Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para callarse

miércoles, 6 de noviembre de 2019

MOVIOLA


Daniel el Mochuelo, se resiste a abandonar la vida comunitaria de la pequeña villa para integrarse en el rebaño de la gran ciudad. Aunque no sea consciente de ello, en el fondo teme que va a perder su personalidad, que ésta va a quedar secuestrada en el anonimato de la masa ciudadana. Intuye que el vuelco que va a sufrir su existencia, ocultará todo cuanto hasta ese momento había constituido el bagaje de su día a día y su memoria.
Esos mismos pensamientos, pudieron tenerlos miles de niños en la circunstancia obligada, a su pesar, de la oportunidad de marchar del pueblo a estudiar a la capital. Porque siempre han existido los Mochuelos, Moñigos y demás elenco que el autor de El Camino hizo desfilar por su libro. Y más en aquellos tiempos, mis tiempos.

Quienes tuvimos la suerte de haber vivido nuestra infancia y niñez en un pueblo, también conocimos a esos personajes aunque con nombres reales. O quizá con actitudes diferentes pero para nosotros, los niños de aquellos tiempos, no se diferenciarían en mucho de las vivencias de Daniel y sus amigos. Hacer rastros sin temer el castigo, era el pan nuestro de cada día; temíamos a los abuelos, la gente mayor, mucho más que ahora que solo somos motivo de burla y escarnio si alguno osa decirle a cualquier niñato, que lo que está haciendo está mal, no que es un rastro inocente como los nuestros.

No faltaban las señoras puntillosas, como las Guindillas, que parecían estar pendientes de nuestros actos para venir a la escuela a acusarnos ante el maestro de haber incendiado el infierno o haberle robado unas rosas. O aquellos ogros, lo eran para nosotros, que desayunaban un par de críos cada mañana y que nosotros nos guardaríamos, como de mearnos en la cama, de tocar cualquier cosa que les perteneciera. Aunque fueran melocotones o albaricoques que nos incitaban, con su ruborizada piel, a cogerlos del árbol.

Tuvimos, como no, nuestra particular Mica, nuestra chica de la mochila azul, que cuando creció un poco más ya ni nos miraba y quedamos abandonados en tierra de nadie demasiado tiempo. Y nuestra Mariuca, que al fin nos hizo olvidar veleidades de abejorro atontao y supo esperar a nuestra lenta maduración.

Una entrada basada en el libro de Miguel Delibes, "El Camino".

Y si suena, sueña

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