acabó podrida. Mi señor padre era cabo furriel de aquella compañía y nunca se le olvidó el nombre del soldado y el pueblo de origen.

El general, entonces de dos estrellas, Javier Murcia, había sido miembro de la escuadrilla de García Morato, 2-E-3, fundada en Córdoba en 1937; con el grado de capitán, tuvo registrados 5 derribos de aviones en combate aéreo. Llegó a teniente general jefe de la 3ª región aérea y consejero de estado. Fue Jefe de la Zona Aérea de Canarias en el año 1975, cuando la marcha verde marroquí sobre el Sáhara. Toda una figura del régimen. Falleció el 17 de abril de 1992.


Y si suena, sueña

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